OPINIÓN · ECONOMÍA
¿Dinero artificial o escasez real? Una lección de urgencia desde el aula de Economía
El profesor y columnista Iván Díaz explica, con el ejemplo de una clase de Bachillerato, por qué la inflación actual ya no se explica solo por el exceso de dinero, sino por el choque entre un consumo que no frena y un planeta con recursos limitados.
Como profesor de Economía de 1º de Bachillerato, cada inicio de curso me enfrento al mismo reto: convencer a un grupo de adolescentes de dieciséis años de que las leyes de la oferta y la demanda no son meras gráficas aburridas pintadas en la pizarra, sino las fuerzas invisibles que determinan por qué sus tenis son tan caros o por qué sus padres suspiran al mirar la factura de la luz o de la gasolina. Sin embargo, en los últimos años, mi programación didáctica ha sufrido un vuelco absoluto. Explicar el mundo real hoy exige cambiar los libros de texto.
En los años que llevo impartiendo Economía, enseñar el funcionamiento del mercado era relativamente sencillo. Vivíamos en la era del exceso de oferta. Explicaba a mis alumnos cómo el sistema productivo globalizado era una máquina perfecta capaz de inundar los escaparates de productos. El problema de la economía entonces no era fabricar, sino vender; el reto era cómo estimular a una demanda a menudo reacia o saturada mediante el crédito fácil y el marketing.
Pero hoy, cuando mis alumnos me preguntan en clase por la subida de la gasolina, el precio de los alimentos o la inflación que devora los salarios de sus padres, la lección es radicalmente opuesta. El tablero ha dado un vuelco histórico: el problema ya no es la falta de compradores, sino que nos enfrentamos a un brutal exceso de demanda global frente a un planeta y unas fábricas que, simplemente, no dan abasto.
Para que lo entiendan en clase, suelo plantearles una pregunta que resume el gran dilema macroeconómico actual: la inflación que sufrimos, ¿es culpa de una sobredosis de dinero artificial o es el resultado de una escasez real?
Por un lado, analizamos el impacto del dinero artificial. En la actualidad, los gobiernos y los bancos centrales inyectaron billones de euros en el sistema y bajaron los tipos de interés a mínimos para evitar el colapso. Mis alumnos lo entienden rápido con un ejemplo: si de repente reparto de forma artificial sobres con dinero a cada estudiante de la clase, todos saldrán corriendo a la cafetería a comprar el mismo bocadillo. El problema es que la cafetera y el panadero siguen siendo los mismos. Por mucho dinero que inyectemos, los recursos son limitados. Demasiado dinero persiguiendo a unos bienes que no han crecido al mismo ritmo provoca, por pura física económica, que los precios se disparen. Es la clásica inflación de demanda: una masa ingente de compradores compitiendo por lo mismo. No hay para todos.
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Si de repente reparto sobres con dinero a cada estudiante, todos saldrán corriendo a comprar el mismo bocadillo. El problema es que la cafetera y el panadero siguen siendo los mismos
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IVÁN DÍAZ
Sin embargo, les insisto en cómo hemos frenado la inversión en energías tradicionales antes de tener una red renovable capaz de sostener nuestro estilo de vida. Es un error de cálculo histórico: la Tierra tiene límites físicos y geológicos que ningún banco central puede ensanchar imprimiendo billetes. Por mucha liquidez que haya en las cuentas corrientes, el petróleo, el gas o el litio no van a brotar del suelo a la velocidad de nuestros deseos.
Lo más fascinante —y preocupante— de observar desde mi mesa de profesor es el cambio psicológico del consumidor, reflejado a la perfección en la mentalidad de las nuevas generaciones. A pesar de los precios altos, la demanda se muestra inflexible. Hay una cultura post-pandemia de gratificación inmediata, de «vivir el momento», que actúa como un acelerador constante del consumo. La gente prefiere asumir el encarecimiento de la vida antes que renunciar a los viajes, al ocio o a la tecnología, lo que provoca el exceso de demanda y presiona aún más a un sistema productivo exhausto.
Cuando suena el timbre que da fin a la clase, siempre intento que mis alumnos se lleven una conclusión clara. La inflación actual no es un fallo técnico del sistema, sino el precio de una colisión inevitable. No podemos consumir de forma infinita en un planeta con recursos limitados, por lo que la gran lección económica actual es aprender a vivir dentro de los márgenes de la Tierra. Para lograrlo, la solución es dejar atrás el modelo de «usar y tirar» y cambiar el chip hacia la reutilización y el consumo inteligente y responsable, fabricando productos de calidad que duren más y se puedan reparar. Este cambio requiere la acción de todos: ciudadanos adoptando hábitos más sencillos, empresas diseñando de forma responsable y gobiernos aplicando leyes que protejan el entorno, demostrando que se puede vivir bien y con bienestar sin necesidad de destruir nuestro planeta.
SOBRE EL AUTOR
Iván Díaz es profesor de Economía en La Palma. Firma en El Faro de La Palma columnas de opinión sobre economía cotidiana y educación financiera, con un enfoque de economía conductual aplicado a la vida diaria.
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