El Entierro de la Sardina de San Andrés y Sauces no es solo el fin del Carnaval, es un triunfo de la colectividad. En esta tribuna de opinión, Manuel Marcos Pérez Hernández analiza la fuerza de una tradición que este año ha regresado a sus orígenes, destacando el papel de la juventud y ese balanceo hipnótico que define la identidad de un pueblo que se niega a dejar morir su baile más emblemático.
Hay lutos que, lejos de invitar al silencio, estallan en una catarsis de ritmo y color. Lo vivido en San Andrés y Sauces el sábado pasado, no es solo una despedida del Carnaval; es la confirmación de por qué este Entierro de la Sardina saucero ha conquistado, por derecho propio, el título de Fiesta de Interés Turístico de Canarias.
Este año la protagonista no era una figura cualquiera. La Sardina, vestida de viuda, con sus labios carmín desafiantes, marcó una noche donde el negro fue el color de la alegría; una vuelta a los orígenes que resultó exitosa. La marea humana que desbordó las calles y plazas no sólo acompañaba un símbolo; se fundía con él en este baile peculiar y único que ejecutan sus cargadores, un balanceo hipnótico que obliga a cada asistente a despegar los pies del suelo al son de la charanga. Se le puede imaginar como un barco en alta mar salteando las olas, saliendo de Puerto Espíndola.

En medio de esta marea de viudas, la creatividad saucera volvió a brillar. Un grupo de jóvenes decidió rescatar la estética de las “viudas tapadas” envolviéndose en un velo de misterio que recordaba las antiguas cobijadas de Vejer o las tapadas de Los Llanos de Aridane, lógicamente sin el atuendo tradicional que las caracterizaba. Aunque fue una propuesta de disfraz para esta edición, su presencia añadió una capa de intriga visual que maridaba a la perfección con el anonimato y la libertad que siempre ha defendido el espíritu del carnaval. Verlas caminar entre la multitud, ocultas tras el tul negro pero vibrando con la música, fue un recordatorio de que la juventud sabe leer la tradición y darle su propio giro estético.
Pero el verdadero clímax llegó con el fuego. La quema de la sardina de San Andrés y Sauces no es un final triste; es un espectáculo de luz que compite con las estrellas. Cuando las llamas comenzaron a consumir el diseño de este año – fabricado con las manos artesanas de Carmen Luisa Martín Ortega – el cielo se fragmentó en mil colores salidos del espectáculo pirotécnico. Es ese contraste – el calor de la hoguera, el estruendo de los fuegos y el luto festivo de miles de personas – lo que define una de las identidades de este pueblo. Se quema la sardina, sí, pero lo que queda flotando en el aire, es el orgullo de una fiesta que es, ante todo, un triunfo de la colectividad.



