Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar
Hay recuerdos que no se guardan: se habitan. Vuelven con el olor de una cocina encendida, con el eco de un patio al atardecer, con la voz de alguien que ya no está pero sigue nombrándonos por dentro. En esos lugares, en esas personas y en esos gestos sencillos se sostiene gran parte de lo que soy. Este espacio nace para volver a ellos, para agradecerles, para darles forma y palabra. Porque mi infancia no fue solo un tiempo: fue un hogar construido entre muchos, y estas páginas son mi manera de volver a encender su luz.
Me llamo Mauro, Mauro Castro, y nací en un tiempo y en un lugar donde casi todo faltaba, salvo lo esencial: la familiaridad. Crecí en una forma de vida donde las puertas rara vez estaban cerradas y donde cada gesto, por pequeño que fuera, tenía algo de comunidad y de refugio.
Mi cuna estuvo en Franceses, un pequeño barrio de la Villa de Garafía. Pero mis primeros recuerdos se encuentran un poco más allá, en Gallegos, en el vecino municipio de Barlovento, donde viví hasta los seis años. Entre esos dos lugares que se rozan como dos manos que se buscan, se formó mi primera mirada del mundo.
Era una época en la que los sentimientos se mostraban poco. Los abrazos eran tímidos, los «te quiero» escasos. Y yo, con una sensibilidad que me desbordaba, aprendí a refugiarme en un cuaderno y un lápiz, construyendo un pequeño mundo propio donde podía sentir sin miedo. Pero incluso en esa contención emocional de la época, mis padres fueron siempre un ancla: firmes, presentes, sosteniendo el hogar con una ternura silenciosa que, aunque no siempre se decía, se notaba en cada gesto.
Crecí recorriendo patios ajenos que sentía míos, escuchando historias que me moldearon sin pertenecerme, consentido por los vecinos, mimado por los abuelos y acompañado siempre por mis padres, que hicieron de nuestra casa un lugar donde, pese a las carencias, nunca faltó lo importante. Con el tiempo entendí las carambolas que había que hacer para mantener una familia, para que nada faltara aunque la vida fuera cuesta arriba. Y entendí también que mucho de lo que soy nació de ese esfuerzo callado que ellos hicieron cada día.
Y aun así, cuando vuelvo la vista atrás y paso la mano por el cristal empañado de la memoria, lo que aparece es una felicidad limpia, sencilla, compartida. Una felicidad que existió porque todos, mi familia, mis vecinos, el barrio entero, se empeñaron en que así fuera. Éramos una gran familia, aunque no lleváramos los mismos apellidos.
Por eso escribo. Por eso recuerdo. Como un acto de gratitud que no se agota, hacia un hogar, un barrio y unas gentes que hicieron de mi infancia los años más felices que guardo.
Mauro Castro

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