Por Manuel Marcos Pérez Hernández
A menudo al mirar a la costa y medianías de San Andrés y Sauces, la vista se pierde en el verdor de sus cultivos. Históricamente el municipio ha crecido al amparo de la abundancia de las aguas de Marcos y Cordero, que desde principios del siglo XVI permitieron el florecimiento de la caña de azúcar y la vid. Con una tierra tan generosa, el pueblo centró sus esfuerzos en la agricultura, dejando que el sector pesquero ocupara un plano secundario. Sin embargo, si escuchamos con atención el sonido del Atlántico en Puerto Espíndola, descubrimos que la relación de esta tierra con el mar es mucho más antigua y profunda de la que dictan los libros de economía.
Nuestra historia marinera no comenzó con grandes muelles, sino con la observación minuciosa de los antiguos pobladores. Los estudios arqueológicos en la Cueva del Tendal —uno de los yacimientos más relevantes de Canarias— confirman que desde la segunda mitad del primer milenio a.C., los auaritas de Adeyahamen obtenían gran parte de su sustento del mar que bañaba el callao del barranco de San Juan.
Más que pescadores de altura, eran maestros del litoral. El marisqueo fue, en aquel entonces, incluso más vital que la pesca debido a la riqueza de especies fáciles de obtener en la orilla. Lapas, burgados y mejillones formaban parte de la dieta cotidiana de quienes habitaron el Tendal.
Esta conexión con los antiguos pobladores no es solo arqueológica, sino profundamente antropológica. En 1849, el naturalista y etnógrafo Sabino Berthelot se convenció de la pervivencia racial de los antiguos canarios, sosteniendo que el espíritu de los auaritas no se desvaneció con la conquista, sino que se fundió en el carácter de sus descendientes.
Para Berthelot, la idiosincrasia de nuestra gente es un eco directo de ese origen: afable y obsequioso pero también humilde y astuto, y en ocasiones atrevido hasta la temeridad. Según el autor, virtudes como la más franca hospitalidad, la veneración hacia la vejez, el respeto filial y el amor a sus semejantes son las “virtudes hereditarias que los guanches han legado a sus nietos”.
Luces en la noche y el refugio de las cuevas
Tras la conquista, mientras el azúcar y el vino marcaban la riqueza local, la pesca sobrevivía con humildad. El cronista portugués Gaspar Frutuoso, a finales del siglo XVI, dejó constancia de esta lucha diaria con una descripción de nuestra costa:
<<Delante de este puerto por la orilla del mar todo son rocas y peñas en que escasamente se puede pescar con caña y con trabajo coger cangrejos por la noche con hachones de tea>>.
Esta estampa de hombres desafiando la oscuridad entre las peñas, iluminados por el fuego de la tea, define el sacrificio de estos marineros que encontraban refugio donde podían. Ejemplo de ello fue la antigua cueva de Espíndola donde los pescadores varaban sus barquillos hasta que el devastador invierno de 1864 provocó su desplome parcial; obligando a las autoridades de Marina a prohibir su uso hasta que se llevase a cabo el arreglo para lo que fue necesario retirar los barcos.
El camino de la Calzada: El puente de las mujeres
Quizás el capítulo más vibrante de esta crónica es el que protagonizaron las familias del mar. Mientras los hombres faenaban, las mujeres asumían la crucial tarea de comercialización y el sustento familiar. Con las cestas cargadas con las capturas de sus maridos sobre la cabeza, emprendían un duro ascenso por la Calzada hacia Los Sauces.
No era solo un trayecto físico, sino un intercambio vital de dos mundos. En las puertas de las casas, el pescado fresco se trocaba por “productos de la tierra”: papas, boniatos y otros cultivos. Este trueque directo permitía equilibrar la dieta del municipio en un tiempo en que las capturas apenas cubrían la demanda.
A lo largo del siglo XX, la fisonomía de la costa fue cambiando. No hay que olvidar que Puerto Espíndola fue, hasta bien entrado la década de los cuarenta, el pulmón comercial del municipio; el punto estratégico de entrada y salida hasta que la carretera fue una realidad.
Hoy el puerto ha transformado su fisonomía, acogiendo mayoritariamente embarcaciones de recreo y pesca deportiva, mientras que la figura del pescador profesional se ha convertido en una herencia que solo un último exponente mantiene viva. La pesca en San Andrés y Sauces no debe leerse como un relato de escasez, sino de perseverancia. Desde los auaritas del Tendal hasta las mujeres que subían por la Calzada, el mar ha sido un recurso que ha acompañado nuestra riqueza agrícola.
Fondo bibliográfico:
- San Andrés y Sauces…una mirada a su pasado. José Antonio Batista. Néstor Hernández.
- Etnografía y Anales de la conquista de las Islas Canarias. Sabino Berthelot.
- Arqueología, Identidad y Patrimonio. Juan Francisco Navarro.
- Periódico El Time, 18 de diciembre de 1864.
- Fotografía de los pescadores varando en la Cueva de Espíndola. 1950. Archivo Eulogio Hernández y Fernando Fernández.



