PERFIL · HISTORIA DE LA PALMA · PARTE I DE III
Gabriel Duque Acosta. El médico de los pobres (I): raíces, juventud y vocación
Raíces, infancia, despertar intelectual y los primeros pasos de una vocación que marcaría a Santa Cruz de La Palma en el siglo XX.
POR JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO
Por José Guillermo Rodríguez Escudero · 6 de mayo de 2026
La excepcional figura de Gabriel Duque Acosta (1930-1987) se inserta de manera destacada en la historia contemporánea de Santa Cruz de La Palma como ejemplo de articulación entre vocación médica, compromiso cívico y sensibilidad cultural. Médico de profesión, alcalde de la ciudad y activo participante en la vida política, cultural, religiosa y festiva, su trayectoria permite observar la convergencia entre lo profesional, lo público y lo devocional en el contexto insular del siglo XX.
Gabriel Duque Acosta nació en Santa Cruz de La Palma el 15 de junio de 1930. Sus padres eran Dionisio Duque Fernández y María Acosta Hernández. Vivió su infancia en el seno de una familia marcada por las dificultades políticas de su tiempo, un contexto que, lejos de frenarlo, despertó en él desde muy temprana edad una profunda pasión por el estudio y la lectura que lo acompañaría toda su vida.
Cursó el Bachillerato en el antiguo Instituto Nacional de Enseñanza Media de la calle Real, donde ya despuntaba una inteligencia fuera de lo común: obtuvo matrícula de honor en todos los cursos y una calificación extraordinaria que anticipaba su brillante porvenir. En el examen de Estado celebrado en La Laguna (Tenerife), fue distinguido con el Premio Extraordinario, confirmando así una trayectoria académica impecable.
Prosiguió sus estudios de Medicina en la Universidad de San Carlos de Madrid, donde culminó su formación en 1957 con una brillantez que dejó huella. Durante esos años, se formó como interno en la Cátedra de Patología Quirúrgica del profesor Martín Lagos, y amplió su saber en cursos especializados de Microbiología y Parasitología con el profesor Matilla, de Patología General con el profesor Bermejillo, así como en Investigación Criminal en la Escuela de Medicina Legal. En 1958 completó el Curso Médico-Quirúrgico de Patología del Aparato Digestivo en el Hospital Provincial de Madrid, bajo la dirección del profesor Jiménez Díaz y el doctor Carlos González Bueno.


El regreso al origen: vocación y servicio
De vuelta a La Palma, cumplió con sus prácticas de milicia como alférez de complemento en el Arma de Infantería, integrado en el Batallón La Palma, en 1958. Al año siguiente, inició su vocación de servicio público al asumir la Secretaría de la Asamblea Insular de la Cruz Roja, institución que más adelante llegaría a presidir. Su compromiso con la vida pública continuó creciendo: en 1961 fue nombrado consejero del Excmo. Cabildo Insular de La Palma y, en 1964, alcalde de Santa Cruz de La Palma, responsabilidad que ejerció hasta 1970. Asimismo, desempeñó el cargo de concejal por el tercio de entidades culturales, consolidando una trayectoria marcada por la dedicación y el servicio a su comunidad.
Brillantez académica y genio precoz
El ilustre profesor Antonio Manuel Díaz Rodríguez (1929-2011) recordaba que Gabriel había sido uno de los once compañeros que permanecían en séptimo curso de los treinta y seis que habían iniciado el bachillerato en 1941. Corrían tiempos difíciles y algunos habían sufrido en carne propia sus consecuencias. El plan de estudios de 1938, impulsado por el ministro Ibáñez Martín —siete cursos de denso contenido—, era muy exigente.
Según sus palabras, se decía de él que cualquier alumno que hubiera alcanzado siquiera el cuarto curso y, ya adulto, recordara lo aprendido, sería un erudito. Gabriel y Antonio Manuel compartieron una amplia nómina de profesores y experiencias que influyeron de manera decisiva en su formación.
«Gabriel, ¿todavía te acuerdas de eso después de tantos años?». Gabriel, con su clásica sonrisa serena, respondió sin dudar: «¡Claro que sí!».
Un conocido suyo solía evocar una anécdota reveladora. Corrían los años ochenta, hace ya más de cuatro décadas, cuando en una reunión entre amigos surgió una conversación aparentemente trivial sobre cómo calcular un volumen. Lo que parecía un simple ejercicio derivó en algo muy distinto: Gabriel, con absoluta naturalidad, comenzó a resolverlo recurriendo a derivadas e integrales, prescindiendo incluso de calculadora. Lo hizo con tal soltura y precisión que transformó aquel momento cotidiano en una pequeña exhibición de ingenio, dejando a todos los presentes absortos y admirados. Uno de los presentes, Maestro Nacional, al ver aquella soltura matemática, no pudo evitar la sorpresa y le preguntó si todavía se acordaba de aquello tras tantos años. Gabriel, con su clásica sonrisa serena, respondió sin dudar: «¡Claro que sí!».

Influencias educativas y los primeros proyectos culturales
Gabriel recordaba con especial cariño a su profesor de Latín y, posteriormente, de Literatura, José Pérez Vidal (1907-1990) —etnólogo, escritor y folklorista—, cuya bonhomía y humanidad le granjearon el respeto y la admiración de sus alumnos. Tanto Gabriel como Antonio Manuel bien pudieron haber heredado estas cualidades.
Don José debió de percibir algo especial en Gabriel y en el reducido grupo de su curso, pues entre profesor y alumnos se estableció una complicidad tácita. En clase se hablaba del pasado cultural de la ciudad y de la isla, así como de los numerosos periódicos que circulaban entonces. De esa relación surgió la idea de crear un rotativo artesanal, titulado Cristal y roca, una suerte de boletín escolar elaborado por los propios estudiantes, con el propósito de despertar el entusiasmo de profesores y alumnos. Gabriel formaba parte del selecto grupo de cinco redactores que desempeñó un papel decisivo en la preparación del primer número.
Lamentablemente, la publicación no obtuvo el permiso del gobernador civil y los ejemplares ya impresos no pudieron distribuirse, lo que provocó un profundo desánimo. Se decía que no había arte ni disciplina que escapara al dominio de Gabriel, favorecido por una memoria prodigiosa y una capacidad de retención casi sobrenatural. Pérez Vidal le inculcó la pasión por la lectura como fuente esencial del conocimiento. Esa semilla germinó en él hasta convertirlo en un referente de curiosidad intelectual permanente. Gabriel puede describirse como un auténtico ilustrado del siglo XX.
Un alto en el camino: el paréntesis madrileño
Pero también corría el rumor de que tanta lucidez tenía su precio: a veces, su mente, saturada de saber, se nublaba por instantes, como si el exceso de ideas le arrebatara el hilo de la realidad. Eugenio Abreu, íntimo amigo de Dionisio, solía aconsejar que lo dejaran en paz, que Gabriel necesitaba espacio, aire, libertad para descomprimir su vasto universo interior. Así fue como recaló en Madrid durante un año sabático.
Allí, movido por su espíritu inquieto, encontraba refugio en unos descampados tras el estadio Bernabéu, donde hacía girar en el cielo pequeños aviones en la modalidad de Vuelo Circular, trazando círculos perfectos como pensamientos ordenados en el aire. La aviación no era solo una afición: era una extensión de su mente. Manitas incansable, llegó incluso a construir alguna aeronave a partir de planos, calculando con precisión la capacidad de sus depósitos mediante integrales y derivadas, como si las matemáticas fueran el idioma natural de sus manos.
«¿Que no sabes eso? Pues ¡pregúntaselo a don Gabriel!»
Vecino del barrio de San Telmo, sobre Gabriel Duque Acosta
Cuando alguien, todavía sorprendido, se atrevía a preguntarle de dónde sacaba tanta precisión y memoria, la respuesta brotaba sin titubeos entre quienes lo conocían bien: «Gabriel es un coco». Y no dejaba de tener gracia que un vecino veterano del barrio de San Telmo, al evocar a aquel querido médico, repitiera una frase casi convertida en lema: «¿Que no sabes eso? Pues ¡pregúntaselo a don Gabriel!». Porque, en el fondo, así lo veían todos: un auténtico diccionario con piernas, siempre dispuesto a ofrecer la palabra justa, el dato preciso.
El médico y su casa: origen de un prestigio
De acuerdo con Toledo Trujillo y Hernández de Lorenzo Muñoz, miembros de la Sociedad Canaria de Historia de la Medicina, Gabriel inició su ejercicio como médico general en un despacho ubicado en su domicilio familiar, en la calle San Telmo —denominada oficialmente calle Navarra durante buena parte del siglo XX—, señalado entonces con el número 8 y posteriormente renumerado como 14. Él mismo atendía, a solas, en su despacho, sin auxilio de enfermeros, ubicado a la derecha al entrar en la casona; contiguo, una pequeña sala de espera y, más adentro, una camilla donde recostar a los pacientes, junto a un sobrio escritorio. Aunque no siempre, la mayoría de los vecinos que cruzaban el umbral, asustados y temblorosos, barruntando lo peor, salían de allí reconfortados.
El fallecido cronista Jaime Pérez García —uno de sus compañeros de estudios— señalaba que el inmueble que habitaba correspondía a la antigua Casa Pérez de los Reyes —hoy conocida como Casa de don Gabriel, en homenaje a su memoria—, levantada sobre «los solares de varias fincas independientes adquiridas en la primera mitad del siglo XVII por el portugués Juan de Flota, piloto de la carrera de Indias».
A lo largo de los siglos, sus muros han sido testigos del paso de linajes distinguidos, custodios de su historia hasta llegar a nuestros días. En la actualidad, según evocan las propias palabras de sus actuales dueños en las redes sociales, la casa —de paredes encaladas y maderas teñidas de verde— ha renacido como un refugio para huéspedes, un lugar de descanso «para creativos, curiosos y amantes de la historia», donde el tiempo parece entrelazarse con la imaginación. Muchos han sido sus visitantes atraídos por el susurro del pasado que aún habita en sus estancias.
Para el facultativo Miguel Henríquez, Gabriel fue su médico de cabecera y una figura profundamente influyente. En su recuerdo destacaban sus extraordinarias cualidades humanas: su capacidad para escuchar, la cercanía que generaba al atender el relato de la enfermedad y el clima de confianza que lograba crear con cada paciente. Considera, además, que fue pionero en su tiempo al ir más allá de lo puramente estructural u orgánico, identificando dolencias cuyo origen se encontraba en factores psicosomáticos ligados a la vida cotidiana, las experiencias personales y los problemas familiares. Su ejemplo resultó decisivo para él, al encarnar con claridad lo que hoy entendemos como un verdadero médico de cabecera o de familia. Su admiración y aprecio perduran hasta hoy.
Próximamente, parte II: El médico de los pobres · humanidad, anécdotas y obra como alcalde de Santa Cruz de La Palma.



