OPINIÓN · MEMORIA PALMERA
Los hornos de la cal: memoria blanca de San Andrés y Sauces
Hubo un tiempo en que la cal fue tan necesaria como el agua o la madera. Manuel Marcos Pérez Hernández recorre la historia de los hornos de cal de San Andrés y Sauces, una memoria blanca hecha de mar, piedra y fuego.
Hubo un tiempo en que la cal era casi tan necesaria como el agua o la madera. En los primeros siglos tras la conquista de Canarias, cuando las nuevas poblaciones crecían junto al mar y los ingenios azucareros comenzaban a transformar el paisaje de La Palma, la vida cotidiana dependía silenciosamente de aquel polvo blanco que protegía paredes, sellaba los aljibes y ayudaba incluso a purificar el azúcar que daba riqueza a la isla.
El polvo blanco del que dependía la isla
Las primeras casas levantadas en el archipiélago fueron humildes y frágiles, hechas muchas veces con materiales inflamables. Los incendios eran frecuentes y devastadores. Fue entonces cuando la cal comenzó a adquirir una importancia especial en la construcción. Con ella se blanqueaban fachadas, se revestían muros y se fortalecían viviendas señoriales, iglesias, estanques y molinos. Pero su utilidad iba mucho más allá: servía para higienizar el agua almacenada en los aljibes, para usos sanitarios y, sobre todo, para el refinado y blanqueo del azúcar en los antiguos ingenios.
Hornos de cal desde el siglo XVII
En San Andrés y Sauces, tierra marcada por el agua y la caña dulce, existieron hornos de cal desde épocas muy tempranas. Ya en el siglo XVII aparecen citados en documentos históricos vinculados a la «Hacienda de los Señores». En la partición realizada en 1632 por los herederos del capitán Diego de Guisla se menciona expresamente «el puerto y horno de la cal», situado junto al mar, entre el Guindaste y Espíndola. Aquellos hornos formaban parte de la infraestructura de los ingenios, junto a almacenes, bodegas y graneros, indispensables para el movimiento comercial de la época.
La razón de su ubicación era sencilla: la piedra de cal llegaba por barco, principalmente desde las islas orientales. Una vez desembarcada, era cocida en hornos para transformarla en polvo utilizable. Los puertos de Espíndola y el Guindaste fueron durante siglos puntos de llegada y trabajo.
La cal y la riqueza del azúcar
Aquella cal tuvo un papel fundamental en los ingenios azucareros de Los Sauces, como el del Adelantado y el del Comendador Benavente. Gracias a ella se conseguía blanquear el azúcar, símbolo de la prosperidad económica de una época en la que La Palma comerciaba con Europa y América.
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La memoria de un pueblo también se construye conservando las huellas de su trabajo.
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MANUEL MARCOS PÉREZ HERNÁNDEZ
El horno del Guindaste, una memoria perdida
Del antiguo horno del Guindaste apenas quedó memoria. Situado en el arranque de la bajada del Charco Azul, desapareció definitivamente en 2007, llevándose consigo un fragmento del patrimonio histórico de la isla.
El siglo XX: el horno del Barranco del Agua
Sin embargo, el siglo XX devolvió protagonismo a estos viejos hornos. El actual horno de la cal, construido en la desembocadura del Barranco del Agua, nació ligado a una de las obras hidráulicas más importantes del municipio. La Sociedad «Hijos de Juan Yanes», encargada de la canalización de las aguas de Marcos y Cordero tras la concesión otorgada por Real Orden en 1903, levantó el horno para abastecer de cal la construcción de los canales para conducir las aguas. Asimismo, consta la compra de veinte mil quintales de piedra de cal en 1905, circunstancia que acreditaría que la instalación ya se encontraba en funcionamiento en esa fecha.

Los bloques de piedra caliza llegaban entonces desde Fuerteventura y eran descargados en los pescantes de la Cuevita y de Las Lajes. Allí comenzaba el antiguo ritual del fuego: la piedra ardía lentamente hasta convertirse en la cal necesaria para levantar una obra que transformaría para siempre la agricultura y la vida de San Andrés y Sauces.
El rescate del viejo horno
Con el paso del tiempo, el horno de la cal cayó en el abandono y la ruina. Pero la memoria de un pueblo también se construye conservando las huellas de su trabajo. Por ello, en 1995, el Ayuntamiento impulsó su restauración mediante una Escuela-Taller en la que se ejecutaron tres talleres: albañilería, cantería y carpintería, formando a 23 alumnos y alumnas de la comarca. Gracias a aquel esfuerzo colectivo, el viejo horno pudo salvarse y hoy permanece como testimonio silencioso de una época de esfuerzo, mar y fuego.
Fondo documental
- Evolución de los hornos de la cal en las ciudades canarias. Jorge L. Manzano y Francisco M. Míreles.
- La ruta del azúcar en la isla de La Palma. Jesús Pérez Morera.
- Periódico El Tiempo, 2 de mayo de 1905: «Piedra de cal».
- Archivo Municipal del Ayuntamiento de San Andrés y Sauces.



