PERFIL · HISTORIA DE LA PALMA · PARTE II DE III
Gabriel Duque Acosta. El médico de los pobres (II): humanidad, anécdotas y alcaldía
El trato cercano con los pacientes, las anécdotas que lo definieron y la huella de su mandato municipal en Santa Cruz de La Palma (1964-1970).
POR JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO
Por José Guillermo Rodríguez Escudero · 7 de mayo de 2026
Humanidad en la práctica médica
Gabriel Duque pronto destacó no solo por la solidez de su formación, sino también por la cercanía y generosidad con las que trataba a sus pacientes. Reservado por naturaleza, este apreciado médico poseía, sin embargo, un don singular: una sencillez y una amabilidad que impregnaban de afecto su trato tanto con allegados como con pacientes.
En efecto, su labor sanitaria no se limitó al consultorio, sino que se extendió a la atención domiciliaria de numerosos enfermos, a quienes asistía directamente en sus hogares, en muchas ocasiones de forma altruista. Esta actitud le valió el apelativo de «el médico de los pobres» —como recuerda Manuel Lorenzo Arrocha—, un título que ya había distinguido a Francisco Abreu García (1861-1912) en 1890 por razones similares: su compromiso de no cobrar honorarios a quienes más lo necesitaban, es decir, su profunda vocación humanitaria.
Relatos que definen a un médico singular
Se cuenta una anécdota reveladora con uno de sus pacientes, un director de un conocido banco. Llegó a la consulta con el pulso desbocado y el ánimo crispado por el estrés, implorando la ayuda urgente de su amigo y médico. Gabriel lo examinó con calma, como quien no solo ausculta un cuerpo, sino también sus silencios, y finalmente le extendió una receta tan insólita como certera. En ella no figuraban fármacos ni dosis, sino tres palabras: «un avión, un motor y un radiocontrol».
«Don Gabriel: ¡el médico de los pobres!»
Aquella prescripción, más poética que clínica, encerraba una verdad profunda: lo que Domingo necesitaba no era medicarse, sino desprenderse del peso de la rutina, elevar la mente, reencontrarse con el juego y la ligereza. Gabriel no era únicamente un médico de cuerpos, sino un fino intérprete del alma humana, un oyente atento que sabía leer entre líneas y detectar lo que de verdad dolía. Tenía el raro don de ofrecer a cada cual justo lo que necesitaba, incluso cuando eso no cabía en un frasco ni se medía en miligramos.


Todo ello refleja una continuidad en el reconocimiento social hacia quienes ejercen la medicina con un espíritu altruista. No en vano, buena parte de la población adulta de la ciudad lo recuerda de ese modo: «Don Gabriel: ¡el médico de los pobres!».
En una ocasión visitó a una señora mayor que, debido a sus dolencias, había perdido la vista. Ella, angustiada, le confesó que sentía que su final estaba cerca. Gabriel la miró con firmeza y le dijo: «¡Usted está bien!». La mujer insistía en su malestar, pero él, con tono solemne, zanjó: «¡Está bien porque se lo digo yo y punto!». Aquella convicción no era gratuita: la señora vivió aún quince años más que él.
Otra escena, de la que también fue testigo uno de sus amigos, tuvo lugar en su consulta de la calle San Telmo. La sala de espera estaba llena cuando llegó un hombre mayor, visiblemente agitado. Le cedieron un asiento y avisaron a Gabriel de la urgencia. Al entrar, se percibía que médico y paciente eran viejos conocidos. Tras unos minutos, antes de abrir la puerta, se oyó la pregunta que arrancó sonrisas: «¿Por dónde subiste, por la Cuesta Matías o por la Plaza de Santo Domingo?» —preguntó Gabriel con intención clara—. Y es que la Cuesta Matías era una escalinata empinada, capaz de dejar sin aliento al más valiente, mientras que la Plaza de Santo Domingo ofrecía un acceso llano y mucho más llevadero. «Por la Cuesta Matías», respondió el hombre. Gabriel, con su ironía habitual, replicó: «¡Pero hombre! ¿Tú crees que a estas alturas estamos para subir por ahí? La próxima vez, vienes por la Plaza de Santo Domingo». Al despedirlo, remató: «¡Anda, que estás mejor que yo!». Y ambos, junto a los presentes, no pudieron evitar sonreír.
Una madrugada, aquejado por un fuerte dolor, Gabriel caminó hasta la farmacia de Argany en busca de alivio. Desde el postigo, pidió un medicamento, pero la auxiliar —nueva y sin reconocerlo— le indicó que necesitaba la receta. Sin perder la calma, abrió su cartera, sacó su talonario y la escribió en el acto. La sorpresa fue inmediata, seguida de disculpas.
Pero el dolor apremiaba. Duque, con su habitual determinación, pidió que le abrieran la puerta y, ya dentro, se administró él mismo la medicación —inyectándosela— para acelerar el efecto. Una escena que reflejaba, una vez más, su sangre fría y su dominio absoluto de la situación, incluso siendo paciente.
Sus compañeros aeronáuticos recuerdan cómo, en los ratos de esparcimiento en el Aeropuerto Viejo, mientras Gabriel disfrutaba volando aeromodelos con el grupo de amigos, no era raro que algunas personas se acercaran para pedirle que atendiera a familiares enfermos en ese mismo instante.
Gabriel, con calma pero con claridad, explicaba que si se trataba de una urgencia real debían acudir directamente a urgencias, ya que él necesitaba recoger su material, volver a casa y organizarse para poder atender correctamente. No siempre era bien comprendido, pero la situación era evidente: aquel era su tiempo libre, después de una semana en la que prácticamente estaba disponible las 24 horas. Una forma honesta y firme de poner límites, sin dejar de lado su compromiso habitual con los demás.
Un espíritu universal: curiosidad sin fronteras
Más allá de su profesión, Gabriel Duque —lector incansable— fue una figura de honda sensibilidad cultural e intelectual, movida por inquietudes que se extendían del arte a la lectura, de la música a la fotografía, y de las aficiones técnicas a las ciencias. Resultaba difícil encontrar un tema que no despertara su interés y que pasara a formar parte de su universo intelectual. El cronista Jaime Pérez García (1930-2009) señalaba que su espíritu humanista y su inagotable curiosidad lo habían encumbrado como un referente singular entre sus contemporáneos.


Dotado de una memoria prodigiosa y de una curiosidad insaciable, llegó a ser un gran conocedor de muy diversos ámbitos, sobre los que disfrutaba conversando y debatiendo.
Vocación pública y liderazgo político
Sus inquietudes políticas lo llevaron a desempeñar cargos como consejero del Cabildo Insular y alcalde presidente del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma en los años sesenta (1964-1970). Su trayectoria política se distinguió por un firme compromiso con la ciudad y con el bienestar de sus habitantes.
En la que probablemente sería una de sus últimas entrevistas como alcalde para la prensa local, Duque dejaba entrever su humanidad incluso al referirse a las dificultades más graves que hubo de afrontar. Así, recordaba «los gravísimos problemas y la angustia de hace cinco años, cuando nos encontrábamos técnicamente imposibilitados para darles solución». Sin embargo, su habitual optimismo se imponía de inmediato: «hoy es de resaltar el modo tan distinto de enfocar la obra, pues contamos con soluciones eficaces e inmediatas ante cualquier contingencia». Así era Gabriel: un tenaz buscador de soluciones.
Para este alcalde, el peso decisivo que en todo desafío tiene la formación espiritual y humana nos invita a mirar hacia el verdadero cimiento de cualquier progreso: la educación de las personas. Y no únicamente la que se imparte entre los muros de las instituciones académicas, sino aquella que germina, íntima y silenciosa, en el corazón del hogar. Porque sin una auténtica formación humana, la educación se vacía de sentido; sin educación, la cultura se marchita y las virtudes cívicas se diluyen. Y sin ese entramado de valores, el desarrollo se desvanece, dejando sin sustento toda aspiración de prosperidad económica.
Suministro de agua a presión y Avenida Marítima
Entre las empresas más decisivas que transformaron la capital palmera durante los seis años de mandato de Gabriel, destaca el impulso inicial al suministro de agua a presión, una obra que marcaría un antes y un después en la vida de la ciudad. Solía recordar, con serenidad y sin afán de protagonismo, que aunque la red baja y la culminación de la alta se llevaron a cabo bajo su gestión, los depósitos y los canales que conducían el agua desde los manantiales ya habían sido levantados por manos anteriores.
Lejos de atribuirse méritos ajenos, reconocía con honestidad el esfuerzo de quienes le precedieron. En ese gesto, sencillo pero revelador, se dibujaba la amplitud de su mirada: una visión limpia, ajena a la mezquindad de la política más áspera, capaz de entender el progreso como una obra colectiva que trasciende nombres y mandatos.
Bajo su impulso tomó forma también la entonces Avenida Blas Pérez González —hoy conocida como Avenida Marítima—, destinada a convertirse en la arteria vital que vertebra la ciudad. A su paso florecieron nuevas barriadas de viviendas y cobró vida un ambicioso plan de construcciones escolares que, como una siembra fértil, dio lugar a treinta y dos nuevas unidades educativas.
Aquel esfuerzo, sostenido por una clara vocación de futuro, no pasó desapercibido: mereció al Ayuntamiento que presidía la concesión del «Corbatín de Alfonso X El Sabio», distinción que reconocía no solo la obra material levantada, sino el firme compromiso con la educación como piedra angular del progreso.
Barranco de Dolores, Puente del Roque, viviendas y planeamiento
Rememoraba con satisfacción numerosas actuaciones de gran relevancia que llegaron a culminarse, entre ellas la desviación del Barranco de Dolores hacia el de las Nieves y su posterior canalización, lo que permitió eliminar por completo el riesgo de inundaciones en la ciudad. A partir de esta intervención, se impulsaron otras obras destacadas como la construcción del Puente del Roque, que conectó esta zona con el núcleo urbano; la apertura de la calle de El Pilar; la edificación de veinticuatro viviendas municipales en Mirca y de cincuenta en la Barriada de Santiago; la urbanización de la Explanada del Puerto; la elaboración del Plan General de Ordenación Urbana; y el diseño del proyecto de la red de alcantarillado, entre otras muchas e importantes iniciativas.
Las Fiestas Lustrales de 1970
En el último año de su mandato municipal, con motivo de la Bajada de la Virgen de 1970, se conservan sus edictos publicados en la prensa provincial. De cara a las que serían sus últimas Fiestas Lustrales como edil, hizo público, entre otros, el siguiente bando: «El próximo día 14, darán comienzo en esta capital, los festejos de la Bajada de la Virgen, que finalizarán el día 28 del actual mes de junio. Con tal motivo, espero que todo el vecindario, sin excepción alguna, procedan, a partir del mismo día, a iluminar y engalanar las fachadas de sus domicilios, hasta la finalización de las Fiestas, con lo cual colaborarán eficazmente a dar un mayor realce a la Bajada de la Virgen. Santa Cruz de La Palma, 9 de junio de 1970. El Alcalde. Gabriel Duque Acosta».
A su juicio, buena parte de las dificultades que rodeaban la organización de las Fiestas Lustrales podrían haberse resuelto mediante la creación de un Patronato que trabajara de forma continuada a lo largo del quinquenio, al estilo de las comisiones falleras. No le faltaba, desde luego, visión de futuro: su planteamiento parecía anticipar el modelo organizativo que, con el tiempo, terminaría consolidándose en estos esperados festejos patronales.
Porque si bien unas fiestas de corte estándar resultan más sencillas de planificar, suelen hacerlo a costa de diluir su esencia. Para él, la clave residía en no perder nunca el vínculo con lo genuino: acudir siempre a las raíces, a lo tradicional, a lo auténtico, como fuente de identidad y sentido.
Su profunda devoción por el Arte lo llevaba a celebrar con entusiasmo cada logro en ese ámbito. Así ocurrió cuando se consiguió una partida económica destinada a las primeras fases de restauración del pórtico de la parroquia matriz de El Salvador, de las Casas Consistoriales y del Castillo Real de Santa Catalina. Del mismo modo, vivió con especial ilusión la llegada a la ciudad de la II Campaña Nacional de Teatro con la «Lope de Vega», así como el ciclo de arte dramático protagonizado por la compañía de Nuria Espert. Y como esos, tantos otros momentos que fueron tejiendo, uno a uno, su compromiso apasionado con la cultura.
Próximamente, parte III: El polímata palmero · aeromodelismo, montañismo, arte sacro y la despedida.



