OPINIÓN · HISTORIA DE LA PALMA
La emigración clandestina y el barco de Serrano: travesía hacia la esperanza
A punto de cumplirse setenta y seis años de su partida, Manuel Marcos rescata la travesía del Delfina Noya, el conocido como «barco de Serrano», que zarpó del embarcadero del Poyo, en Los Galguitos, el 20 de mayo de 1950 con 230 personas a bordo rumbo a Venezuela. Una odisea atlántica entre el motor reventado, una tormenta de veinticuatro horas y el alivio del faro de Tobago.
A finales de los años cuarenta, cuando la posguerra española todavía imponía hambre, miedo y escasas oportunidades, miles de canarios comenzaron a mirar hacia América como única salida posible. Aunque desde 1946 las autoridades españolas permitían oficialmente la emigración, la realidad estaba plagada de obstáculos que convertían aquel derecho en una auténtica odisea.
Venezuela no mantuvo relaciones diplomáticas con el régimen franquista hasta 1949, tras el golpe militar que puso fin al gobierno democrático presidido por el escritor Rómulo Gallegos. Además, hasta 1950 las autoridades españolas dificultaban la obtención de los certificados de buena conducta, indispensables para emigrar legalmente. A ello se sumaban los elevados precios de los pasajes —unas seis mil pesetas—, los gastos burocráticos y los continuos desplazamientos desde los pueblos hasta las capitales insulares. Para muchas familias humildes, aquella suma resultaba imposible.
Fue entonces cuando surgieron los llamados «barcos de la esperanza», pequeñas embarcaciones adquiridas en la Península para transportar emigrantes de forma clandestina hacia Venezuela. Entre ellos destacó el Delfina Noya, conocido popularmente en La Palma como el barco de Serrano, por el apodo de su propietario, un empresario de San Andrés y Sauces.
La travesía del «barco de Serrano»
El Delfina Noya zarpó del embarcadero del Poyo, en Los Galguitos, el 20 de mayo de 1950 —pronto se cumplirán los setenta y seis años de su partida—. Su destino era Venezuela. A bordo viajaban 230 personas entre pasajeros y tripulación, hacinados en una pequeña goleta que afrontaría una de las travesías atlánticas más angustiosas de la emigración canaria.
Entre aquellos viajeros se encontraba el conocido profesor y poeta palmero Carmelo Duarte y el recientemente fallecido vecino de Los Galguitos, don Hilario Rodríguez Piñero, con veintidós años.
La noche de la partida parecía un presagio. Un fuerte temporal golpeaba el velero mientras abandonaba la costa palmera. Delio Ortega, capitán de aquella expedición, recordaría años después en el libro Al Suroeste la Libertad, de Javier Díaz Sicilia: «Cuando subí a bordo me di cuenta del disparate que iba a cometer. En el barco no cabía un alma más».

A Ortega le habían ofrecido la enorme suma de sesenta mil pesetas por comandar el viaje, una cantidad equivalente a varios meses de sueldo de un capitán de la compañía «León y Castillo». Su presencia servía además de garantía para quienes se embarcaban en aquella aventura incierta: el velero estaría dirigido por un verdadero oficial de la Marina.
El motor explotó entre La Palma y El Hierro
El Delfina Noya, relativamente nuevo, había llegado desde Galicia cargado de sal. Sin embargo, pocos días después ocurrió el primer desastre. Navegando entre La Palma y El Hierro, el motor explotó violentamente y quedó inutilizado.
Muchos pasajeros exigieron regresar. El miedo comenzaba a extenderse por cubierta. Fue entonces cuando Miguel, el mecánico del barco, se negó rotundamente: «Yo no regreso. Tengo hijos y familia, y si vuelvo me detendrán como responsable del barco. Soy hombre de mar y siempre oí decir que con velas siempre se llega a América».
Desde ese momento, la travesía continuó prácticamente a vela.
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Soy hombre de mar y siempre oí decir que con velas siempre se llega a América.
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MIGUEL — MECÁNICO DEL DELFINA NOYA
Tres mujeres a bordo y el petrolero Campoamor
Ocho días después, fueron alcanzados por el petrolero español Campoamor. Los bidones de agua que llevaban desde La Palma estaban contaminados con restos de aceite, porque no habían sido limpiados correctamente. Tuvieron que vaciarlos en el mar para volver a llenarlos gracias a la ayuda del petrolero.
En el velero viajaban únicamente tres mujeres: una madre acompañada de su esposo e hijos mayores, una enfermera y una maestra de escuela. Todos compartían el mismo sueño: alcanzar Venezuela y comenzar una nueva vida lejos de la miseria.
Pero el Atlántico aún guardaba otra prueba. Un violento temporal azotó la embarcación durante veinticuatro interminables horas. El viento desapareció después, aunque quedó una enorme marejada que hacía crujir el casco entre olas gigantescas.
Delio Ortega recordaría cómo, antes de la tormenta, comenzaron a aparecer hojas y pequeños troncos flotando sobre el agua, señales de que América ya estaba cerca.
«¡Faro a la vista!»
Finalmente, navegando «a palo seco», el vigía lanzó un grito que devolvió la esperanza a todos: «¡Faro a la vista!». Era el faro de la isla de Tobago.
El capitán rechazó detenerse en Margarita. Su objetivo era llegar hasta La Guaira. Sin embargo, al tercer día apareció una lancha de la Guardia Nacional venezolana que obligó a la embarcación a desembarcar en las playas de Chirimena, en el Estado Miranda.
Era la noche del 24 de junio, día de San Juan.
Telegramas a La Guaira y a Canarias
Para la mayoría de aquellos emigrantes, la pesadilla terminaba allí y comenzaba una nueva vida. Otros, menos afortunados, acabarían internados en el penal de El Dorado.
Nada más tocar tierra, los pasajeros hicieron una colecta para enviar dos telegramas: uno al resguardo marítimo de La Guaira y otro a Canarias anunciando la ansiada noticia: habían llegado vivos a Venezuela.
Aquella travesía del Delfina Noya, el inolvidable barco de Serrano, quedó grabada para siempre en la memoria de la emigración clandestina canaria: una historia de miedo, coraje y esperanza en medio del Atlántico.
SOBRE EL AUTOR
Manuel Marcos Pérez Hernández es investigador del patrimonio histórico de la isla y colaborador habitual de El Faro de La Palma.
FONDO DOCUMENTAL
- Rodríguez Martín, Néstor. La emigración clandestina de Canarias a Venezuela.
- Díaz Sicilia, Javier. Al Suroeste la Libertad.
FOTOGRAFÍAS
Imágenes del Delfina Noya y de un «barco de la esperanza» restauradas y coloreadas por Abraham Tomás Díaz Abreu.
TAMBIÉN DE MANUEL MARCOS
Fuente: artículo original de Manuel Marcos Pérez Hernández. Cesión exclusiva a El Faro de La Palma.



