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Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (III)

by Mauro Castro
marzo 15, 2026
in Cultura, La Palma
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Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (III)
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Por: Mauro Castro.

Atrás quedaba Gallegos y aquellos primeros recuerdos que aún hoy aparecen como pequeñas escenas sueltas en mi memoria: la almendra, el kiosco, Jacinta… fragmentos de una infancia que empezaba a despertar. Ante mí se abría entonces un mundo nuevo.

Comenzaba el colegio en Franceses, y con él empezaban también a grabarse en mí los recuerdos de un tiempo, de una época y de unas gentes que no solo me ayudaron a crecer, sino que, de algún modo, siguen sosteniéndome todavía hoy. El colegio estaba en La Verada, en la parte baja de una casa que antes había sido tienda, y que incluso durante un tiempo hizo las veces de iglesia. Aquel espacio humilde era, para nosotros, todo un universo.

Nada más entrar estaban las mesas de los mayores: grandes mesas cuadradas de tea, con huecos en los laterales donde guardaban sus cuadernos y su material. Junto a la mesa del maestro estaban las nuestras, más pequeñas, de color café con leche, con patas de hierro y unas rejillas en los lados donde colocábamos nuestras libretas y libros. Y en medio, unos pupitres de madera con asientos abatibles, donde se sentaban los de los cursos intermedios. Nuestro grupo era el más numeroso: los pequeños. Los que empezábamos a descubrir el mundo.

Detrás de la mesa del maestro estaba Don Pepe. Alto, delgado, elegante… al menos así lo veía yo desde mi mirada de niño. Con los años, cuando me lo encontraba y nos deteníamos a charlar, descubrí que ya lo había alcanzado en altura. Pero en mi memoria siempre siguió siendo aquel maestro que parecía más grande que todos nosotros. Detrás de su mesa colgaban un crucifijo y una foto del Caudillo, y a la derecha un gran mapa desplegado de España donde los ríos y sus afluentes serpenteaban como caminos misteriosos que algún día aprenderíamos a nombrar.

cartilla escolar

En un pequeño cuarto se guardaban mapas enrollados, material escolar… y unos grandes sacos de leche en polvo. Curiosamente, ese es el recuerdo que más despierta mis sentidos de aquellos primeros años de escuela. No es una lección, ni una palabra escrita en la pizarra. Es la leche en polvo. Su olor peculiar, ese sabor tan difícil de describir y que, de alguna forma, parece haberse quedado impregnado para siempre en mi memoria.

Para nosotros era casi una golosina, una pequeña aventura de media mañana. En casa ya habíamos desayunado antes de ir al colegio, así que aquel reparto era más un juego que una necesidad. Nos ponían unas cucharadas de aquel polvo amarillento en nuestro jarro y corríamos hasta la fuente para hacer la magia: convertir el polvo en leche. Cada uno tenía su manera. Yo le ponía muy poca agua. Lo justo para convertirla en una especie de pasta que se pegaba al cielo de la boca y que iba soltando aquel sabor tan particular durante un buen rato. Era como un caramelo extraño, una pequeña travesura que alargaba el momento.

Con los años supe que, para muchos niños, aquel gesto era algo más que un juego. Que hubo un tiempo en que esa leche ayudó a llenar estómagos vacíos, y en ocasiones incluso venía acompañada de un trozo de queso. Pero en mi memoria permanece como lo que fue para mí entonces: un sabor, un olor y una pequeña ceremonia de infancia. Un recuerdo que todavía hoy, cuando aparece, me arranca una sonrisa. La sonrisa tranquila de quien sabe que, a pesar de todo, tuvo una infancia feliz.


Aquí tienen el comienzo de la historia :Recuerdos que me sostienen – El Faro de La Palma

Aquï tienen la segunda parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (II) – El Faro de La Palma

Si quieren más información de Mauro Castro y de su sitio en facebooK:(20+) Facebook

Tags: Cultura La PalmaFrancesesGarafíahistoria la palmamauro castroOpiniónrecuerdos que me sostienen
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