Por MANUEL MARCOS PÉREZ HERNÁNDEZ . 6 de marzo de 2026
Pocas veces un conjunto urbano define tan bien la identidad de un pueblo como lo hacen la Plaza de Montserrat y la Alameda en Los Sauces. Lo que hoy vemos como un espacio de descanso y encuentro, es en realidad el fruto de casi un siglo de visiones arquitectónicas, luchas vecinales y un empeño institucional por abrir el municipio a la modernidad sin perder su horizonte.
Los orígenes y la visión de Olivia Stone
La historia oficial de este conjunto tiene sus inicios a finales del siglo XIX. En 1885, la célebre viajera inglesa Olivia Stone, cuando ascendía por Los Lomitos, observó desde el molino El Regente una hermosa plaza de Montserrat de la que estaban muy orgullosos los habitantes y un jardín público aún en obras que prometía convertirse en “un magnífico proyecto”. Aquella semilla de jardín sería el origen de nuestra actual Alameda.
Hubo que esperar a la década de los años veinte para que el conjunto tomara su forma definitiva. Bajo la alcaldía de Abraham Martín Herrera, en diciembre de 1924, se aprobó el proyecto de urbanización al prestigioso arquitecto Pelayo López Martín Romera. López, autor del pabellón de Canarias en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, proyectó un espacio con un presupuesto de 53.801 pesetas.

La Alameda. 1940. Foto Aistides. Restaurada y coloreada por Abraham Tomás Díaz
Conflictos por el progreso y la ventana visual
Sin embargo, el progreso no estuvo exento de drama. Las actas de las sesiones de aquella época comprueban la férrea oposición por parte de los propietarios del lado sur de la plaza debido a la expropiación de sus terrenos. Gracias a la tenacidad del alcalde Martín Herrera, se logró proteger esa ventana visual, asegurando que el conjunto mantuviera siempre sus vistas despejadas hacia el mar.
El impulso definitivo llegó en 1931, en el mandato del alcalde Crispiniano de Paz González. Fue entonces cuando la expropiación se materializó y la prensa de la época celebraba la colocación de las barandas de hierro forjado y el revestimiento de las fachadas que hoy nos resultan tan familiares.
La fisonomía definitiva
La fisonomía que hoy reconocemos terminó de fraguarse en 1952, con la finalización de las obras de la Plaza de Montserrat. El proyecto, redactado por el arquitecto Tomás Machado y Méndez con un presupuesto de 308.952 pesetas bajo el mandato del alcalde Juan Martín González, puso punto final a la idea avanzada de Abraham Martín.
Hoy la Plaza de Montserrat y la Alameda se miran de frente, custodiadas por la Iglesia y el Ayuntamiento. Aunque la carretera general —esa que llegó en 1941 para romper años de aislamiento— las atraviesa y separa físicamente, ambas forman un enclave único.
Pasear por sus baldosas no es solo recorrer el centro geográfico de Los Sauces; es caminar sobre los sueños de una viajera inglesa, el pulso de arquitectos ilustres y la voluntad de un pueblo que decidió que su plaza principal debía ser, ante todo, un balcón abierto a la esperanza y al océano.
El artículo original se acompaña de dos fotografías de los años 1940-1950 que destacan la vegetación y el quiosco de la Alameda, así como la fuente central y los vehículos de época en la Plaza de Montserrat.



