Empieza mayo y La Palma se prepara. En cada barrio se va a vestir una cruz —flores, telas, cintas, fotografías— y a su alrededor se va a juntar la gente como se juntaba hace cincuenta años, hace cien. Va a haber comida, conversación, niños corriendo, mayores acordándose de los que ya no están. Y va a haber voladores. Muchos voladores.
Las Cruces son una de las fiestas más nuestras, una de las que mejor explican qué somos: barrios pequeños que cada año se reencuentran sin ponerse de acuerdo, simplemente porque toca. Las hay en El Pilar, en Las Nieves, en Jedey, en Las Manchas, en Tijarafe, en Garafía, en Mazo, en Santa Cruz, en Tazacorte, en Los Llanos, en Breña Alta y en Breña Baja. En todos los rincones de la isla. Y todas, sin excepción, tienen pólvora.
Hay quien lleva esperando estos días desde el verano pasado. Hay personas que van de cruz en cruz porque cada barrio tiene la suya y todas merecen una visita. Hay vecinos que aportan dinero a la comisión para que los voladores este año sean más, o más sonoros, porque los voladores son lo que avisan al pueblo entero de que la fiesta empieza. Eso forma parte de la identidad palmera y nadie debería discutirlo.
Lo que pasa dentro de muchas casas mientras tronan los voladores
Pero también es verdad —y cada vez se dice más en voz alta— que mientras la calle se alegra, dentro de las casas hay quienes lo pasan mal. En los últimos días, varios lectores han llamado al Faro para contarlo. Una vecina explicaba que su perra, una mestiza pequeña, se mete debajo de la cama al primer estallido y no sale en horas, ni para comer ni para beber, temblando de la cabeza a la cola. Otra contaba que su gato desapareció una noche de Cruces hace dos años y volvió a los tres días, flaco y con una pata herida. Un señor relataba que su yegua, en la cuadra, se hizo un corte intentando saltar la verja al primer trueno seco.
Incluso en una misma casa puede pasar algo curioso, y quien firma estas líneas sabe que es así: dos perros, uno indiferente al estruendo —duerme tranquilo mientras tronan los voladores— y el otro temblando como una hoja, pegado a las piernas, sin entender qué pasa. No hay manera de explicárselo. Para él suena a peligro, a algo enorme que cae del cielo. Y eso, pasada la noche, no se pasa fácil: los animales que han sufrido un episodio así lo recuerdan, y la siguiente vez se ponen peor.
Los animales no entienden de calendarios ni de tradiciones. Para un perro, un volador es un trueno enorme y desconocido.
Los veterinarios lo confirman desde hace años. La taquicardia se dispara, el cortisol se va al cielo, hay vómitos, hay diarreas, hay escapadas. Cada año, justo después de las fiestas patronales y de las Cruces, las redes sociales de la isla se llenan de carteles con perros perdidos. Cada año.
Una conciencia que va creciendo, sin enfrentar a nadie
Lo nuevo es que esto cada vez se nombra más. Hace veinte años nadie se atrevía a decirlo, porque señalar los voladores era casi señalar la fiesta. Hoy es distinto. Asociaciones de protección animal de la isla lo plantean abiertamente, ayuntamientos en otros puntos de Canarias avisan con antelación de los horarios pirotécnicos para que la gente prepare a sus animales, y en algún municipio peninsular ya se han probado pirotecnias silenciosas —fuegos visuales sin estruendo— con buena acogida.
No se trata de prohibir las Cruces. No se trata de quitarle a un palmero su volador. Se trata de algo más sencillo: reconocer que en este asunto convive lo legítimo con lo legítimo. Quien quiere su tradición, y quien sufre por su animal. Y que entre los dos hay margen.
Qué se puede hacer estos días en casa
Hay cosas sencillas que recomiendan los profesionales y que muchas familias palmeras ya practican: tener al animal en una habitación interior, con la persiana bajada, una luz tenue y, si es posible, una manta familiar; poner música o televisión a volumen bajo para tapar parcialmente los estallidos; no obligarlo a «enfrentarse» al ruido y dejarlo esconderse si quiere; no salir a pasear en horarios de voladores; y si el caso es muy grave, hablar con el veterinario sobre opciones de calmantes o feromonas para esos días concretos. Avisar con antelación a los vecinos si uno va a echar voladores en su parcela también es un gesto que cuesta poco y que se agradece más de lo que parece.
Y conversemos
El Faro abre este tema porque varios lectores lo han pedido y porque en la isla hay una conversación pendiente. Las Cruces seguirán, las patronales seguirán, la Bajada seguirá. Y los animales seguirán siendo parte de las casas palmeras. La pregunta no es si queremos una cosa o la otra. La pregunta es cómo, sin perder la fiesta, podemos cuidar a quien la sufre sin culpa.
Si en su casa esto se vive así, escríbanos. Si tiene un consejo que le funcione, escríbanos. Si es de los que cada año compra los voladores y le interesa esta otra mirada, también. El Faro es de todos.



