El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha redefinido el orden mundial en apenas doce meses. La Unión Europea cierra el año asumiendo su soledad estratégica frente a un Washington proteccionista que ha sustituido las alianzas históricas por la «ley del negocio».
DIRECTOR. EL FARO DE LA PALMA, 31 de diciembre de 2025.
Washington / Bruselas. — Si hubiera que elegir una sola imagen para resumir el año 2025, sería la del retorno de Donald Trump al Despacho Oval. Pero más allá de la foto, lo que deja este año es la confirmación de un cambio de era: el fin definitivo del atlantismo tal y como lo conocíamos desde la Segunda Guerra Mundial.
El 2025 pasará a la historia como el año en que Europa despertó de su letargo geopolítico a base de sacudidas. La administración Trump 2.0 no ha necesitado tiempos de cortesía; su agenda de «America First» (América Primero) se ha aplicado con una intensidad quirúrgica que ha descolocado a las cancillerías del Viejo Continente, dejando a la Unión Europea ante el espejo de sus propias debilidades.
La guerra comercial: el primer aviso
El impacto más inmediato y doloroso ha sido el económico. Lejos de las amenazas retóricas de su primer mandato, Trump ha ejecutado en 2025 una política arancelaria agresiva bajo la premisa de proteger la industria nacional estadounidense.
Para Europa, y para España en particular, el golpe ha sido directo. Sectores clave como la automoción alemana, el vino francés o el sector agroalimentario español han visto cómo el mercado estadounidense se volvía hostil. Bruselas ha intentado negociar en bloque, pero la estrategia de Washington ha sido clara: dividir y vencer, buscando acuerdos bilaterales que debilitan la posición común de los 27. La economía europea cierra el año con la incertidumbre de si esta guerra comercial es coyuntural o el nuevo estándar de las relaciones transatlánticas.
La OTAN y el coste de la seguridad
Si en la economía el clima es de tensión, en defensa es de alarma. Durante este 2025, la retórica de Trump sobre la OTAN ha pasado de la crítica al ultimátum. La exigencia de que los socios europeos eleven su gasto en defensa muy por encima del 2% ha dejado de ser una sugerencia para convertirse en condición sine qua non para mantener el paraguas de seguridad estadounidense.
Esto ha obligado a la UE a acelerar, de forma improvisada y costosa, su propia «autonomía estratégica». Europa ha comprendido este año, quizás tarde, que su seguridad ya no puede depender del humor del inquilino de la Casa Blanca.
El desprecio a la diplomacia multilateral
El daño más profundo, sin embargo, es el institucional. El gobierno de Trump ha desmantelado en meses gran parte de la arquitectura diplomática que sostenía las relaciones Occidentales. Desde la retirada de foros climáticos hasta el desinterés por las cumbres conjuntas con la UE, el mensaje de Washington ha sido constante: los organismos multilaterales son un estorbo; solo importan los tratos directos entre líderes fuertes.
Este vacío de poder ha envalentonado a otros actores globales y ha dejado a la diplomacia europea, basada en el diálogo y las normas, hablando un idioma que en Washington ya nadie quiere escuchar.
2026: Un futuro incierto
Cerramos el 2025 con una certeza amarga: Europa está más sola que nunca. La llegada de Trump no ha sido solo un cambio de gobierno, sino un cambio de paradigma que obliga a la Unión Europea a madurar a marchas forzadas. El daño a las relaciones internacionales es tangible, y la fractura occidental es la grieta por la que se cuela la inestabilidad que veremos en el próximo análisis sobre los conflictos globales.
El ‘Trump Shock’ ha sido la noticia del año, no por lo que ha construido, sino por lo que ha empezado a demoler.



