De Gaza a Ucrania, pasando por la crisis venezolana, el 2025 certifica la irrelevancia de las Naciones Unidas. El derecho internacional ha sido sustituido por una política de hechos consumados donde potencias como EE.UU. e Israel redefinen las fronteras de la seguridad al margen del consenso global.
REDACCION. EL FARO DE LA PALMA, 31 de diciembre de 2025.
Nueva York / Tel Aviv / Kiev. — Si el año 1945 marcó el nacimiento de las Naciones Unidas con la promesa de «preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra», el 2025 podría recordarse como el año en que esa promesa se convirtió definitivamente en papel mojado. El balance de los últimos doce meses arroja una conclusión desoladora: el mundo se ha vuelto un lugar más peligroso, más impredecible y, sobre todo, un lugar donde las reglas ya no importan. Solo importa la fuerza.
Oriente Medio: La guerra sin freno
El epicentro de este terremoto geopolítico ha seguido siendo Oriente Medio. Lo que comenzó en la Franja de Gaza se ha expandido en 2025 hacia una crisis regional total, arrastrando al Líbano y escenificando un pulso directo y sin precedentes entre Israel e Irán.
La tragedia humanitaria en Gaza, que ha continuado sangrando durante todo el año, ha puesto en evidencia la parálisis absoluta de la comunidad internacional. Las resoluciones de la ONU pidiendo altos el fuego o corredores humanitarios han sido ignoradas sistemáticamente. Israel, con el respaldo inquebrantable de Estados Unidos, ha actuado bajo la lógica del «sheriff» territorial: aplicando su propia ley de seguridad y defensa preventiva sin esperar validación de ningún organismo internacional.
Esta dinámica de «hechos consumados» ha desactivado cualquier intento de mediación diplomática tradicional. La ONU ha quedado reducida a un mero observador que cuenta víctimas, incapaz de detener a los actores armados. El genocidio se ha impuesto y esta tragedia marcará el futuro de esta zona del mundo.
Ucrania: El conflicto olvidado
Mientras los focos giraban hacia Oriente Medio, la guerra en Ucrania ha entrado en una fase de desgaste crónico y peligroso olvido. En 2025, el frente se ha estancado en una sangría continua donde la diplomacia ha brillado por su ausencia.
La fatiga de los aliados occidentales y el cambio de prioridades en Washington han dejado a Kiev en una posición de extrema vulnerabilidad. Aquí también, la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe la anexión de territorios por la fuerza, ha sido incapaz de revertir la ocupación rusa. La lección que deja este frente es amarga: si tienes armas nucleares y un asiento en el Consejo de Seguridad, el derecho internacional no se te aplica.
Venezuela y la diplomacia estéril
Al otro lado del Atlántico, la crisis en Venezuela se ha enquistado como otro ejemplo de la ineficacia de la presión multilateral. A pesar de las sanciones, las condenas y los informes de derechos humanos, la situación política y social sigue bloqueada, demostrando que las herramientas diplomáticas del siglo XX (comunicados, retiradas de embajadores, resoluciones) no tienen dientes en el siglo XXI frente a regímenes decididos a resistir.
Los embargos económicos que han habido muchos últimamente, Rusia, Irán, Venezuela, cuba, han ido cambiando su forma de parecer como herramientas poderosas para pasar a ser instrumentos de unas guerras donde las potencias económicas y militares tratan de imponer su fuerza.
El retorno a la «selva»
Cerramos el 2025 con la sensación de haber retrocedido décadas en términos de civilización política. La ONU, diseñada para ser el foro donde se evitan los conflictos, se ha transformado en un escenario vacío donde se pronuncian discursos que nadie escucha.
El mundo que deja este año es uno donde cada potencia actúa como juez y parte en su propia área de influencia. Sin un árbitro global respetado, hemos vuelto a la «ley de la selva», donde la seguridad de unos se construye sobre la inseguridad de otros y donde la fuerza militar es el único argumento que parece tener peso real en la mesa de negociación.



