El Gobierno de Canarias organiza un foro donde cuatro menores palmeros afectados por la erupción han compartido su experiencia junto a refugiados de guerra y migrantes. «Solo recuerdo el miedo», confesó una de las niñas ucranianas.
REDACCIÓN. EL FARO DE LA PALMA, 22 de noviembre de 2025.
TENERIFE. A veces, las lecciones de vida más duras las imparten los más pequeños. Con motivo del Día Mundial de la Infancia, el Gobierno de Canarias ha convertido el Museo de la Ciencia y el Cosmos en un altavoz para quienes han tenido que madurar a la fuerza. Bajo el lema «Escuchar su visión del mundo es el primer paso para cambiarlo», el foro ha reunido realidades que, aunque distantes geográficamente, comparten la cicatriz del desarraigo: la erupción del Tajogaite en La Palma y la guerra en Ucrania.
El evento ha contado con la participación de cuatro niños y niñas palmeros afectados directamente por el volcán, cuyas vidas cambiaron para siempre en 2021. Sus testimonios se entrelazaron con los de una menor migrante no acompañada y dos hermanos ucranianos refugiados en Fuerteventura.
«Sueño con ello»: El terror de la guerra Uno de los momentos más sobrecogedores lo protagonizó Cristina, una de las niñas ucranianas, cuyo relato heló la sala: «Yo en mi casa tenía un sótano donde guardábamos comida, no estaba preparado para la guerra. Mi vecina nos ofreció ir al suyo, pero no cabían mis abuelos. Me despedí de ellos como si fuera la última vez… solo recuerdo el miedo y la desesperación. Sueño con ello».
Resiliencia frente a la adversidad El foro, coordinado por el técnico Calixto Herrera, sirvió para abordar no solo el trauma, sino la salud mental y la capacidad de superación. La consejera de Bienestar Social, Candelaria Delgado, destacó la lección de coraje que estos menores ofrecen a la sociedad adulta: «Hemos comprobado lo importante que es la empatía para afrontar un proyecto de vida cuando todo se rompe».
Por su parte, la directora general de Protección a la Infancia, Sandra Rodríguez, subrayó que escuchar estas voces es «crucial» para diseñar políticas de protección que no sean teóricas, sino que respondan a la «realidad y cotidianidad» de unos niños que han visto lo peor de la naturaleza y del ser humano, pero que siguen mirando al futuro.



