OPINIÓN · ECONOMÍA
La paradoja de la gratuidad: el ascensor de La Luz
El profesor de Economía Iván Díaz defiende, desde la economía conductual, poner fin a la gratuidad total del ascensor de La Luz: una tasa simbólica —con bonificaciones para mayores y personas con movilidad reducida— para frenar el uso abusivo y cofinanciar su mantenimiento.
Resulta curioso cómo el tiempo reubica los debates políticos. El ascensor urbano de La Luz es hoy una infraestructura absolutamente imprescindible para la conectividad y la vida diaria del entorno alto de S/C de La Palma. Salvando un desnivel de 35 metros, se ha convertido en la arteria de movilidad de nuestros mayores y vecinos. Sin embargo, su camino no fue fácil. Es de memoria obligada recordar que el proyecto nació lastrado por los constantes impedimentos y la firme negativa de las filas del Partido Socialista quienes en su día cuestionaron su viabilidad con ferocidad y hoy, con cierta ironía política, lideran las quejas cuando el sistema sufre algún inevitable parón técnico.
Superadas las trabas ideológicas del pasado, la realidad actual nos enfrenta a un problema diferente, pero igual de urgente: el ascensor no puede seguir siendo gratis.
Desde la perspectiva de la economía conductual, la gratuidad total es un enemigo silencioso para la sostenibilidad de cualquier servicio público. Cuando un recurso cuesta exactamente cero euros, la mente humana activa un sesgo cognitivo que asume que su valor también es cero. Al eliminar el coste por uso, se rompe el freno psicológico del autocontrol, lo que desencadena lo que en teoría económica llamamos la «tragedia de los bienes comunes»: la gente abusa de lo gratis de forma irracional, multiplicando los trayectos innecesarios y sobrecargando una maquinaria que no está diseñada para el capricho, sino para la necesidad.
Este uso desmedido y cortoplacista acelera de forma dramática el desgaste de sus componentes electrónicos y mecánicos, derivando en las constantes averías críticas que todos conocemos. La economía conductual demuestra que introducir una tarifa simbólica cambia por completo la psicología del consumidor. Un pequeño pago —del que por supuesto se debería eximir o bonificar sustancialmente a los residentes de avanzada edad o con movilidad reducida mediante tarjetas ciudadanas— funciona como un empujón conductual. Este microcoste obliga al cerebro a calcular si el viaje es realmente prioritario, filtrando de golpe el uso abusivo.
Mantener la gratuidad, ya sea en espectáculos en el Teatro Circo Marte, como ocurrió recientemente en el concierto de Taburiente o el Festival de Magia de David de la Torre, donde se produjo el fenómeno de «butacas vacías en eventos con todo vendido», como con el ascensor de La Luz bajo el lema del «derecho social» es una trampa populista que condena la infraestructura al colapso perpetuo.
Establecer una tasa lógica —dirigida especialmente al flujo turístico que visita la capital— no busca recaudar con afán de lucro, sino cofinanciar su costoso mantenimiento técnico y disciplinar de manera inteligente nuestro comportamiento como usuarios.
Solo valoramos aquello que nos cuesta algo cuidar; si queremos garantizar que el ascensor siga subiendo y bajando mañana, debemos empezar por pagar el precio de su sostenibilidad hoy.
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Solo valoramos aquello que nos cuesta algo cuidar.
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IVÁN DÍAZ — PROFESOR DE ECONOMÍA
Iván Díaz
Profesor de Economía
SOBRE EL AUTOR
Iván Díaz es profesor de Economía. Colabora con El Faro de La Palma con artículos de opinión sobre educación financiera y economía cotidiana.
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