Un sueño nacido en pandemia. Un refugio de 7 plazas por el que han pasado 52 personas. Una casa que rinde homenaje al joven voluntario Joel Álvarez. El párroco de El Salvador, Francisco Concepción Checa, comparte con El Faro de La Palma esta reflexión en primera persona.
Francisco Concepción Checa (Párroco de El Salvador) EL FARO DE LA PALMA, 4 de noviembre de 2025
Nota de la Redacción: El Hogar «Joel Álvarez», gestionado por Cáritas en el barrio de Calcinas, lleva el nombre en memoria de Joel Álvarez, una persona muy querida, voluntario de la Parroquia de El Salvador fallecido en 2020. Esta es la historia del hogar, contada por su párroco.
En ocasiones, el tiempo pasa con la celeridad de los vientos y a uno le falta el sosiego suficiente para tomar conciencia de la vida que se le ha escapado entre las manos. Cuando miramos hacia atrás y contemplamos la historia del hogar «Joel Álvarez», nos encontramos con uno de esos casos.
Allá por el diez de mayo de 2021, terminaba de materializarse un sueño perjeñado en los peores meses de la pandemia. Cuando todos éramos obligados a recluirnos en casa, también los que no la poseían, paradojas de la vida, y los salones parroquiales de Santo Domingo, hoy nuestro Centro de Día, se habían convertido en hogar improvisado y cálido, en el fondo de sus corazones algunos empezaron a soñar con una desescalada que, a la postre, se convertiría en escalada.
Y, después de estos meses de confinamiento, ¿qué?, ¿cuál será el destino de los que están hospedados provisionalmente en este recurso, que no reúne las condiciones ideales?

Transcurrido este tiempo, la sociedad fue «desescalando» y algunos empezamos a «escalar.» Subimos un poco más arriba, al barrio de Calcinas. Pero, sobre todo, comenzamos a transitar la empinada rampa de las gestiones, de la búsqueda de fondos, de los papeleos precisos, de las manos necesarias y de los plazos apresurados para que al menos algunos no pasaran en calle ni una noche más.
Cuando se hacía realidad la primera fase del hogar, ampliada luego en septiembre del 2022, y sus puertas quedaban abiertas, muchos respiramos por un momento con un cierto alivio. Es cierto. Pero, igualmente, éramos conscientes de que el camino no había hecho más que empezar. Ahora era necesario afrontar otras nuevas cimas: la viabilidad de la gestión de la casa, la promoción del voluntariado y la estabilización de la financiación para que los gastos no nos ahogaran.
Todo era completamente nuevo. Se pasaba de un servicio de mañana a un recurso que, con el tiempo, ha terminado por ofrecer 24 horas de acogida durante todos los días del año. ¿Serían suficientes nuestras fuerzas?, ¿no darían nuestras equivocaciones al traste con un sueño concebido con muy buena voluntad pero, no lo neguemos, con cierta ingenuidad? Los pronósticos no nos eran favorables. Garantizar la apertura y el funcionamiento de un recurso de estas características con personas voluntarias y un apoyo técnico limitado (como suele suceder cuando los medios no son abundantes) no era una apuesta segura.
La puesta de gala del primer día escondía dudas, un cierto miedo y un puñado colmado de incertidumbre. Habíamos podido equivocarnos, claro que sí. Es el peaje imprescindible de quien se atreve a hacer algo.


Y entonces, casi con naturalidad, nos dimos cuenta de las colinas que fueron jalonando nuestro paso: ajustes del voluntariado, perfiles difíciles en el hogar, retrocesos en los procesos de las personas acogidas, frustraciones… Todas ellas tenían el poder de zarandearnos, a veces, estrepitosamente. Sin embargo, no detenían nuestra marcha.
Y, a un día, le siguió otro, y otro, y el camino se fue alargando en el tiempo. En estas semanas, el hogar cumplirá 4 años y 6 meses. Estamos, apenas, dejando de gatear. Sin embargo, no nos hemos parado. No se han cerrado ni un solo día sus puertas.
Nuestro sueño ha ido madurando, se ha ido modulando, corrigiendo, mejorando (al menos eso esperamos), pero ha seguido en pie, como testimonio de los que decidieron complicarse la vida cuando la sociedad empezaba a recuperar la normalidad porque no era justo que quienes en el confinamiento tuvieron un hogar improvisado volvieran de nuevo a las calles, a las cuevas o a las playas.
Es todavía poco, lo sabemos. Algo más de cuatro años es encontrarse en los inicios. Sin embargo, la cifra importante no son las semanas, sino las historias implicadas en el recorrido.
Cincuenta y dos personas han encontrado un lecho, un ambiente cálido en «Joel Álvarez», una casa cuya capacidad no supera las 7 plazas. No nos han faltado los recursos, no hemos tenido que gestionar problemáticas o conflictos que nos superaran, no hemos dudado de la necesidad de estas instalaciones, pero, sobre todo, tenemos la firme certeza de que el hogar ofrece dignidad a la vida de quienes, por el camino, no sólo han perdido un hogar, sino también la confianza en sí mismos y las fuerzas necesarias para seguir luchando.
«Cuatro años y cincuenta y dos historias» podría ser el título de un relato, de una novela, quizás, o, incluso, de una película. Lo que sucede, y esto es lo maravilloso, es que ha sido el título de un tiempo de vida real, de personas que han «descansado» de un camino duro, de sueños que han comenzado a reconstruirse, de futuros que se materializan.
También ha habido, no podemos olvidarlo, proyectos que, de nuevo, se han torcido, segundas y terceras oportunidades no siempre aprovechadas, marchas que no terminan de alcanzar velocidad crucero. Es cierto, no somos ciegos. Pero, con el tiempo, confiamos en que todas esas cincuenta y dos historias y las que vayan engrosando la lista lleven la marca de unas instalaciones que fueron antes hogar en el corazón de muchos voluntarios y técnicos que construcción física.
Ojalá muchos puedan decir con agradecimiento «yo viví en el hogar». Pero, aunque ni siquiera fuera así, estoy convencido de que quienes hoy acompañan las vidas de los residentes con su tiempo, su corazón y su buen hacer, afirmarán: «yo colaboré con Joel Álvarez», y lo harán con orgullo, con agradecimiento y con una hermosa colección de recuerdos. Y unirán a esos recuerdos la maravillosa satisfacción de haber seguido escalando a esta cima cuando nuestra sociedad desescalaba.
Enhorabuena a todos por seguir ascendiendo.



