OPINIÓN · MEMORIA HISTÓRICA
La historia de dos alzados
Un cuento verídico de Manuel F. Hernández Martín: dos cuñados de Santa Cruz de La Palma, perseguidos como «alzados» tras el desembarco del cañonero Canalejas en 1936, sobreviven escondidos días enteros en los nichos del cementerio.
A mediados de los años setenta, la abuela de mi esposa, una señora octogenaria ya viuda, me contó en confidencia familiar, haciéndome prometer que no lo desvelara a nadie, al menos todavía, una anécdota que había pasado a su marido y un hermano de ella (y por tanto cuñados). No quería airearla porque aún estaban frescas las vivencias sucedidas en la dura represión franquista, puesto que la democracia no estaba completamente consolidada en este país. Por aquél entonces, muchas familias de los afectados todavía silenciaban lo que habían sufrido durante la guerra y la postguerra. Nadie quería hablar del asunto, parecía que existía un acuerdo tácito en olvidar lo acontecido, y menos mostrar su afinidad política.
Esto sucedió en octubre de mil novecientos treinta y seis, a los tres meses siguientes de la Semana Roja de Santa Cruz de La Palma.
Después de llegar el buque de guerra Canalejas a la rada del puerto, estando fondeado y antes de atracar, a la espera de recibir instrucciones, viendo que el tiempo pasaba, disparó dos cañonazos al Risco de La Luz que tenía enfrente y otros dos a las afueras de la ciudad. Era una clara advertencia dirigida al Delegado del Gobierno y demás autoridades, que todavía se mantenían fieles a la República, para que se rindieran y depusieran las armas. La orden venía dada por el nuevo mando militar de Canarias.
Es preciso recordar que La Palma fue la única isla de Canarias que desde primer momento no se sumó al alzamiento militar de Franco y sus generales. Desde el dieciocho de julio, día del alzamiento, hasta el día veinticinco en que llegó el cañonero, se mantuvo en la legalidad republicana a la espera de una rápida respuesta del Gobierno de España al golpe militar que se acababa de producir. Estaban convencidos de que al final la República ganaría, pero sucedió todo lo contrario, las noticias que llegaban de la Península eran desalentadoras, los militares sublevados proseguían en su avance. Aquella semana se le conoce como Semana Roja. Durante esos días se organizó el Frente Popular que había convocado, para el mismo día dieciocho de julio, una huelga general, manifestándose ante la Delegación del Gobierno a la que asistió muchísima gente. La mayoría de los habitantes de La Ciudad eran republicanos o de izquierdas, había mucha gente obrera y asalariada, la desigualdad social persistía. Solo una minoría, las élites administrativas, los grandes propietarios, los que siempre habían ostentado el poder heredado desde la época anterior, eran de opción conservadora.
Alarmada la ciudad por la inesperada «acción de bienvenida» del cañonero, muchos de los republicanos, sindicalistas, comunistas y simpatizantes huyeron desesperados hacia el monte, o bien hacia otras partes de la isla, escondiéndose en puntos estratégicos por temor a ser apresados. A todos ellos se les llamó «alzados». No habían hecho nada, no habían cometido delito de sangre alguno; solo se habían manifestado en defensa del orden legalmente constituido, defendiendo la libertad. Aun así, no escaparon de la terrible persecución y posterior represión que sufrieron en los años siguientes al levantamiento militar.
Una treintena de militares bajaron del barco, acompañados de un numeroso grupo de falangistas venidos de Gran Canaria y que habían zarpado juntos desde el Puerto de La Luz y de Las Palmas. Enseguida, tomaron posesión de las instituciones y del cuartel de San Francisco. Inmediatamente, detuvieron a los principales cabecillas que no habían acatado las órdenes dadas. La Guardia Civil se unió al mando militar a partir de ese momento, poniéndose a disposición del movimiento golpista.
Maestros, sindicalistas y destacadas figuras del movimiento obrero (Federación de Trabajadores) principalmente, así como otras personas afines y liberales republicanos, fueron detenidas, juzgadas, torturadas, algunas fusiladas y desaparecidas. Entre todos ellos, y los que fueron llevados a las instalaciones de Fyffes para sufrir un largo y penoso encierro a la espera de la sentencia, se cuentan que fueron setecientos veinticuatro los represaliados en toda Canarias. Casi todos los alzados nuestros que habían escapado al monte, al final fueron encontrados y fusilados, sin juicio previo. El Capitán del buque, Fernando Meléndez, tenía claro su misión: debía hacer limpieza para que cundiera el ejemplo. Eran órdenes del mando militar. Lo cierto es que se pasaron en exceso, especialmente los fascistas de camisas azules.
La población llana se metió en sus casas, apenas salían para comprar alimentos, medicamentos o cualquier producto de primera necesidad. Y a misa, claro está. Piquetes de falangistas, algunos de ellos locales, vecinos conocidos, junto a alguna pareja de guardias civiles revisaban casa por casa en búsqueda de los denunciados, de los que estaban en «la lista». «Las sacas» nocturnas de indefensos ciudadanos, a la fuerza y ante las atemorizadas familias, se sucedieron aquí y por todo el país. No había la más mínima piedad; aquellos insuflados camisas azules y tirantes de cuero negro ejercían su acción justiciera.
El fanatismo y la sinrazón se apoderaron de una sociedad que gozaba de pacífica convivencia, alejada del foco principal de la guerra fratricida que se estaba produciendo muy lejos de aquí. Fueron muchos los que vilmente asesinaron o los hicieron desaparecer. La crueldad y las más bajas pasiones humanas salieron a relucir en los enaltecidos temperamentos de quienes ostentaron el poder a partir de entonces. Nunca se pensó que la rivalidad política produjera un corte profundo en nuestra sociedad. Otros, que nunca habían exteriorizado sus convicciones políticas, se arrimaron al bando ganador, convirtiéndose de repente en acérrimos defensores del Régimen. Pero los que no, sufrieron el castigo, la humillación o el desprecio. Se produjeron violaciones, algunas viudas quedaron en las más miserable de las situaciones, con hijos a cargo, y encima, vejadas, para escarnio del pueblo, sus bienes confiscados y sin ingresos económicos. Así estaba el país.
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La Palma fue la única isla de Canarias que desde primer momento no se sumó al alzamiento militar de Franco y sus generales.
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Manuel F. Hernández Martín
Pues bien, en todo este contexto, en Santa Cruz de La Palma convivían juntas dos familias: la el esposo de esta señora, que se llamaba Tomás, y la de su hermano Juan. Puerta con puerta, residían en un conocido barrio de la capital, cuyo nombre no es preciso citar. Ambos tenían sus respectivas proles; eran de condición humilde, pero poseían una dignidad muy alta, cuyos sentimientos siempre fueron comunistas, aunque no enardecían pertenecer a la izquierda como otros. Los cuñados, Tomás y Juan solo eran obreros que trabajaban ocasionalmente en lo que surgiera. El primero tenía un apellido muy conocido, pues sólo existían unos pocos en La Palma. Añadiré que eran buenos músicos, casi todos tocaban la guitarra y otros instrumentos, gustaban de hacer pequeñas parrandas familiares, e incluso componían sus propias canciones, entre ellas villancicos que cantaban por las calles en las noches de Navidad. Parece ser que su apellido procedía de una antepasada, una señora acaudalada que había regresado de México allá por el siglo XIX, y que había sido benefactora de la Parroquia de San Francisco, en Santa Cruz de La Palma.
Constituían una peña familiar muy unida, todos se ayudaban entre sí y se procuraban lo necesario, sobre todo en aquellos difíciles y convulsos años treinta, pero el golpe militar les cogió por sorpresa, como al resto de la isla.
Viendo que comenzaba la «cacería de los alzados», no les quedó más remedio que refugiarse en sus casas. Cuando esto no fue posible, pues se ya presentaban a las puertas de otros vecinos, no les quedó más remedio que esconderse. A Juan, se le ocurrió la idea de ir al cementerio, cosa que le acompañó Tomás. Allí, buscaron unos nichos nuevos y vacíos, los más apartados de la entrada, permaneciendo ocultos mientras podían durante el día, y saliendo a comer por la noche en sus casas las veces que sus familiares, simulando llevar flores al cementerio, no les podían llevar los alimentos. Entonces, regresaban antes del alba para refugiarse en los nichos. En cada uno se ocultaban tras una tapia suelta, simulando estar ocupada, respirando malamente por las ranuras laterales. Allí se sentían seguros, nadie atrevería a husmear.
Así estuvieron varios días, escondiéndose y saliendo lo justo para asearse y comer. Triste sino para ellos que ni siquiera habían participado en la huelga general ni en los piquetes de guardia que se montó durante esa Semana Roja.
Pues bien, una tarde que traían un muerto a enterrar al cementerio, uno de tantos de los que últimamente se enterraban por las citadas purgas falangistas, estando la comitiva ya dentro del recinto, parece ser que la tapia del nicho donde dormía Juan, cayó al suelo, rompiéndose en pedazos. El estruendo alarmó a los que cargaban el cajón del difunto y sus acompañantes, quienes del susto, y llenos de terror, soltaron el féretro —casi lo tiraron, a decir mejor—, saliendo despavoridos del cementerio como almas que se las lleva el diablo. Uno de ellos aseguraba haber visto unos pies calzados con alpargatas que salían por el agujero del nicho que estaba al fondo del lateral izquierdo.
Todos esperaban fuera, aguardando la llegada de una pareja de la guardia civil, a quienes habían dado la voz de alarma para que se personaran inmediatamente; nadie se atrevía entrar y averiguar lo que pasaba allí dentro, ni siquiera asomarse desde la puerta de entrada. Aunque, claramente, desde ese punto no podían divisar los nichos donde acaba de producirse estos hechos.
Tomás, que estaba espiando desde el nicho contiguo, percatándose de lo sucedido, salió enseguida del suyo y le dijo a Juan que se pusiera a barrer el patio y recoger las flores esparcidas, mientras que él haría otro tanto recogiendo los pedazos de la loza caída, simulando que estaban de voluntarios en el camposanto para suplir las tareas del enterrador. Parece ser que este se había ausentado cuatro días antes, marchando a su pueblo de Puntallana para atender a su familia. La idea tenía su lógica y no parecía descabellada, pues el mismo enterrador que les ayudaba a esconderse, sentía la necesidad de ir esos días a ver a su esposa e hijos que tenía abandonados por tanto trabajo últimamente, y aprovechando que llevaba una semana sin «clientes» en el cementerio, decidió ausentarse, confiando el recinto a aquellos entrañables inquilinos.
Así lo estaban haciendo los cuñados, hasta que oyeron el alto de la guardia civil que les estaban apuntando desde la entrada del patio de enterramientos. Los detuvieron allí mismo sin que pudieran prestar declaración alguna, llevándolos inmediatamente al cuartelillo. Solo cuando estuvieron en la cárcel pudieron contar su versión. No era muy creíble para la benemérita, pero tampoco la podían descartar porque realmente hacía días que el enterrador no aparecía y, a fin de cuentas, alguien se tenía que encargar del asunto. Cabe decir que tampoco los iban a felicitar por esa «altruísima» labor de suplir la ausencia del pobre funcionario. Al contrario se ensañaron con ellos.
Después de semana y media, los cuñados fueron liberados, famélicos por la poca comida que habían ingerido y molidos por los golpes recibidos por parte de los guardias carceleros quienes no pudieron sacarles ninguna otra información. Eso sí, iban a ser vigilados durante un tiempo y sancionados con multa, cosa que tampoco llegaron a pagar dado su condición humilde.
El pundonor y la astucia socarrona de la familia quedaron incólumes. Esta anécdota quedó preservada en la memoria de ellos mismos y nunca fue transcendida puesto que no se atrevían a contarla a nadie. Con el tiempo, tan solo unos pocos descendientes tenían conocimiento de los hechos, pero ya les quedaba como un vago recuerdo muy difuso. La anciana viuda, a mis insistentes preguntas por saber de sus antepasados y de cómo había sido esa vida difícil en aquella ciudadela donde residían, y en la confianza por haberme casado con una de sus nietas, me hizo este relato. Sin embargo, mi suegro, que recordaba de pequeño la anécdota vivida por su padre y el tío, tirándole de la lengua, me lo narraba jocosamente, eso sí, sin reproches, pese al mal trago y las penurias que les hicieron pasar en aquellos aciagos días de la postguerra.
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es autor-colaborador palmero. Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma habitualmente la serie «Leyendas de La Palma»; este relato, según sus propias palabras, «no es leyenda» sino un cuento verídico de memoria familiar, incluido en uno de sus libros publicados.

Leyendas que reflejan la historia y las creencias de los antiguos habitantes de La Palma y otros relatos curiosos de la isla. Agotada la primera edición, muy pronto estará disponible la segunda en las librerías de la isla.
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