Mauro Castro nos regala una pieza íntima sobre la figura paterna, el sacrificio del trabajo y el aprendizaje de mirar con otros ojos a quienes nos dieron la vida.
POR MAURO CASTRO.
Me tocó nacer en un lugar y en un tiempo donde el cariño no se medía en abrazos ni en palabras bonitas. Se medía en trabajo. En sacrificio. En silencios.
Y a mí, que también me tocó nacer con una sensibilidad que todo lo agranda, me costaba entenderlo. Me costaba aceptarlo. Así que hice lo que pude: me construí un mundo propio donde refugiarme, donde no romperme en pedazos. Un mundo de caminos, de trillos que me llevaban de un patio a otro, buscando algo que no sabía nombrar, pero que necesitaba.
A ese mundo le acompañaba también una rebeldía. “Eres un revolucionario”, me decía mi padre. Y lo era. Lo fui durante mucho tiempo.
El reencuentro en el silencio Hace pocos meses que papá se fue. Y, curiosamente, fue en sus últimos años cuando más cerca estuve de él. No porque él cambiara, sino porque cambié yo. No hubo más abrazos. No hubo más “te quiero”. Pero hubo algo mucho más profundo: comprensión.
Empecé a mirar hacia atrás, a su historia, a su infancia. A entender el tiempo que le tocó vivir. Con apenas seis años ya trabajaba cargando varas hacia el puerto de La Fajana. Con quince, se marchó al Hierro. Su niñez fue trabajo. Su juventud, también. Y cuando formó su familia, trabajó aún más.
Esa fue su forma de amar. No supo decir “te quiero”, pero lo dijo cada día asegurándose de que no nos faltara lo esencial.
Qué tarde lo entendí. Qué tarde llegué a ver que, en su silencio, también había amor. Yo seguía necesitando palabras, gestos, abrazos. Pero aprendí a leerlo en otros lugares: en su manera de estar, en su constancia, en su forma de sostenernos sin hacer ruido.
Compartimos muchas comidas, cafés, copas de vino. Y poco a poco fuimos diciendo, cada uno a su manera, todo aquello que durante años habíamos guardado. Yo desde mi sensibilidad. Él desde la suya. Y eso, aunque imperfecto, fue suficiente. Fue real.
Un mensaje para los que aún pueden hablar Hoy, en el Día del Padre, claro que me acuerdo de él. Pero más allá de la memoria, quiero dejar un recordatorio a quienes sienten que algo no encaja con sus padres. A quienes viven desde la distancia, la incomprensión o la rebeldía, como me pasó a mí.
No esperen a que sea tarde.
Intenten mirar más allá de lo que falta.
Intenten entender de dónde vienen.
Hablen. Pregunten. Acerquen posiciones. Y, sobre todo, no se guarden los “te quiero”. No se guarden los abrazos. Porque a veces no se trata de cambiar a nuestros padres, sino de aprender a mirarlos con otros ojos.
Y cuando eso ocurre, algo se ordena por dentro. Algo se calma. Y entonces, incluso cuando ya no están, el recuerdo deja de doler… y empieza, por fin, a abrazar.