LEYENDAS DE LA PALMA · II
Los amantes de Tabureites: la leyenda de Acerina
Tras la paz costosamente acordada entre los cantones, dos jóvenes benahoaritas, Acerina y Tanausú, viven a escondidas un amor que las disputas familiares no aceptan. Su desenlace en la cima del Benahauno da, según cuenta la tradición, origen a los tajinastes azules de la Caldera de Taburiente.
POR MANUEL F. HERNÁNDEZ MARTÍN
En los últimos dos años, una inusitada calma reinaba en todo el territorio de Benahoara. Los jefes de los cantones habían acordado la paz, estableciendo un nuevo orden que tenía que acatarse por todos a costa de ser expulsados de sus hogares con la consiguiente pérdida de sus pertenencias. Las lindes debían respetarse escrupulosamente, pues habían costado mucha sangre derramada.
Una década incierta del 1480
Este episodio sucedió en una incierta década del mil cuatrocientos ochenta. Hacía tiempo que en la isla se vivían convulsos enfrentamientos tribales a causa de las sequías; los quebrantamientos en el sistema del pastoreo y las rapiñas que unos y otros se ocasionaban entre sí derivaron en una guerra fratricida, prácticamente generalizada, en la que se habían formado dos, tres y hasta cuatro bandos en lucha por la supervivencia.
La disputa de las cabras y la montaña madre
Todo comenzó con la disputa de una familia del cantón de Adirane con otra procedente de Aceró. Un pequeño grupo de ocho cabras se había pasado a las tierras del Benehauno, la «gran montaña», «la montaña madre», la que estaba desde el principio de los tiempos. Ese lugar era sagrado y todos lo respetaban porque en su cumbre residían los espíritus en su tránsito al más allá. Se habían infringido las normas antiguas: las cabras pasarían a ser propiedad de la familia que las capturara, y solo podían internarse a recogerlas los naturales que residían en el propio cantón, en este caso los de Aceró, ya que hasta ese momento la gran montaña les pertenecía a ellos. Algunos de Adirane se internaron furtivamente para poderlas recuperar, pero los de Aceró se lo impidieron, provocándose un enfrentamiento muy violento entre ellos.
Las correrías por El Time y los Pinos Gachos
Por otro lado, también ocurría lo mismo en las laderas del Time. Las frecuentes incursiones hacia Tabureites, dentro del cantón de Aceró, molestaban al nuevo jefe Tanausú, cansado de las continuas quejas de sus súbditos por las correrías que les ocasionaban sus vecinos del cantón de Tixarafe. Con frecuencia bajaban por El Time y los Pinos Gachos internándose dentro de los límites marcados.
La guerra de las quince lunas
La última guerra había ocurrido quince lunas atrás por este motivo. Mayantigo, jefe de Adirane, desafió y se enfrentó a Tanausú, medio pariente suyo, siendo derrotado por este, que era superior en fortaleza y astucia, perdiendo un ojo en una de las refriegas. Entonces acudió en su ayuda el jefe Atogmatoma con sus huestes de Tixarafe, el eterno rival, precisamente tío de Tanausú. Atogmatoma nunca estuvo de acuerdo con los repartos que un día había hecho el último gran jefe de Benahoara, su propio abuelo, por no haberle dejado en los repartos la comarca del centro: Aceró, la que ocupa todo Tabureites, el corazón de la isla, con todas sus ricas tierras y abundantes aguas. Por su linaje creía ser merecedor a tal derecho.
Interviniendo en las peleas, la balanza se inclinaba a favor de los bravos tixaraferos, que les superaban en número. A esas luchas intestinas acudieron inmediatamente los hermanos Juguiro y Gareagua, desde Tigalate, que habían sido llamados por el mismo Tanausú para que les auxiliara. Lo hicieron con tal bravura que, momentáneamente, volvieron a ganar los del bando de Aceró. Fue entonces cuando intervinieron enseguida los de Tixuya y Tamanca para auxiliar a Atogmatoma y Mayantigo —pues este último ya se había retirado de la refriega, precisamente a causa de la herida en el ojo—. Habían venido por el Camino de La Gorona, sorprendiéndoles por la espalda y haciéndoles retroceder, no sin antes hacerles sufrir enormes bajas. La contienda estaba muy igualada. Mientras tanto, otros amigos de Tanausú, al otro lado de la isla, Bediesta de Adeyahamen y Autinmara de Tagagre, también acudieron con sus gentes, decantando finalmente la balanza en favor de los de Aceró.
Tras muchas escaramuzas, hicieron claudicar a Atogmatoma, que fue hecho prisionero. Tuvo suerte de que posteriormente se le perdonara la vida gracias a las continuas súplicas que su hija le hacía a Tanausú, «el magnánimo», «el valiente». A los pocos días, el jefe de Tixarafe retornaba herido a su domicilio de Tinizara, cabizbajo y humillado por la derrota y por no haber podido vencer a su sobrino.
Este era el ambiente que se vivía en esos tiempos: las disputas por el agua de los barrancos y el acceso a las buenas tierras derivaban en constantes peleas.
Una pausa para el amor
Sin embargo, cuando sucedieron los hechos que a continuación les voy a relatar, la paz ya estaba concertada. Por fin se había establecido un orden. No todo eran rencillas entre los pueblos hermanos de este pequeño terruño awara, donde las tribus hacían esfuerzos por sobrevivir con los pocos medios que tenían a su alcance. También había lugar para episodios románticos y pasionales entre jóvenes deseosos de enamorarse y unirse para formar familia.
Acerina, la noble de Tazacoarte
Se cuenta que, en Adirane, vivía una joven llamada Acerina que procedía de familia noble, descendiente de los antiguos jefes del cantón. Hacía poco que se había trasladado a residir con sus padres a las playas donde el río de Tabureites desemboca en el mar, un lugar que ellos llamaban Tazacoarte. La familia se dedicaba al marisqueo, a la pesca, a curtir pieles y a recoger sal para conservar las carnes. Era morena, de larga cabellera negra, de hermosa y elegante figura, con grandes ojos azules. Muchos jóvenes de la isla se sentían enamorados de ella, todos la querían cortejar, pero Acerina ya había elegido al que iba a ser su compañero de vida: solo tenía pensamientos para el valiente pastor que residía en el interior de Benahoara. Ese no era otro que el afortunado Tanausú.
Mayantigo, «pedazo de cielo», y el desafío
Su medio primo Mayantigo, cuyo nombre significa «pedazo de cielo» por la esbeltez de su rostro atractivo y la piel bronceada, incluso mucho más que Tanausú, también la cortejaba. Al ver que ella lo rechazaba, volvió a incrementarse la rivalidad que ya existía entre ambos contendientes por las eternas disputas cantonales. Entonces, el apuesto Mayantigo lo retó a lucha, y nuevamente fue derrotado por Tanausú. Tras la pérdida del reto, su enemistad no hizo sino acrecentarse al ver que Acerina ya tenía decidida la elección.
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Así es como los dos amantes siguen unidos por el fuego y el viento, desafiando al tiempo y al destino.
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MANUEL F. HERNÁNDEZ MARTÍN — LEYENDAS DE LA PALMA · II
La emboscada en el bosque
Tanausú era el hijo del que fuera el gran mencey de Aceró y, por consiguiente, enfrentado desde siempre al cantón de Adirane. A pesar de la enemistad entre sus padres, Acerina y Tanausú se enamoraban y se veían a escondidas en el bosque. Un día, el padre de Acerina los descubrió y se enfureció. Tramando una emboscada con la ayuda de varios miembros de la familia, lo esperaron una mañana y consiguieron capturar al joven Tanausú, encerrándolo amarrado en una cueva del lugar. Ella, preocupada al ver que no acudía a la cita, sospechó de su padre y le preguntó si sabía dónde estaba, a lo que este le contestó que lo había matado y que debía casarse con Mayantigo, que era de su estirpe, puesto que así estaba decidido por las alianzas familiares.
El abismo del Benahauno
Acerina no le creyó y escapó de su casa. Buscó a Tanausú en el interior de Aceró, luego por toda la isla, sin que pudiera encontrarlo. Desesperada, subió a lo alto de la gran montaña Benahauno, el estratovolcán de Tabureites, y en un acto de locura se arrojó al abismo. El enorme volcán, al recibir el cuerpo de la joven, despertó de pronto, volviendo a rugir y, enfurecido, la convirtió en lava y su alma la transformó en un humo que subía irremediablemente por sus laderas.
El humo que sube por las laderas
Tanausú, que seguía aún vivo dentro de la cueva, sintió el dolor de su amada. Presagiando lo peor, poniendo gritos al cielo y aunando fuerzas, se zafó de sus ataduras y logró escapar. Corrió hacia la cima y vio el humo que salía del cráter. A través de él reconoció enseguida el alma de Acerina y la llamó con voz angustiada:
— ¿Acerina, amada mía, qué has hecho?
El humo se le acercó y lo envolvió completamente, atrayéndolo hacia el interior. Los dos amantes se fundieron en un eterno abrazo, en un solo ser, y ascendieron para formar parte de las estrellas del cielo.
Por qué brotan los tajinastes azules
Desde entonces, cada vez que el volcán entra en erupción, se dice que es el espíritu de Acerina que busca a su amado Tanausú. Y cuando el humo se eleva en el aire, más arriba de las cumbres de Aceró, se dice que es Tanausú que responde a su llamada. Así es como los dos amantes siguen unidos por el fuego y el viento, desafiando al tiempo y al destino, porque a las pasiones de los jóvenes enamorados no deben interponerse las decisiones paternas, ni mucho menos los designios de las leyes terrenales injustas por los pactos de familias.
Se cuenta que, en el lugar por donde Acerina se arrojó al interior, allí nacen unas flores lilas, las que todo el pueblo llama tajinastes azules; azules como el color de sus ojos. Cada año, antes del solsticio de verano, brotan altas y esbeltas, tan hermosas como el amor de aquellos jóvenes enamorados.
Foto: © Mauro Castro Photography. Desde la cumbre, paisaje de La Caldera de Taburiente, Parque Nacional de La Palma. Al fondo, el pico Bejenado (Benahauno) con un mar de nubes que cubre todo el interior y, en primer plano, los tajinastes azules.
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SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es escritor palmero. Firma en El Faro de La Palma la serie «Leyendas de La Palma», un recorrido por las historias antiguas de la isla awara —la Benahoara prehispánica— y por los nombres de sus cumbres, sus barrancos y su gente.



