El paquete de ayudas de 5.800 millones aprobado por el Gobierno es la respuesta de emergencia a una crisis provocada por el conflicto en Irán. Mientras Estados Unidos e Israel desafían el orden internacional, la población mundial —y nuestra isla no es una excepción— paga las facturas de una irracionalidad que amenaza con ir a más.
DIRECTOR. EL FARO DE LA PALMA, 22 DE MARZO DE 2026.
La noticia del pasado viernes sobre la rebaja del IVA en la energía al 10% y las ayudas directas al gasóleo agrícola no es solo un movimiento económico; es el síntoma de una enfermedad global. Tras la ofensiva iniciada a finales de febrero por la administración Trump e Israel contra Irán, el mundo ha entrado en una espiral de incertidumbre que nos devuelve a los peores fantasmas del siglo XX. El orden internacional que nació tras la Segunda Guerra Mundial, basado en el diálogo y los acuerdos, parece estar saltando por los aires a base de fuerza unilateral.
¿Por qué lo pagamos nosotros? La pregunta que se hace el ciudadano de a pie es tan sencilla como dolorosa: ¿Por qué tiene que pagar un agricultor de La Palma y en general toda la población las guerras de unos locos al otro lado del mundo? La respuesta está en la fragilidad de un sistema globalizado donde el bloqueo de rutas comerciales y el encarecimiento del crudo se traducen en:
- Inestabilidad en la cesta de la compra: El alza de los fertilizantes (que ya recibe 500 millones en ayudas) encarece la producción local.
- Facturas energéticas al límite: A pesar de la reducción fiscal, el coste base de la electricidad sigue ligado a mercados internacionales volátiles.
- Dependencia externa: La vulnerabilidad de Canarias es mayor debido a nuestra lejanía y la dependencia de las importaciones de hidrocarburos.
Un escenario de incertidumbre total Lo que hoy son ayudas de 5.800 millones de euros —un esfuerzo titánico de las arcas públicas para frenar la inflación— podría quedarse corto si el conflicto escala hacia una invasión terrestre. Una guerra total en Irán no solo dispararía el petróleo a niveles nunca vistos, sino que rompería definitivamente el tablero diplomático, dejando a Europa y a regiones ultraperiféricas como la nuestra en una situación de «economía de guerra» encubierta.
La irracionalidad como norma Resulta paradójico que en pleno 2026, con los retos climáticos y sociales que afronta el planeta, la agenda mundial esté dictada por el estruendo de los misiles. Las medidas aprobadas esta semana en el Consejo de Ministros son un alivio necesario, un escudo para que el palmero no se hunda, pero no dejan de ser una cura para un mal que no hemos provocado.
La pregunta queda en el aire: ¿Hasta cuándo podrá el sistema público sostener el coste de estas guerras ajenas antes de que el daño sea irreversible para el bienestar de todos?



