OPINIÓN · MEMORIA PALMERA
Donde el viento molía la memoria: el molino de El Granel
En La Palma, el viento no solo movió las nubes: también molió el hambre y la esperanza. Manuel Marcos Pérez Hernández recorre la historia de los molinos palmeros y la genialidad del inventor Isidoro Ortega.
En La Palma, el viento no solo ha movido las nubes ni peinado los pinares. También ha molido el hambre, la esperanza y la resistencia silenciosa de generaciones enteras. Hubo un tiempo en el que el rumor de las aspas y el roce áspero de la piedra contra el grano formaban parte del paisaje sonoro de la isla, especialmente en el norte abrupto y disperso, donde cada caserío parecía aferrarse a la montaña.
La historia de los molinos palmeros es, en realidad, la historia de un pueblo acostumbrado a vencer dificultades con el ingenio. La orografía de la isla obligó desde muy temprano a crear soluciones domésticas para algo tan esencial como obtener la harina o el gofio. Antes de que los grandes molinos dominaran las lomas, fueron las manos las que hicieron girar las piedras basálticas. Aquellas muelas oscuras, porosas y pesadas no solo trituraban cereal: trituraban también el cansancio de mujeres y hombres que repetían el movimiento durante horas interminables. Quizá por eso nacieron canciones exclusivas para acompañar la molienda, coplas humildes que convertían el esfuerzo en ritmo y el trabajo en compañía.
Más tarde llegaron los molinos de torre, hijos del viento y de una modernidad todavía rudimentaria. Desde el siglo XVII comenzaron a aparecer en La Palma como símbolos discretos de progreso. Sin embargo, durante siglos apenas cambiaron. Permanecieron inmóviles en su propia tradición, como si la isla hubiese aceptado que aquella tecnología había alcanzado ya su límite. Pero entonces apareció Isidoro Ortega Sánchez.
Hay personajes que pertenecen más a la leyenda que a los archivos, y Ortega parece uno de ellos. Artesano, observador y visionario, transformó la vieja arquitectura molinera en el último tercio del siglo XIX, dotándola de una energía nueva. Sus molinos no eran simples máquinas: eran declaraciones de creatividad en medio de un territorio aislado. En Puntallana, donde se estableció en 1892, desarrolló una etapa de experimentación extraordinaria. Construyó molinos hidráulicos, reinventó sistemas de molienda y levantó estructuras eólicas que rompían con el modelo tradicional.
«
El viento tenía oficio: cada aspa parecía escribir, sobre el cielo de Puntallana, una página de la memoria palmera
»
MANUEL MARCOS PÉREZ HERNÁNDEZ
Especialmente evocador resulta el molino de El Granel. Aquel edificio erguido sobre una casa molinar con apariencia de vivienda poseía veintiséis aspas de madera y enormes veletas capaces de dialogar con los alisios. Más que una construcción industrial, parecía una criatura nacida del paisaje, un artefacto entre lo práctico y lo poético. No extraña que la viajera inglesa Olivia Stone quedara fascinada por los molinos de Puntallana y sus curiosas veletas: un gallo sobre un barco, un pez desafiando el cielo. Aquellos símbolos hablaban de mar y tierra, de viento y subsistencia, de una isla acostumbrada a mirar simultáneamente al océano y hacia las cumbres.
Hoy, cuando el progreso suele medirse en velocidad y pantallas, los molinos de La Palma nos recuerdan otra forma de inteligencia: la que nace de observar la naturaleza y convivir con ella. Eran máquinas lentas, sí, pero profundamente humanas. Dependían del viento, del agua y del esfuerzo compartido; no producían ruido de fábricas, sino sonidos integrados en el paisaje.
Quizá por eso, contemplar la vieja fotografía coloreada del molino de El Granel produce una emoción difícil de explicar. No vemos únicamente una construcción de 1895. Vemos una época en la que el viento tenía oficio y en la que cada aspa parecía escribir, sobre el cielo de Puntallana, una página de la memoria palmera.
Y junto al rumor de aquellas aspas también sobrevivía otro patrimonio invisible: la voz popular. Mientras las piedras molían el trigo y el millo, hombres y mujeres acompañaban el esfuerzo con coplas antiguas que ayudaban a sobrellevar la dureza de la faena. El gran etnógrafo e investigador palmero don José Pérez Vidal dedicó buena parte de su vida a rescatar ese mundo oral que se extinguía lentamente con el silencio de los molinos. Gracias a su labor sabemos que la molienda no solo alimentó cuerpos, sino también la memoria sentimental de la isla.
Mientras la piedra suspira
y el viento canta en la altura
se vuelve harina la espiga
para aliviar la amargura
Fondos bibliográficos
- El Sistema Ortega: El molino de viento de la isla de La Palma, de Manuel Poggio Capote y Antonio Lorenzo Tena.
Fotografía
- El molino de El Granel. Rodrigo de la Puerta y Vila, 1895. Restaurada y coloreada por Abraham Tomás Díaz Abreu.
SOBRE EL AUTOR
Manuel Marcos Pérez Hernández es colaborador de El Faro de La Palma, donde firma artículos de opinión dedicados a la historia, la memoria y el patrimonio de la isla.



