Una investigación de El Faro de La Palma desvela con datos oficiales la «tormenta perfecta»: una crisis de construcción, una ley que incentiva la reconversión turística y un volcán han provocado la asfixia del mercado residencial.
LA PALMA – ¿Qué ha pasado en La Palma? ¿Cómo es posible que encontrar una vivienda sea una misión imposible? La respuesta se encuentra en una «tormenta perfecta» que ha golpeado la isla durante la última década. Una investigación de este periódico, basada en datos oficiales, revela una conclusión tan increíble como dramática: el parque de viviendas de La Palma no ha crecido, ha decrecido.
La Conclusión – Un Parque de Viviendas que Encoge
La conclusión de esta investigación es irrefutable. Según los datos del censo oficial del Instituto Canario de Estadística (ISTAC), en 2011 La Palma contaba con un parque de 46.150 viviendas. Diez años después, en el censo de 2021, la cifra era de 46.850. Es decir, en toda una década, el crecimiento neto fue de apenas 700 casas.
Si a esa cifra le restamos las 1.345 viviendas que destruyó el volcán en 2021, el resultado es que el stock de vivienda para residentes tiene hoy un déficit de al menos 645 casas respecto a la década anterior.
Mientras tanto, en el mismo periodo, se han creado más de 5.000 nuevas plazas turísticas en viviendas que antes eran residenciales. La conclusión es clara: por cada casa nueva que se construyó, se «perdieron» al menos siete del mercado de alquiler para pasarse al turístico.
El Mapa del Boom y la Prueba Demográfica
Este cambio de modelo se concentra en cinco municipios: El Paso (+440% de crecimiento en V.V.), Tijarafe (+405%), Puntallana (+375%), Los Llanos de Aridane (+288%) y Garafía (+226%). Pero este boom de licencias turísticas no ha fijado población. En todos estos municipios, a pesar del auge constructor, el número de escolares en infantil y primaria ha descendido en la última década.
El Laberinto del Residente, la Autopista del Inversor
La pregunta final, la que se hacen muchos palmeros, es inevitable, y nace de comparar los dos caminos que permite la ley en el suelo rústico de la isla.
Para un residente que quiera construir su hogar, el camino es un laberinto burocrático y económico casi insalvable. Significa, primero, encontrar y poder pagar una parcela de un tamaño mínimo de 10.000 m². Luego, demostrar con costosos informes técnicos que su presencia es «indispensable» para una explotación agraria, una condición imposible para la mayoría de las familias. Y finalmente, enfrentarse a años de trámites administrativos con un resultado incierto. Es un muro.
Para un inversor turístico, sin embargo, la Ley de Islas Verdes es una autopista. La misma ley que pone un muro al residente, crea una alfombra roja para el promotor, facilitando expresamente la construcción de villas y hoteles rurales en ese mismo suelo. La justificación ya no es la necesidad de vivir, sino la rentabilidad de un negocio, y las condiciones se flexibilizan para hacerlo posible.
La paradoja es total: ¿cómo es posible que la ley facilite la construcción de villas de lujo con piscina para turistas, pero convierta en una odisea que una familia local construya su propia vivienda? La respuesta apunta a un modelo que, ante la alarmante falta de oferta, prioriza el negocio sobre el derecho a la vivienda de sus propios ciudadanos.



