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El esplendor del antiguo Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma (I): una fiesta de fe, teatro y poder ciudadano

by José Guillermo Rodríguez Escudero
mayo 16, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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OPINIÓN · ANTIGUO CORPUS CHRISTI · I

El esplendor del antiguo Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma: una celebración que unió fe, arte y tradición

Primera entrega. Una crónica histórica de José Guillermo Rodríguez Escudero sobre la festividad que durante siglos marcó la vida espiritual y festiva de la capital palmera.

El Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma no fue solo una celebración religiosa: durante siglos se convirtió en el gran acontecimiento espiritual, cultural y social de la ciudad. Sus orígenes se remontan prácticamente a los primeros años posteriores a la Conquista de la Isla, en 1493, cuando los nuevos pobladores comenzaron a rendir culto al Santísimo Sacramento en la entonces naciente Villa del Apurón. Los testimonios más antiguos de esta devoción permanecen hoy custodiados en el archivo parroquial de El Salvador, donde los primeros Libros de Mandatos y de la Hermandad del Santísimo revelan la profunda importancia que esta festividad adquirió desde muy temprano.

La solemnidad del Corpus Christi había sido instituida por el papa Urbano IV en 1264 con el propósito de «adorar, venerar, glorificar, amar y abrazar» el Sacramento. En La Palma, aquella celebración tomó rápidamente un carácter extraordinario, mezclando liturgia, arte, música, teatro y fervor popular.

Corpus Christi de 1899. Fotografía de Miguel Brito.

Uno de los documentos más reveladores aparece en los Mandatos del obispo Diego de Dehesa y Tello, fechados el 19 de agosto de 1558. En ellos se ordenaba levantar un teatro a las puertas de la iglesia para colocar el Santísimo Sacramento «con toda la decencia y ornato posible», mientras clérigos y religiosos ocupaban las gradas y, ante ellos, se desarrollaban representaciones, danzas y regocijos populares. El historiador palmero Alberto-José Fernández García considera este texto como la referencia documental más antigua al teatro en La Palma, afirmando incluso que fue precisamente la festividad del Corpus Christi la que dio origen a las representaciones teatrales en la isla.

Sin embargo, aquellas manifestaciones festivas pronto comenzaron a ser vigiladas por las autoridades eclesiásticas. En 1574, el arcediano Juan Salvago ordenó que las comedias y danzas fueran examinadas previamente por el vicario para evitar contenidos «deshonestos». La censura se endureció aún más en 1584 con el obispo Fernando de Rueda, quien exigió revisar no solo las obras principales, sino también entremeses y escenas menores, acompañado incluso de un teólogo si fuera necesario.

Procesiones solemnes, fastuosidad y el protagonismo de la Hermandad del Santísimo

A finales del siglo XVI, el obispo Fernando Suárez de Figueroa prohibió las representaciones dentro de las iglesias de toda la isla, imponiendo multas de veinte ducados a quienes incumplieran la norma. Más tarde, su sucesor, Francisco Martínez Ceniceros, mantuvo la prohibición en el interior de los templos, aunque permitió que las representaciones continuaran en atrios y plazas, siempre supervisadas por la autoridad religiosa y orientadas «al buen ejemplo y costumbre de los fieles».

Fue precisamente Martínez Ceniceros quien dejó regulada con detalle la celebración del Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma. Consideraba esta procesión la más solemne de todas las dedicadas al Santísimo Sacramento y ordenó que la iglesia se adornara con la mayor magnificencia posible. Los gastos debían ser sufragados por la fábrica parroquial si el Cabildo de la ciudad no los asumía.

Procesión del Corpus por la Calle Real. Fotografía antigua.

La Hermandad y Esclavitud del Santísimo desempeñó entonces un papel esencial. Existente desde los primeros tiempos de la colonización, aunque sin aprobación oficial hasta 1632, esta cofradía se encargaba de aportar sedas, brocados, tafetanes y numerosos ornamentos destinados a engrandecer la festividad. Además, organizaba con enorme fervor las celebraciones del Corpus y su Octava, contribuyendo decisivamente al esplendor de los cultos.

La documentación antigua conserva también historias curiosas y entrañables. El zapatero y sargento de milicias Juan González de Acuña donó a la Hermandad una campanilla de plata para acompañar siempre las procesiones del Santísimo, dejando expresamente prohibido que pudiera emplearse para cualquier otro uso. Por su parte, Simón Florencio Rodríguez Montero, beneficiado de El Salvador y comisario de la Inquisición, vendió valiosas joyas heredadas de su madre para adquirir damascos carmesíes destinados a embellecer el coro y los altares durante la celebración del Corpus. Entre aquellas alhajas destacaban nada menos que 488 esmeraldas.

Comitiva de la procesión del Corpus Christi.

El Corpus palmero: teatro y devoción de una ciudad

Hasta finales del siglo XVIII, los Gigantes y Cabezudos o «Mascarones» —como los llamamos en La Palma—, abrían cada año las procesiones solemnes, simbolizando que todo lo creado —grande o pequeño— estaba sometido a Dios, o incluso representando a los demonios huyendo ante su presencia. Estos personajes, junto a figuras como los diabletes, la tarasca o la bicha, encabezaban estos multitudinarios desfiles religiosos aportando un carácter festivo y popular.

En La Palma existen registros de estos gigantes desde la primera mitad del siglo XVII, así como en 1745 y 1774. También se documentan otros personajes diabólicos que llevaban vejigas y cencerros en su vestimenta. Las celebraciones del Corpus eran financiadas por el Cabildo, que incluso ordenó fabricar nuevos gigantes debido al deterioro de los anteriores.

Aunque Carlos III prohibió en 1780 estas danzas en actos religiosos como parte de las reformas ilustradas, en nuestra isla la tradición no desapareció por completo. El pueblo encontró la forma de mantener vivos a los gigantes y cabezudos trasladándolos a otras festividades del calendario popular, como la Bajada de la Virgen de las Nieves.

Procesión del Corpus por la Avenida.

La procesión de Corpus Christi seguía un orden minuciosamente establecido. Abrían el desfile los pendones de los distintos gremios y oficios de la ciudad, seguidos por algunos tronos de santos y las cruces procesionales de conventos e iglesias. Cerraba esta parte la cruz de El Salvador, custodiada por un subdiácono.

El Santísimo avanzaba bajo unas magníficas andas llevadas por cuatro clérigos. Estas fueron encargadas por el obispo al Maestre de Campo Francisco Díaz Pimienta, destacado militar palmero que había participado en la Batalla de Lepanto. La obra costó 11.825 reales y estaba realizada en madera ligera, con pilares dorados y cubierta superior de tela de oro. Para los descansos de la procesión se mandaron confeccionar además cojines de raso y horquillas especiales.

Procesión del antiguo Corpus de la ciudad.

La ciudad entera se transformaba para la ocasión. En la plaza principal se levantaba un gran escenario destinado a los autos sacramentales, decorado con flores, candelabros de plata y multitud de velas encendidas. A ambos lados se situaban tribunas para autoridades civiles y religiosas, cuidadosamente igualadas en altura y ornamentación para preservar el respeto debido al Santísimo Sacramento.

Las celebraciones no estaban exentas de imprevistos. El Libro de los Acaecimientos de la parroquia recoge cómo el 6 de junio de 1776, mientras la procesión recorría las calles, comenzó a llover de forma repentina y fue necesario resguardar apresuradamente el Santísimo bajo palio y refugiar las imágenes de los santos en los soportales del Cabildo, actual Ayuntamiento. Tras las representaciones y ceremonias, la Sagrada Forma permanecía expuesta durante todo el día para la adoración de los fieles. Ya por la tarde se realizaba una nueva procesión en el interior del templo, repitiéndose estos cultos durante toda la Octava.

«

Constituyó una auténtica expresión colectiva de fe, arte y poder ciudadano, capaz de reunir en torno al Santísimo a clérigos, autoridades, artesanos, militares y pueblo llano.

»

JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO

Así, el antiguo Corpus Christi de Santa Cruz de La Palma fue mucho más que una festividad religiosa. Constituyó una auténtica expresión colectiva de fe, arte y poder ciudadano, capaz de reunir en torno al Santísimo a clérigos, autoridades, artesanos, militares y pueblo llano, convirtiéndose durante siglos en una de las tradiciones más fastuosas y emblemáticas de la historia palmera.

Custodia de El Salvador en plena procesión por la Calle Real.

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de Santa Cruz de La Palma. Esta es la primera entrega de una serie de tres dedicada al Corpus Christi palmero.

Tags: Corpus ChristiEl SalvadorhistoriaIglesia de El SalvadorJosé Guillermo Rodríguez EscuderoPatrimoniosanta cruz de la palma
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