Manuel Marcos Pérez Hernández
No todas las imágenes que hoy reciben culto público nacieron con la vocación de recorrer las calles. Un caso excepcional tanto por su calidad estética como por su origen, es el conjunto de la Virgen de la Piedad de Los Sauces, una pieza que nos invita a redescubrir el sentido del recogimiento renacentista.
El origen
La génesis de esta devoción se encuentra en la Hacienda de los Señores. Si bien la mitad de las tierras y aguas fueron concedidas por el adelantado Alonso Fernández de Lugo al comendador catalán Pedro de Benavente, la materialización del culto tuvo otros protagonistas. Fue Gabriel Socarrás Centelles, regidor y administrador de la Hacienda, junto a su esposa Águeda de Cervellón, quien impulsó la erección de la primitiva ermita de la Piedad.
Este esfuerzo fundacional se completó con la llegada del conjunto escultórico a dicha ermita que estaba levantada en 1546. En 1616 la orden franciscana obtuvo permiso para fundar un convento. Debido a su disposición cercana al mar y riesgo de los ataques piratas, los religiosos solicitaron, tres años después, su traslado a una nueva casa conventual, manteniendo la Piedad como titular.
Un lenguaje de dulzura
Atribuida por la profesora Constanza Negrin Delgado a los talleres de Amberes hacia 1540, la obra rompe el dramatismo bajomedieval para abrazar una estética de aliento “renacentista”. La Virgen sentada, sobre una roca y encorvada bajo el peso de su hijo, desprende una melancolía contenida. Su rostro —de óvalo lleno y ojos entornados— no busca el espectáculo del dolor, sino la profundidad de un sentimiento que trasciende la muerte.
Lo que resulta verdaderamente revelador es su configuración: una plenitud frontal que contrasta con una parte trasera inacabada. Este detalle técnico confirma que la imagen no fue esculpida para ser vista en andas desde todos los ángulos, sino para habitar un espacio arquitectónico definido y estático.
El tabernáculo mixto
Gracias a las investigaciones del Dr. Jesús Pérez Morera, hoy podemos reconstruir el escenario original de la pieza. La Piedad no estaba aislada; formaba parte de un tabernáculo-hornacina mixto, un tesoro donde la talla central se veía protegida por el díptico de Santa Catalina y Santa Bárbara, adscritas al pincel de Pieter Coecke van Aelst (Amberes, 1540).


Estas dos tablas pintadas, hoy custodiadas en el Museo Insular de La Palma, funcionaban como puertas de cierre a la hornacina.
Del convento a la parroquia
Tras la desamortización de 1835 y el posterior desplome de la cubierta del templo conventual en 1854, la imagen inició un peregrinaje de fe. Pasó por la parroquia de San Andrés hasta que, a petición de los vecinos y autoridades, fue trasladada en 1885 a la antigua iglesia de Montserrat en Los Sauces.
A pesar de esta concepción original de “obra de retablo” y su diseño pensado para no procesionar, la devoción de los vecinos de Los Sauces dictó un destino diferente; devoción que se remonta al año 1659, en el que con motivo de la plaga de la langosta, fue trasladada a Santa Cruz de La Palma para un novenario.
Desde su llegada al templo de Montserrat, la Virgen de la Piedad se convirtió en protagonista de la vida pública. La imagen comenzó a procesionar cada Jueves Santo y cada 15 de agosto, coincidiendo con la festividad de la Asunción.
Hoy, la Piedad de Los Sauces representa un equilibrio singular: conserva en su técnica el misterio de los talleres flamencos y la intimidad de su antigua hornacina, pero ha sabido adaptarse al movimiento de un pueblo que la reclama en sus calles.
FUENTES DOCUMENTALES:
- Fundación Canaria de Arte Flamenco. Prof. Constanza Negrin Delgado.
- Arte de Flandes en la Isla de La Palma. Prof. Jesús Pérez Morera.
REGISTRO FOTOGRÁFICO:
- Nuestra Sra de La Piedad. Parroquia de Montserrat de Los Sauces.
- Díptico de Santa Catalina y Santa Bárbara. Museo Insular de La Palma.



