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El Señor del Perdón: Belleza, Fe y Memoria en la Parroquia de El Salvador

by José Guillermo Rodríguez Escudero
marzo 27, 2026
in Cultura, Municipios
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El Señor del Perdón: Belleza, Fe y Memoria en la Parroquia de El Salvador
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Un análisis del investigador José Guillermo Rodríguez Escudero sobre una de las cumbres del Neoclasicismo en Canarias y su relevancia en la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma.

Por José Guillermo Rodríguez Escudero.

1. El triunfo del ideal clásico: el neoclasicismo en la imaginería palmera

A mediados del siglo XVIII, Europa asiste a un cambio profundo en la sensibilidad artística. Frente a la exuberancia del barroco tardío y la ligereza ornamental del rococó, emerge el neoclasicismo como una llamada al orden, a la razón y a la virtud. Inspirado en los modelos de la antigua Grecia y Roma, este nuevo lenguaje busca transmitir valores universales —justicia, equilibrio, dignidad— a través de formas depuradas y composiciones serenas.

En la imaginería religiosa, esta transformación se traduce en una estética contenida y profundamente reflexiva. Las figuras abandonan el dramatismo exacerbado para adoptar posturas equilibradas, anatomías idealizadas y una belleza serena que remite a lo eterno. La técnica se perfecciona, el volumen se simplifica y las vestimentas se ajustan al cuerpo evocando los paños clásicos, en un delicado juego entre naturalismo e idealización.

Canarias no permanece ajena a este cambio. La creación de la Escuela de Dibujo de Las Palmas en 1782 actúa como catalizador de estas nuevas ideas, que pronto se difunden por el archipiélago. En este contexto, la parroquia matriz de El Salvador, en Santa Cruz de La Palma, se convierte en un espacio privilegiado donde el neoclasicismo encuentra una de sus expresiones más refinadas. Allí conviven obras de dos figuras esenciales: el palmero Marcelo Gómez Rodríguez de Carmona y el tinerfeño Fernando Estévez del Sacramento, cuyo talento marcaría de forma decisiva el rumbo de la escultura en las islas.

2. Fernando Estévez y La Palma: una relación fecunda

La trayectoria de Fernando Estévez del Sacramento está estrechamente ligada al desarrollo del arte neoclásico en Canarias. Instalado en La Orotava desde 1808, inicia una etapa de intensa producción en la que su estilo alcanza plena madurez: precisión técnica, sensibilidad estética y una profunda capacidad para transmitir emoción a través de la forma.

Su influencia se extiende rápidamente más allá de Tenerife. En La Palma, encuentra un aliado excepcional en la figura del sacerdote Manuel Díaz, un personaje tan brillante como controvertido. Hombre de vasta cultura, cultivó la literatura, la música, la política y la oratoria con una elocuencia que no pasó desapercibida, llegando incluso a suscitar recelos en el ámbito inquisitorial.

La relación entre ambos no fue solo profesional, sino también intelectual y humana. Compartían una visión renovadora del arte y una sensibilidad abierta que los acercó de inmediato. Gracias a este vínculo, Estévez accede a una amplia red de familias influyentes de la sociedad palmera —Massieu, Poggio, Lugo o Viña— que impulsaron numerosos encargos artísticos.

Este contexto favoreció la llegada a La Palma de un conjunto excepcional de esculturas: el Señor del Perdón, San Pedro Penitente, la Virgen del Carmen, los ángeles del altar mayor, así como otras obras destinadas a distintos templos de la ciudad. Se configura así un auténtico eje artístico entre La Orotava y Santa Cruz de La Palma, que consolidó la difusión del neoclasicismo en la isla.

3. El Señor del Perdón: la perfección hecha imagen

Entre todas las obras de Estévez, el Señor del Perdón ocupa un lugar singular. Realizada en 1821, esta talla de candelero en madera policromada representa a Cristo maniatado en el momento previo a su pasión, en una interpretación de extraordinaria fuerza espiritual.

La figura, de tamaño natural, responde plenamente a los cánones clásicos: un hombre joven, en la plenitud de su belleza, cuya serenidad contrasta con la violencia implícita de la escena. No hay en él dramatismo exagerado; todo se concentra en la mirada, en la leve inclinación del rostro, en la tensión contenida de las manos atadas.

Es precisamente en ese equilibrio donde reside su grandeza. El Cristo no expresa sufrimiento físico, sino una profunda aceptación, una calma que trasciende lo humano. Su rostro, magistralmente tallado, irradia una mezcla de tristeza infinita y perdón absoluto, convirtiéndose en un símbolo universal de misericordia.

Los historiadores coinciden en señalar esta obra como una de las cumbres del escultor, comparable únicamente con su Nazareno de Santo Domingo. La delicadeza del modelado, la precisión anatómica y la intensidad expresiva la sitúan entre las mejores piezas de la imaginería canaria.

La tradición popular añade un matiz casi místico a su creación: se cuenta que el propio Estévez, al contemplar la imagen en su taller, sintió una voz interior que le preguntaba «¿Dónde me has visto que tan bien me has igualado?». Más allá de la anécdota, el relato refleja la impresión que la obra ha causado a lo largo del tiempo.

4. San Pedro Penitente: la humanidad frente al perdón

Junto al Cristo se arrodilla la figura de San Pedro, configurando un diálogo visual de enorme potencia simbólica. Si el Señor encarna la serenidad divina, el apóstol representa la fragilidad humana.

Su rostro envejecido, surcado por la angustia, expresa el peso del arrepentimiento tras la negación. Las manos entrelazadas, dirigidas hacia Cristo, intensifican la súplica silenciosa que articula toda la escena.

A diferencia del Señor del Perdón, esta imagen fue realizada parcialmente aprovechando la estructura de una escultura anterior, concentrándose el trabajo de Estévez en la cabeza y las manos. Sin embargo, lejos de limitar su calidad, esta circunstancia permitió al artista volcar toda su maestría en los elementos expresivos esenciales.

El resultado es una obra de gran profundidad psicológica, donde cada detalle contribuye a construir una emoción contenida pero intensa. El contraste entre ambas figuras —la perfección serena de Cristo y la turbación del apóstol— constituye uno de los logros más sobresalientes del conjunto.

5. La Cofradía de San Pedro: historia de una devoción

La presencia de este grupo escultórico está íntimamente ligada a la Cofradía de San Pedro, fundada en 1661. Integrada principalmente por miembros del clero, desempeñó durante siglos un papel central en la vida religiosa de la ciudad.

Era esta hermandad la encargada de organizar la procesión del Martes Santo, conocida como la «procesión del clero», en la que participaban sacerdotes revestidos con gran solemnidad. Con el tiempo, y debido a la disminución de sus miembros, la cofradía se disolvió en 1866.

No obstante, su legado no desapareció. La devoción al Señor del Perdón y a San Pedro continuó viva, siendo retomada en épocas posteriores por nuevas cofradías que han mantenido la tradición hasta nuestros días.

6. La procesión: un relato en movimiento

El conjunto escultórico del Señor del Perdón cobra su pleno sentido en la procesión del Lunes Santo. En ella, las imágenes abandonan el espacio del templo para recorrer las calles de Santa Cruz de La Palma, transformando la ciudad en escenario de la Pasión.

La composición —Cristo en el centro, San Pedro arrodillado a su derecha y el gallo a la izquierda— constituye una escena narrativa completa, poco habitual en la imaginería local, más inclinada a las figuras aisladas.

El gallo, incorporado en 1895 por el escultor Aurelio Carmona, añade un elemento simbólico clave: el instante en que el canto recuerda a Pedro su traición. Su presencia ha dado lugar a una de las denominaciones más populares de la procesión: «San Pedro y el gallo».

El traslado de esta procesión al Lunes Santo, en 1957, respondió al deseo de ordenar cronológicamente los episodios de la Pasión. Desde entonces, se ha convertido en uno de los momentos más esperados de la Semana Santa palmera, especialmente por su atmósfera nocturna, cargada de recogimiento y emoción.

7. El motete “Et recordatus est Petrus”: la música del arrepentimiento

A la riqueza visual de la procesión se suma una dimensión sonora que intensifica su significado: los motetes. Estas breves composiciones religiosas, interpretadas tradicionalmente durante los recorridos procesionales, formaron parte esencial de la identidad cultural de la Semana Santa palmera durante décadas.

El Señor del Perdón se asocia al motete Et recordatus est Petrus, atribuido a Manuel Díaz. Su texto evoca el momento en que Pedro recuerda las palabras de Cristo tras negarlo, encapsulando el núcleo emocional de la escena.

Musicalmente, la pieza se caracteriza por su tono grave y su estructura sobria, con un lenguaje armónico que acentúa el carácter penitencial. No busca el lucimiento, sino la introspección: una invitación al recogimiento que prolonga, en el ámbito sonoro, el mensaje de las imágenes.

8. Una obra entre el arte y la emoción

El Señor del Perdón no es solo una obra maestra de la escultura neoclásica en Canarias; es también un símbolo vivo que ha atravesado generaciones, adaptándose a los cambios sin perder su esencia.

En él convergen arte, historia, fe y memoria colectiva. Su presencia en la parroquia de El Salvador y en las calles de Santa Cruz de La Palma sigue despertando hoy la misma emoción que inspiró a su creador hace más de dos siglos: la contemplación de un perdón que, silencioso y sereno, continúa interpelando al ser humano.

Tags: Arte SacroEl Salvadorfernando estevezhistoriajose guillermo rodriguez escuderola palmaneoclasicismosanta cruz de la palmaSemana Santaseñor del perdon
José Guillermo Rodríguez Escudero

José Guillermo Rodríguez Escudero

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