DIRECTOR. EL FARO DE LA PALMA. 11 de enero de 2026.
Las escenas vivida estos día en la Casa Blanca, con un Donald Trump eufórico recibiendo pleitesía tras el secuestro de Nicolás Maduro, confirma una tesis tan antigua como peligrosa: para frenar a un matón, a veces solo hace falta otro más grande. A corto plazo, la caída de un dictador en Venezuela se vende como un éxito cinematográfico y sin paliativos, un triunfo evidente para quienes sufrían el régimen chavista. Sin embargo, detrás de la euforia y los aplausos de las petroleras que ya se reparten el botín, se esconde una realidad mucho más oscura. La política internacional, ese delicado equilibrio de leyes y diplomacia que hemos construido en las últimas décadas, ha sido sustituida por el instinto primario del más fuerte.
Estamos ante el triunfo absoluto del matonismo de Estado. Trump, envalentonado y sin frenos, ha dejado claro que no necesita leyes internacionales. Se mueve por impulsos, por necesidades económicas inmediatas —petróleo, aranceles, recursos— y por un ego que no admite contrapesos. El problema es que el orden mundial no está diseñado para contener a un acosador que ostenta el poder de la mayor democracia del planeta. Cuando la ley deja de ser igual para todos y se convierte en la herramienta exclusiva del más fuerte, el sistema entra en pánico y deja de funcionar.
Europa es el mejor ejemplo de este miedo paralizante. El viejo continente, con todo su dinero y su supuesta superioridad moral, está sucumbiendo. Los líderes europeos, asustados, observan en silencio o con timidez, mientras sectores de su propia sociedad, una ultraderecha en auge y la derecha llaman «papi» al matón americano, y la izquierda no encuentra la brújula para reaccionar ante lo imprevisible. La amenaza de anexionarse Groenlandia «por las buenas o por las malas» ya no suena a chiste, sino a la próxima cláusula de un contrato de venta forzosa para seguir viviendo en una paz prestada. ¿Es la OTAN todavía una alianza defensiva o se ha convertido en el brazo armado de los intereses privados de Washington?
Lo más alarmante es el efecto contagio. Trump no ha inventado la rueda; ha copiado y amplificado el modelo de Israel: disparar primero, preguntar después y poner de rodillas a los vecinos mediante la fuerza bruta. Ahora, al elevar este comportamiento a la categoría de doctrina presidencial —la llamada «doctrina Donroe»—, el mensaje para el resto del mundo es devastador. China, observando desde la barrera, puede sentir la tentación de aplicar la misma lógica sobre Taiwán. Rusia, acorralada y beligerante, encuentra en el accionar de Trump la justificación perfecta para su propia agresión, validando la idea de que la soberanía nacional es solo un concepto para los débiles.
Hemos cambiado a un dictador regional por un hegemon global que actúa sin ley. Es una valoración pobre para la democracia. Si la única forma de liberar a una sociedad es que otro tirano imponga su voluntad, entonces no hemos ganado libertad; hemos perdido la razón. En este juego de realidades estratégicas, el mundo se ha puesto de rodillas, expectante y temeroso, olvidando que cuando se sustituye la justicia por la fuerza, se pierde todo lo que habíamos ganado como civilización. El matón ha ganado, y la democracia tiembla.



