Hoy, Día Internacional de la Solidaridad Humana, reivindicamos a la mayoría silenciosa que tiende la mano frente a quienes intentan criminalizar al diferente.
DIRECTOR. EL FARO DE LA PALMA, 20 de diciembre de 2025.
Hoy, 20 de diciembre, el calendario nos marca que es el Día Internacional de la Solidaridad Humana. Quizás la fecha haya pasado desapercibida en las agendas oficiales, eclipsada por la urgencia de los presupuestos o las obras, pero es un día que deberíamos marcar en rojo. No para celebrar lo que somos, sino para recordar lo que no podemos permitirnos dejar de ser.
Vivimos tiempos extraños. Si uno enciende la televisión o abre las redes sociales, pareciera que la solidaridad es una reliquia del pasado, un valor en extinción aplastado por ideologías que se han vuelto tremendamente insolidarias. Nos bombardean con mensajes que criminalizan al que viene de fuera, que señalan al diferente por ser negro, latino, africano o musulmán. El racismo, camuflado a veces de «protección de lo nuestro», se cuela en las conversaciones y en los titulares, intentando convencernos de que el enemigo es el vecino que reza distinto o que tiene otro acento.
Ese ruido es ensordecedor. Está diseñado para que miremos solo nuestros intereses, para levantar muros y cerrar puertas.
Pero, a pesar de todo ese ruido, la realidad es tozuda. Y la realidad es que, ahí fuera, en la calle, la solidaridad sigue viva. Hay mucha. Muchísima.
La vemos en La Palma cada día. La vimos cuando la tierra se abrió y lo único que importaba era ayudar al que se quedó sin casa, sin preguntar a quién votaba o de dónde venía. La vemos en los voluntarios que no salen en las noticias, en los vecinos que cuidan de los mayores, en las asociaciones que se dejan la piel por los que tienen menos recursos, y en la gente anónima que, lejos de los discursos de odio, sigue practicando el lenguaje universal de la ayuda mutua.
El peligro no es que la solidaridad desaparezca, porque va impresa en el ADN de la buena gente. El peligro es que dejemos que el racismo y el egoísmo nos cieguen y no nos dejen ver lo mucho que hacemos los unos por los otros.
Hoy es un buen día para rebelarse contra ese pesimismo. Para decir alto y claro que, aunque intenten vendernos un mundo de «sálvese quien pueda», la inmensa mayoría de nosotros seguimos prefiriendo un mundo donde nos salvamos juntos. Que el ruido de unos pocos no silencie el abrazo de muchos.



