LEYENDAS DE LA PALMA · I
El Roque Idafe y el Volcán
Un padre y un hijo benahoaritas suben desde la sequía de Ahenguareme hasta la Roca Sagrada de la Caldera para hacer la ofrenda ancestral cuando la tierra empieza a temblar bajo Cumbre Vieja.
POR MANUEL F. HERNÁNDEZ MARTÍN
Ya casi habían llegado, estaban solo a media legua de la Roca Sagrada. Echentire y su padre Azuquahe habían salido muy temprano antes del amanecer, aprovechando la luna grande, desde la lejana Ahenguareme (Fuencaliente), adentrándose barranco arriba por los difíciles y angostos pasos entre piedras y pequeñas cascadas de agua. «¡Cuán diferente era aquel lugar al suyo!», se maravillaba el joven en su interior al subir por el gran barranco de Tabureites.
Hacía más de quince lunas que no llovía en aquellas secas y arenosas tierras del cantón de Ahenguareme, el más pequeño y pobre de toda Benahoare. Pese a las peticiones y súplicas a Abora, el dios de los cielos, lo cierto era que los campos ya no producían pastos para sus ganados, ni siquiera les habían germinado las últimas semillas de cebada que les quedaban, las que habían plantado al llegar la estación de lluvias. La gran extensión del pinar se secaba por momentos.
Muchas familias marchaban desesperadas a otras partes de la isla, algunos niños morían de hambre y sed; los pocos vecinos que se quedaban pervivían de las rapiñas nocturnas a pesar de que esas escaramuzas estaban fuertemente castigadas por la ley del pacto común entre los pueblos de Benahoare. Pero no les quedaba otra opción, famélicos y desesperados suplicaban a sus parientes del cantón de Tigalate que, al menos, les dejaran pastar los rebaños dentro de los linderos de sus montes, sin obtener respuesta favorable porque la sequía era general para toda la isla.
Se acercaba la décima luna del ciclo solar y, para colmo, la tierra había comenzado a temblar días atrás, algo se presagiaba; sospechaban que pronto iba a volver a reventar un volcán. Les llegaron noticias de que una parte del Roque Niquiomo se había desmoronado a consecuencia de ello. Este Roque era un promontorio situado por el naciente, debajo de los grandes volcanes de Cumbre Vieja, venerado también por sus vecinos tigalateros, donde a sus pies existe una enorme cueva oscura y profunda.
Ante la alarmante situación, Azuquahe, el jefe de la tribu había tomado la decisión de volver a hacer la vieja ofrenda a la Roca Sagrada de Aceró, tal como lo hicieron sus antepasados en las situaciones críticas, como también lo había realizado él mismo con su difunto padre en cierta ocasión cuando aún era muy joven. Por eso quiso que su hijo le acompañara, tenía que enseñarle esa tradicional ofrenda.
Ya habían llegado al punto crucial donde se juntan las Dos Aguas más caudalosas que, desde los altos de Tabureites, discurren barranco abajo hacia el mar.
— ¡Qué bonito es todo esto, padre! ¿Cómo es posible que en esta parte de la isla abunde tanta agua y en cambio en la nuestra nos morimos de sed? —le preguntaba admirado y sorprendido el joven Echentire. Desconocía aquel lugar, nunca lo habían llevado allí.
Debían darse prisa, presagiaban un nuevo volcán y además, Haridian, su madre, esperaba el nacimiento de un bebé. Solo les faltaba seguir por el cauce de la derecha hasta llegar al otro río de aguas turbias y amarillas para trepar ligeramente hasta la base del Idafe, la Roca Sagrada.
Ya estaban muy cerca, debían de regresar lo más pronto posible a su campamento del sur, cuanto más porque Tanausú, su pariente lejano, les había advertido del peligro de un nuevo ataque por parte de su tío Atogmatoma, desde la zona alta del Time, pues llevaban ya varias lunas en discordias debido a los pastoreos furtivos que también se estaban produciendo por la falta de lluvias. Tanausú les había concedido unas pocas horas para que hicieran la ofrenda.
Así pues, Echentire se puso a los hombros el baifito que llevaban para el sacrificio y sin demora consiguieron llegar al sitio elegido desde tiempos remotos, al pie del Idafe. Junto al lecho del río amarillo encontraron la gran piedra que existía a modo de altar.
Azuquahe preguntó entonces a su hijo si había traído la piedra brillante que el pueblo de Ahenguareme siempre utilizó de amuleto, como signo de suerte y prosperidad. Era brillante de un color azul intenso, muy rara y dificilísima de encontrar, procedía de unas lavas de alguna erupción anterior, únicamente se podían hallar en su territorio volcánico. Esa era la mejor ofrenda que podían hacer.
—Aquí está padre —respondió Echentire entregándole el pequeño zurrón donde la portaba.
Cuando lo abrió, se da cuenta que su hijo la había perdido por el camino, creyendo que se le pudo caer por uno de los agujeros de su corroída alforja. Esto no gustó al padre, augurando un mal presentimiento; sin la ofrenda del amuleto la cosa no iba a salir bien. En su interior maldijo aquella fatalidad, pero tampoco quiso alarmar al muchacho. El joven, percatándose del pensamiento del padre, enseguida añadió:
—En su lugar podemos ofrecer este colgante que madre me ha encomendado traer para ofrecerlo también, esto tiene más valor que la piedra perdida. Sabes que procede de su linaje, siempre la lleva consigo y le ha dado suerte por muchos años a toda su familia. Así, Abora quedará satisfecho, padre. ¡Hagámoslo como ella quiere!
A regañadientes la aceptó Azuquahe. Todo estaba dispuesto, ya habían sacrificado el baifito y se disponían a hacer la tradicional oración que todos tenían aprendida en honor al Idafe, al espíritu que residía en la Roca Sagrada, la que siempre se mantuvo en pie desafiando a todos los desastres naturales. A continuación, el padre, con profunda veneración la pronunció:
— Yiguida y guan Idafe —
— Gue gueherte y guan tanoth.
CÁNTICO RITUAL AL ESPÍRITU DEL IDAFE
Por tres veces debían recitarla, casi cantando, entonándola con cadencia y cada vez con más fuerza para que fuera escuchada en lo alto. Tres veces la repitieron y tres veces debían ser oídas sus peticiones. De esta manera, tras lanzar los despojos del animal hacia la base de la gran Roca, depositaron el colgante del amuleto familiar en una gran concha marina que traían, sobre la misma piedra del altar que allí se tenía designado. Las vísceras servirían de comida a los cuervos que volaban en la cima, pero la prenda sería aceptada y recogida por el espíritu de la Peña.
Así se cumplió la ofrenda siguiendo el mismo rito ancestral que Azuquahe había aprendido de joven con su mismo padre. A su entender, todo resultó perfecto, nada debía fallar. Satisfechos de haberla realizado, comenzaron a bajar inmediatamente por el barranco para regresar a su pueblo. El camino era largo, tenían que darse prisa, no debía cogerles la noche en el trayecto.
Ahenguareme lo tenían a su alcance, estaban llegando cuando de nuevo la tierra comenzó a temblar, esta vez con más intensidad. A medida que se acercaban, se oían fuertes explosiones, el aire se volvía enrarecido, se respiraba la fetidez del azufre y el rugido de las entrañas de la tierra era cada vez peor. El mal presentimiento volvió a la mente de Azuquahe.
Por el camino se encontraron con algunos de sus paisanos que huían despavoridos cargando sus pertenencias. A toda prisa les contaban asustados lo que estaba sucediendo: había reventado un nuevo volcán, justo debajo del mismo pueblo, allí donde se cultivaba los granos en la época de lluvias. Los ríos de fuego ya llegaban a la costa, llevándose por delante las cabañas de la playa. La fuente milagrosa de aguas termales posiblemente ya estaría sepultada. Otra desdicha más para el sufrido cantón de Ahenguareme porque sus aguas curativas eran uno de los recursos que tenían por usarlas las gentes de otros pueblos, además de la cosecha de escamas blancas que sacaban del mar para salar los pescados y las carnes. Todo ello les permitían ciertos beneficios en el trueque con los productos que carecían.

—¡Qué había fallado en la ofrenda! —se preguntaban apenados.
Corriendo a su morada, Azuquahe encontró a su esposa, Haridian, en la cama con un bebé que dormía a su regazo, estando acompañada de una amiga que la había asistido todo el tiempo en que duró el parto. No lo pudo evitar, echó a llorar de culpa por no haberlo previsto. Con el caos y los nervios por lo que estaba sucediendo, a ella se le había adelantado el parto, ahora tocaba recoger todo de inmediato y salir cuanto antes del lugar. Al momento llegó también Echentire, que, arrodillándose ante ella, le dijo:
—He cumplido tu encargo, madre.
Haridian sonrió, y sacando de sus ropas la piedra brillante que debían haber llevado para el ofrecimiento al Idafe, se la entregó al esposo diciendo:
—No todo está perdido, esposo mío, he aquí el amuleto que cambié por mi collar para la ofrenda al Idafe. Esta piedra nos seguirá acompañando, y nos dará suerte y fortaleza en el futuro. De ninguna de las maneras podíamos quedarnos aquí sin protección. Así que esta tuya la guardé conmigo hasta tu regreso y disculpa a Echentire por haberlo involucrado en este plan.
De esta manera, Azuquahe consiguió calmarse, quien ya respiraba más tranquilo, rebosaba de satisfacción al ver la inteligencia con la que había obrado su hábil esposa.
Las crónicas cuentan que no habían acabado ese mismo ciclo lunar cuando comenzó a llover intensamente en toda Benahoare. El cielo estuvo largos días empapando y fertilizando las tierras hasta que el volcán consiguió apagarse. Corrieron barrancos, Abora les había bendecido. Esto sucedía a mitad de la décima luna del calendario astral, las cosechas serían buenas, tendrían pastos suficientes para los rebaños. En todos los pueblos de la isla reinaba la calma, la vida resurgía en el terruño ahwara.
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El Roque Idafe siempre se mantuvo en pie desde el principio de los tiempos, desafiando anteriores terremotos de otras erupciones volcánicas, y, si algún día eso sucediese, sería el fin del mundo.
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LA CREENCIA DE LOS BENAHOARITAS
Sin embargo, con el tiempo, la isla de Benahoare ha sido testigo de muchos volcanes posteriores, casi todos ellos malignos y destructivos, como el último, el Tajogaite, acaecido hace poco en la otra dorsal de Cumbre Vieja, poniendo en alerta a todos sus habitantes, y arrasando sus tierras de cultivo y sus casas. La ofrenda religiosa a la Roca Sagrada ha dejado de realizarse en los últimos siglos y la furia del Dios del Fuego lo viene advirtiendo. El espíritu de la montaña lo clama. ¿Será este su último aviso?
Para situar al lector: dónde está el Idafe y qué simbolizaba
El Roque Idafe se encuentra en el interior de La Caldera de Taburiente, próximo al lugar que llaman Dos Aguas, en la confluencia de los barrancos Rivanceras y Almendro Amargo.
En la creencia de los primitivos habitantes, acostumbrados a los movimientos sísmicos de la vulcanología insular, habían observado cómo se desmoronaban algunos roques y se producían desprendimientos en las montañas. Sin embargo, el Roque Idafe siempre se mantuvo en pie desde el principio de los tiempos, desafiando anteriores terremotos de otras erupciones volcánicas, y, si algún día eso sucediese, sería el fin del mundo. De esa manera simbolizaba para ellos como el Roque Sagrado y a sus pies depositaban ofrendas al espíritu que en él residía.
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es escritor palmero, autor de «Apuntes para la Historia del Montañismo en La Palma» (firmado con Aurelio Rodríguez Concepción) y «Entre viajes y perfumes». Estrena en El Faro de La Palma la serie «Leyendas de La Palma», un recorrido literario por el imaginario benahoarita de la Isla. Esta es la primera entrega.
Texto: Manuel F. Hernández Martín · Serie «Leyendas de La Palma», entrega I.



