Por: Manuel Marcos Pérez Hernández
La historia de nuestros pueblos no solo se escribe con grandes batallas o hitos políticos; se construye, sobre todo, mediante la voluntad y el “fervor” de quienes nos precedieron. Al indagar en los protocolos de la parroquia de San Andrés —específicamente en el libro de memorias, capellanías y dotaciones (1750-1860)— emerge un testimonio excepcional fechado en 1681: el documento fundacional de la procesión de Jesús Nazareno.
El origen de una hermandad
El manuscrito nos traslada al 21 de noviembre de aquel año. Ante el visitador general, licenciado don Juan Pinto de Guisla, comparecieron el Alcalde Pascual Rs, el capitán Miguel de Abreu y un grupo de vecinos movidos por una determinación colectiva: servir, bajo la forma de hermandad, a la:
“Ymagen de Jesús Nazareno que nuevamente se ha hecho y está colocada en dicha parroquia de San Andrés”.
En este contexto, la figura de Miguel de Abreu destaca por un compromiso que trascendió lo espiritual para abrazar lo material. En su escritura de dotación, Abreu no solo asumió los costes de la “Santa Ymagen y otras ynssiniaz necesarias para dicha procesión”, sino que destinó 1.100 reales de principal sobre unas tierras en Barlovento. Su objetivo era ambicioso y claro: asegurar que la procesión se celebrase perpetuamente cada Miércoles Santo por la tarde.
La búsqueda de la excelencia
Este mecenazgo buscaba algo más que el culto local; aspiraba a la excelencia. Abreu se obligaba asimismo a igualar el esplendor de las procesiones de “la ciudad de esta isla”, encargando vestiduras e insignias que acompañarán al Nazareno junto a las imágenes de San Juan y La Dolorosa, emulando la tradición que se consolidaba en Santa Cruz de La Palma desde 1667.
Un encuentro con la historia
Hoy, la procesión sigue recorriendo las calles de la Villa de San Andrés, manteniendo viva la esencia de aquel mandato del siglo XVII. El Nazareno inicia el camino en solitario hasta alcanzar la emblemática casa “Buenamuerte”. Es allí donde se produce el Encuentro con San Juan y la Dolorosa que descienden por la calle de La Iglesia.
En este instante, el tiempo parece detenerse. El recogimiento se apodera del entorno y el silencio de las calles y las palmeras solo se ve interrumpido por el eco de un motete. Es el diálogo entre la historia y la fe.



