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El Señor de la Caída. La magistral obra de Hita y Castillo y su insólita historia fruto de una profanación

by José Guillermo Rodríguez Escudero
marzo 8, 2026
in Cultura, Municipios
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El Señor de la Caída. La magistral obra de Hita y Castillo y su insólita historia fruto de una profanación
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Por: José Guillermo Rodríguez Escudero.

La Singularidad de la Semana Santa Palmera

La antigüedad, diversidad y calidad de sus imágenes procesionales constituyen uno de los rasgos que otorgan a la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma un carácter especialmente singular y atractivo. Recordemos que en 2014 fue declarada de Interés Turístico de Canarias, la única en el archipiélago en poseer este reconocimiento. No en vano, en la capital palmera se reúnen tallas procedentes de las antiguas provincias de los Países Bajos, de la América colonial, de la escuela sevillana del siglo XVIII, del romanticismo insular —con la presencia de algunas de las mejores obras del célebre escultor tinerfeño Fernando Estévez (1788-1854)— y de los dos períodos más brillantes de la escultura local.

El Maestro Benito de Hita y Castillo

Dentro de este extraordinario conjunto escultórico destaca una imagen que, además de su valor artístico, posee una historia singular: el Santísimo Cristo de las Tres Caídas, conocido popularmente como el Señor de la Caída. La impresionante escultura fue realizada por el reconocido imaginero sevillano Benito de Hita y Castillo (1714-1784), uno de los grandes pilares de la escultura sacra del siglo XVIII en la ciudad hispalense. Durante mucho tiempo fue citado erróneamente como Benito Hita del Castillo, pero su verdadera firma quedó grabada en la espalda de la propia imagen:

«Benito de Hita i Castillo fesit / Sevilla / 1752».

Hita y Castillo fue uno de los pocos maestros verdaderamente creativos de la escultura religiosa de su tiempo. Su estilo, cuidado y minucioso, se aleja de la simpleza y el exceso ornamental que caracterizó buena parte de la imaginería del siglo XVIII. Gracias a su talento, desarrolló un lenguaje escultórico propio que marcó la segunda mitad de la centuria y bastante alejado en muchas ocasiones de la artificiosidad y la simpleza de formas que asolaron la imaginería del Setecientos.

Encuentro con la Verónica

Crónica de una Profanación: El Origen de la Devoción

El origen devocional del Cristo de la Caída está vinculado a un sorprendente episodio ocurrido en el siglo XVII. La historia se conoce gracias al relato escrito por María Josefa Massieu y Monteverde (1670-1759), fundadora de la ermita dedicada a esta imagen. Según narró esta benefactora y mecenas, durante la procesión del Miércoles Santo, el 29 de marzo de 1679, una demente llamada María Henríquez arrojó desde su casa un vaso de inmundicias sobre la imagen del Nazareno que pasaba por la calle. El gesto, aunque cometido por una persona fuera de sí, provocó una profunda conmoción en la población.

El pueblo, eminentemente católico, presenció el abominable hecho con horror y tristeza. Tras limpiar con lienzos la imagen profanada, la procesión continuó su recorrido envuelta en un silencio sobrecogedor, roto únicamente por los sollozos de los fieles. Aquella primitiva talla del Nazareno, protagonista del suceso, se conserva hoy en la parroquia de Nuestra Señora de Bonanza, en El Paso.

Tras aquel incidente, los devotos decidieron organizar un acto solemne de desagravio. Eligieron para ello el 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Cruz. Las celebraciones incluyeron un novenario con música, fuegos artificiales y una solemne procesión en la octava en la que participaron ambos cleros y gran parte de la población. Durante el recorrido se hacía una parada en el lugar donde había ocurrido la blasfemia y se representaba una pieza teatral con música.

El religioso canario José de Viera y Clavijo (1731-1813) señalaba que aquel acontecimiento había marcado profundamente a la sociedad isleña. Como consecuencia se fundó en el convento dominico una cofradía de Jesús Nazareno destinada a reparar la ofensa sufrida por la imagen. Esta hermandad organizaba además comedias, pronto arraigadas en las costumbres de la ciudad, hasta el punto de que llega a decir el citado historiador que se abrigaba el temor de que «en dejando de hacerlas, se hundiría la isla».

Desastres y Supervivencia: Rayos e Incendios

La ermita dedicada al Cristo de la Caída se levantó precisamente en el lugar donde se había producido la profanación. Su finalidad era convertir aquel espacio en un lugar de reparación y devoción. Sin embargo, el templo sufrió diversos episodios dramáticos a lo largo de su historia.

El 19 de noviembre de 1804, un rayo derrumbó la espadaña de esta pequeña iglesia hasta la altura de las campanas. Un extraño suceso natural que conmocionó a la población y que fue recibido como indicador de malos augurios entre los vecinos.

Durante la noche del 18 al 19 de diciembre de 1827, un voraz incendio redujo a cenizas la ermita y varias casonas de las calles Santiago y Trasera. Se decía que el desastre había sido provocado por el descuido de una sirvienta de la casa de los Massieu que había dejado una vela encendida dentro de una alacena de madera. Por fortuna, pudieron salvarse la imagen de Hita, así como la del Cristo de las Siete Palabras (1781, Marcelo Gómez Rodríguez de Carmona) y fueron depositadas en la parroquia matriz de El Salvador. Sin embargo, las esculturas de los dos ladrones que completaban el Calvario no corrieron la misma suerte y fueron devoradas por las llamas.

Tras el incendio, la imagen del Cristo de la Caída inició un largo recorrido por distintos lugares de la ciudad. Desde El Salvador fue llevado al oratorio privado de la finca Quinta Verde, y luego a la desaparecida ermita de San Francisco Javier a la entrada de la calle Real, donde permaneció brevemente. Finalmente el 18 de julio de 1846 fue trasladado solemnemente hasta la iglesia del extinto Convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, hoy templo parroquial de San Francisco, una vez la hornacina central del retablo mayor —hoy inexistente— hubo sido acondicionada para dar cobijo a esta talla.

Análisis Artístico y Detalles de la Talla

Se la considera como una de las mejores esculturas cristológicas que salen procesionalmente en la Semana Santa capitalina y de las más importantes de Canarias; destaca de la imagen la anatomía perfecta de sus miembros que quedan al descubierto así como el rostro jadeante, expresión del máximo dolor.

El Señor de La Caída tiene tan sólo tallados cabeza, pies y manos como era frecuente en el siglo XVIII. La expresión dolorida de su rostro, la actitud humillada de su cuerpo, con la mano izquierda apoyada en el suelo, y el hombro derecho cargado con el peso de la cruz, acreditan un hábil imaginero que todavía en el siglo XVIII parece militar en la estela de Pedro Roldán, con bastantes recuerdos de Juan de Mesa.

La magnífica escultura se vestía con una preciada túnica de terciopelo rojo bordada en oro, obra de los talleres de bordado sevillanos del momento y lleva en su cabeza incrustadas tres grandes potencias de plata exquisitamente labradas, también procedentes de atelieres de orfebrería hispalenses.

La Procesión del Miércoles Santo: El Fervor Actual

En la actualidad, su solemne procesión tiene lugar en la noche del Miércoles Santo de la suntuosa Semana Santa de la capital palmera, en la que se ha convertido en una de las más multitudinarias manifestaciones del fervor popular en la ciudad y en la isla. Esto da una idea de que se trata de una de las efigies sacras de La Palma que cuenta con mayor devoción.

Durante la misma tiene lugar el emotivo encuentro en la plaza de la Alameda, junto a la Cruz del Tercero, donde la Verónica (Andrés Falcón San José, 1961) se inclina para emular el momento en el que enjuga el rostro ensangrentado y sudoroso de Jesús con el lienzo blanco. Es en ese preciso instante cuando se manipula el paño y aparece la faz de Cristo impresa en ella. En las últimas ediciones se interpreta una «palmera», género a capella creado por el polifacético artista Luis Morera, exclusivo de la Semana Santa capitalina, cuya estructura remite a piezas del folklore insular, como el sirinoque o la folía, aunque con características marcadamente propias. Arrecian los tambores y las trompetas y arranca nuevamente la procesión con cansino paso bajo la trémula luz de los cirios y el escalofriante sonido producido por el arrastre de las cadenas de los cofrades.

Tags: Arte SacroBenito de Hita y CastilloEl Señor de la CaídahistoriaJosé Guillermo Rodríguez Escuderosanta cruz de la palmaSemana Santa
José Guillermo Rodríguez Escudero

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