En esta nueva entrega, Mauro Castro nos invita a recorrer la «geografía íntima» de su niñez a través de los patios de Franceses. Un mapa emocional trazado entre máquinas de coser, aromas a tizana, mirlos en los morales y la sabiduría silenciosa de unos vecinos que convirtieron un barrio en un hogar infinito.
POR MAURO CASTRO.
Con seis años recién cumplidos comencé el colegio. Y sin darme cuenta, también empecé a descubrir el mundo. Pero no aquel que Don Pepe nos enseñaba en los mapas desplegados en la pared, con ríos y cordilleras bien dibujados, sino otro muy distinto, más pequeño y a la vez infinito: mi mundo.
Un mundo que fui construyendo paso a paso, recorriendo patios y trillos, como quien dibuja su propio mapa. Tenía mi mapa de patios. No estaba en ningún papel, pero lo llevaba grabado por dentro. En él había lugares a los que volvía una y otra vez, como si algo en ellos me llamara sin yo entenderlo del todo.
Un mapa de rostros y oficios Mi geografía personal estaba habitada por personas que, con su hacer diario, daban forma a mi realidad:
- El patio de Carmela: Siempre elegante y serena, inclinada sobre su máquina de coser, con ese ritmo pausado que a mí me hipnotizaba.
- El de Doña Agustina y Dionicio: Donde iba con la excusa de ver el “guanajo”, aquel pavo al que nunca supe si llamaban así por torpe o por perezoso.
- El del tío Martín: Con su empedrado y sus flores.
- El del tío Cervando: Donde Cristina cosía junto a la ventana mientras yo me perdía en aquel laberinto de plantas, corrales y palomares que parecía no tener fin.
- El de Basilio: El carpintero de ataúdes. Allí iba buscando, sin saberlo, una respuesta a algo que no entendía: la muerte. Y siempre regresaba igual, sin respuestas… pero con un trozo de panal entre las manos.
- El de Ceferina: Bajo los dragos y la gran palmera, donde el aire olía a comida y al sonido constante de una máquina de coser.
- El de la tía Catalina: Que se me quedó grabada para siempre, sentada bajo la naranjera, pelando papas con la calma de quien entiende la vida sin necesidad de explicarla.
Aromas y rituales de bienvenida Y luego estaba el de Doña Rosario, creo que el más visitado. Quizá porque quedaba de paso entre mi casa y la de mis abuelos, o quizá porque en él siempre encontraba algo más. Su empedrado, sus flores… y aquel aroma a tizana que parecía quedarse flotando en el aire. Pero sobre todo, aquel ratito de charla, de compañía, de sentirse bienvenido.

Había otros patios que también formaban parte de mi geografía íntima. Como el de Elvira, donde los morales se llenaban de mirlos que siempre me ganaban la carrera por las moras más maduras. Yo lo intentaba, claro, pero ellos eran más rápidos, más listos o simplemente más suyos aquellos árboles.
O el patio de casa de Fausto, con aquel pasillo de entrada donde dejábamos los zapatos por petición de su esposa, para no ir dejando arena por toda la casa. A mí aquello me parecía un ritual, como si al descalzarnos entráramos en un lugar distinto, casi sagrado.
Y cómo no acordarme del patio de Doña Concepción, con sus escaleras de piedra y sus balcones de madera. Aquella casa entera me parecía de cuento. Me quedaba quieto, mirándolo todo, imaginando la vida que habría tenido, las historias que habrían pasado por allí, como si las paredes guardaran secretos que solo se revelaban al que sabía mirar.
El sostén de la memoria Hoy, cuando miro atrás, me doy cuenta de algo sencillo y enorme a la vez: no sabría describir mi barrio, ni mi infancia, sin hablar de aquellos patios. Patios que no eran míos… pero que, de alguna manera, lo fueron y lo serán siempre.
Estos son mis patios, los que me sostienen cuando vuelvo a ellos. Pero estoy seguro de que quien me lea también tendrá los suyos: sus propios patios, sus costureras, sus carpinteros… e incluso algún moral donde los mirlos siempre ganaban.
Volveré la próxima semana, con otro pedazo de aquel barrio que aún hoy me acompaña.
Aquí tienen el comienzo de la historia :Recuerdos que me sostienen – El Faro de La Palma
Aquï tienen la segunda parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (II) – El Faro de La Palma
Aquí la tercera parte: Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (III) – El Faro de La Palma
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