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El esplendor del antiguo Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma (II): las dos custodias de El Salvador

by José Guillermo Rodríguez Escudero
mayo 18, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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OPINIÓN · ANTIGUO CORPUS CHRISTI · II

Las joyas del Corpus Christi de Santa Cruz de La Palma: las dos custodias de El Salvador

Segunda entrega. José Guillermo Rodríguez Escudero recorre la custodia procesional barroca de Pedro Leonardo de Escovar (1664-1671) y la custodia americana de Francisco de Landaeta «el Morocho» (1779), considerada por muchos «la mejor custodia de Canarias».

La custodia, concebida en sus orígenes como un relicario destinado a preservar lo sagrado, fue transformándose con el tiempo para mostrar el Pan Eucarístico mediante un delicado dispositivo de cristal que permitía su contemplación solemne. En los primeros siglos, era el ciborium o copón el recipiente utilizado para trasladar las hostias al altar y proceder a su consagración.

Desde la Baja Edad Media, aquel copón comenzó a adquirir una mayor presencia artística. Dotado de base y enriquecido progresivamente en su ornamentación, el Barroco lo elevó a la categoría de auténtica obra de arte: un cáliz de mayores proporciones destinado a custodiar el alimento divino, coronado por una tapa que se alzaba como una pequeña torre sobre la copa sagrada. Probablemente, durante un tiempo se empleó el mismo copón para la exposición del Santísimo, pero pronto nació la necesidad de crear una pieza específica en la que la hostia, situada en la concavidad de una luneta, pudiera contemplarse con mayor claridad y esplendor. De esa aspiración litúrgica y estética surgiría la custodia tal y como hoy la conocemos.

Afortunadamente, el pueblo palmero ha sabido reafirmar su profundo respeto y admiración por el extraordinario patrimonio que, a lo largo de los siglos, cada templo de la isla ha ido atesorando. También ha valorado con mayor conciencia el esfuerzo silencioso de la Iglesia por conservar estas joyas artísticas y devocionales. Sin embargo, aún queda camino por recorrer: la tarea de protección, estudio y difusión de este legado continúa siendo una responsabilidad ineludible.

«

Porque no se puede amar ni proteger aquello que se desconoce; de ahí la necesidad de dar a conocer este patrimonio, para que sea comprendido, valorado y cuidado con esmero, y pueda ser transmitido como una preciosa herencia a las generaciones futuras.

»

JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO

En la majestuosa parroquia matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma, se custodian varias piezas de excepcional belleza. Entre ellas destacan cinco custodias que constituyen auténticas obras maestras de la orfebrería sacra, creadas para cumplir con dignidad y magnificencia la delicada misión para la que fueron concebidas. No obstante, centraremos nuestra atención en dos de ellas, quizá las más conocidas y admiradas por la proyección pública y ceremonial que han alcanzado a lo largo del tiempo.

A) Las andas procesionales barrocas del Corpus

Custodia procesional barroca de El Salvador, obra de Pedro Leonardo de Escovar y Santa Cruz (1664-1671).

Entre las joyas más sobresalientes del patrimonio sacro de la parroquia matriz de El Salvador destaca la imponente custodia procesional, una obra maestra de la orfebrería barroca realizada en plata en su color, enriquecida con delicados detalles sobredorados. Fue ejecutada entre 1664 y 1671 por el prestigioso platero palmero Pedro Leonardo de Escovar y Santa Cruz, miembro de una saga de orfebres asentada en La Palma desde finales del siglo XVI.

Lejos de seguir los modelos de templete habituales en las iglesias del Archipiélago, Escovar concibió una estructura original y elegante, de perfil piramidal, coronada por una cupulilla abierta y enriquecida con columnas ornamentales en su parte inferior. El resultado es una pieza de extraordinaria personalidad artística y profundo sentido ceremonial.

Se trata de una custodia de asiento o procesional compuesta por un basamento y cuatro cuerpos decrecientes superpuestos. De los techos de cada uno de ellos penden pequeñas campanillas de plata que, durante la procesión del Corpus Christi, acompañan el paso solemne del Santísimo con un alegre y delicado repique. La base, de forma elíptica y escasa altura, presenta un borde moldurado decorado con pequeñas hojas doradas superpuestas que aportan dinamismo y riqueza visual.

Como remate se alza una figura femenina coronada, portadora de un cáliz y una hostia en la mano derecha, mientras sostiene en la izquierda una cruz con banderola. Tradicionalmente se ha identificado con la alegoría de la Fe, aunque la ausencia de la venda en los ojos —atributo habitual de esta virtud teologal— ha generado diversas interpretaciones iconográficas. Bajo sus pies, suspendida sobre la cúpula abierta, cuelga una campanilla de mayor tamaño que las restantes. Del segundo cuerpo pende además un pequeño incensario de plata finamente ornamentado, detalle que subraya el refinamiento de la pieza.

La decoración vegetal grabada sobre toda su superficie parece corresponder a una intervención posterior, ya avanzada la centuria del siglo XVIII. La custodia alcanza unas notables dimensiones: 162 centímetros de altura, con ejes de base de 56 y 48 centímetros, mientras que la figura que la corona mide 14 centímetros.

Trono de plata con la custodia procesional, montaje habitual del Corpus.

En el interior del primer cuerpo se integra la custodia de sol propiamente dicha. Su viril —la caja de cristal destinada a contener la forma consagrada— está rodeado por una moldura de oro en la que se intercalan dos círculos calados: uno decorado con pequeñas puntas y otro formado por treinta y cuatro querubines. Todo el conjunto aparece rodeado por veinticuatro rayos flameados y culmina en una cruz igualmente calada, configurando un brillante símbolo de exaltación eucarística.

Este tipo de custodias procesionales comenzó a desarrollarse en el siglo XV para facilitar el culto público al Santísimo Sacramento. La actual sustituyó a otra más antigua, de la que apenas se conserva referencia documental: una gran custodia «de dieciocho pilares con campanillas», mencionada hacia 1664. El inventario de 1669 la describe como «la custodia de plata con cuatro altos de pilares y tres ramos de flores de talco en los huecos».

La magnífica custodia de sol incorporada a esta estructura —de 44 centímetros de altura, 12 cms. de diámetro en el viril y 35 cms. en el sol— fue donada el 10 de junio de 1671 por Felipe Bautista Poggio, quien, según consta en el Libro de Tributos de la Cofradía del Santísimo de El Salvador, «la hizo obrar en la ciudad de La Habana para que se ponga y sirva en la custodia de plata de cuatro altos».

Las andas procesionales recorren las calles de Santa Cruz de La Palma. Foto antigua.

Hoy, siglos después de su creación, esta extraordinaria obra continúa protagonizando el solemne desfile procesional del Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma. Posteriormente fue dorada y elevada mediante una peana hexagonal apoyada sobre volutas, incorporándose a un gran trono cuadrado de plata repujada. El conjunto queda rodeado por cuatro majestuosos candelabros de brazos retorcidos que sostienen fanales decorados y velas en su interior, contribuyendo a realzar aún más su magnificencia durante la procesión.

Especialmente singular resulta la configuración de su astil o mango, cuya forma bulbosa se exagera hasta convertirse en un gran nudo ornamental. A ello se suma el abundante uso de plancha calada —frecuentemente confundida con la filigrana, como recordaba la desaparecida profesora Gloria Rodríguez en sus estudios sobre el templo y sus tesoros artísticos— donde se entrelazan motivos vegetales y figuras humanas, entre las que destacan desnudos masculinos integrados en la compleja decoración barroca de la pieza.

Alberto-José Fernández García diseñó la excepcional peana de plata repujada de la custodia procesional utilizada anualmente en la festividad eucarística.

Alfombras del Corpus Christi en la Calle Real de Santa Cruz de La Palma, 1948.

B) La custodia americana de pedrería

Aunque las andas procesionales han sido tradicionalmente las protagonistas en la festividad del Corpus Christi, en algunas ediciones se ha elegido portar una de las custodias de sol, destacando por su elegancia y practicidad. Su ligereza y fácil manejo permiten al sacerdote impartir la bendición a los fieles con mayor cercanía y solemnidad, tal y como se realiza habitualmente en el interior de la parroquia. Del mismo modo, esta forma de portar el Santísimo era también la que tradicionalmente se empleaba durante la procesión de la Pascua de Resurrección, reforzando así el carácter íntimo y devocional de la celebración.

Si las pesadas andas de plata y su custodia procesional constituye uno de los grandes emblemas del Corpus Christi palmero, la llamada Custodia de Sol, «la rica», representa, sin duda, la culminación artística y devocional de este extraordinario legado. Realizada en plata sobredorada y en su color, está atribuida por el profesor venezolano Carlos F. Duarte al célebre platero caraqueño Francisco de Landaeta, «el Morocho»; esta joya de la orfebrería sacra —confeccionada en 1779— ha sido considerada por numerosos especialistas como «la mejor custodia de Canarias» y uno de los más valiosos tesoros de la platería americana conservados en España.

La pieza alcanza los 80 cms. de altura; el viril mide 9,5 cms. de diámetro; el sol 28 cms.; y el pie 25,5 cms. Pero más allá de sus proporciones, lo verdaderamente sobrecogedor es la riqueza ornamental que despliega ante la mirada del espectador. El viril aparece enmarcado por una delicada estructura calada en la que destacan tres querubines, rodeados por un cerco cubierto de piedras preciosas y cuatro flores de esmeraldas superpuestas. A su alrededor se extiende un resplandor de pequeños rayos presididos por un granate central, tras los cuales emergen nueve grandes rayos terminados en punta, cuajados de diamantes de extraordinario brillo. Entre ellos, ráfagas de seis rayos flameados sostienen nuevas flores de esmeraldas y granates, componiendo un fastuoso estallido de luz y color que parece querer traducir en metal precioso la gloria del Sacramento.

El conjunto culmina en una cruz latina de esmeraldas rodeada por delicados adornos florales de oro. Bajo ella, un exquisito ramillete elaborado en platino y diamantes se superpone a los rayos, enriqueciendo aún más la compleja filigrana visual de la obra.

Tabernáculo con la custodia americana en el altar mayor de El Salvador.

La historia de esta custodia está estrechamente ligada al comerciante y benefactor palmero José Gabriel Fierro y Santa Cruz. En el testamento que otorgó en Caracas el 21 de enero de 1790 dejó escrito su deseo de que la gran venera de diamantes perteneciente a su hábito de Calatrava fuese incorporada a la custodia que había donado a la parroquia de El Salvador «para su mayor decencia». Aquel deseo se cumpliría años más tarde, cuando la insignia fue colocada en 1829, tal y como recoge el Libro de Acuerdos de la Cofradía del Santísimo.

Precisamente bajo el viril puede contemplarse uno de los elementos más singulares de la pieza: un querubín o putti de rasgos mestizos y cuatro alas —dos abiertas y dos plegadas—, motivo característico de la platería venezolana del siglo XVIII. Bajo él figura la cruz de Calatrava elaborada en rubíes y diamantes, enviada posteriormente por el citado donante. Según el profesor Duarte, este angelote constituye prácticamente la firma artística de Landaeta, ya que aparece repetido en numerosas obras del maestro caraqueño, inspirado a su vez en una custodia mexicana conservada en la iglesia de San José de Caracas.

Algunos investigadores llegaron a considerar esta joya como «el ejemplo fundamental de la etapa filigranista de la orfebrería mexicana», aunque los rigurosos estudios de la profesora palmera Gloria Rodríguez permitieron aclarar definitivamente su filiación venezolana y contextualizarla dentro del brillante intercambio artístico entre Canarias y América.

El astil arranca con un cuerpo troncocónico cubierto de hojarasca, del que brotan pámpanos adornados con racimos de granates que enlazan con los primeros rayos del sol. Sobre él descansa la figura del Cordero en plata, símbolo de Cristo sacrificado. Continúa después un pequeño jarrón decorado igualmente con granates y un nudo enriquecido con una roseta de diamantes donada por un sobrino del benefactor. La ornamentación del pie responde plenamente al gusto rococó, alternando perfiles lisos y superficies caladas en una composición de extraordinaria delicadeza.

Otros estudiosos han descrito la labor del astil como una auténtica «maraña barroca» realizada casi únicamente con finísimos hilos de plata sobredorada, hasta el punto de compararla con un «crochet» en plata. El crochet o ganchillo es una técnica artística que consiste en tejer finos hilos de metal (en este caso plata) utilizando una aguja especial para crear estructuras tipo malla, joyería tejida y accesorios con una textura suave y flexible, a menudo combinada con gemas o cuentas.

Procesión del antiguo Corpus de la ciudad. Foto histórica.

En el interior del pie se conserva la siguiente inscripción: «Diola D. Josef Fierro Santa Cruz Caballero de la Orden de Calatrava / A.d. 1779», testimonio del ilustre mecenas que donó la pieza. Asimismo, se mantiene su original estuche de madera de cedro, que preserva sendas inscripciones: en uno de sus laterales puede leerse: «D. JHP Fierro Sta Cruz / año de 1778», y por el otro «S. Salvador / Palma», referencias que aportan un notable valor histórico y documental al conjunto.

La venera fue tasada en Madrid el 12 de febrero de 1771 por José Serrano, alcanzando la notable valoración de 32.243 reales de vellón, equivalentes a 2.141 pesos americanos. Esta elevada cuantía pone de manifiesto no solo la riqueza material de la pieza, sino también el extraordinario valor artístico y simbólico que se le atribuía en su tiempo.

Actualmente, la custodia se integra en el gran ostensorio neoclásico de la parroquia matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma, donde continúa asombrando por su refinamiento y majestuosidad.

La profesora Rodríguez resumió magistralmente el valor artístico de esta pieza al señalar que en ella conviven elementos arcaizantes, como el nudo de manzana propio del gótico, con la exuberante decoración rococó más avanzada de su tiempo. Esa convivencia de estilos, unida a la deslumbrante riqueza de sus piedras preciosas y al virtuosismo técnico de su ejecución, convierten esta custodia en una de las obras cumbre del arte sacro hispanoamericano.

LAS ENTREGAS ANTERIORES DE LA SERIE

  1. El esplendor del antiguo Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma (I): una fiesta de fe, teatro y poder ciudadano

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de Santa Cruz de La Palma. Esta es la segunda entrega de una serie de tres dedicada al Corpus Christi palmero.

Tags: Corpus ChristiEl SalvadorhistoriaIglesia de El SalvadorJosé Guillermo Rodríguez EscuderoPatrimoniosanta cruz de la palma
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