Manuel Marcos Pérez Hernández nos invita a sumergirnos en el corazón de la Villa de San Andrés para vivir una de las tradiciones más vibrantes de nuestra Semana Santa: el estallido de color de los gacios y el júbilo de la Resurrección.
POR MANUEL MARCOS PÉREZ HERNÁNDEZ.
En el corazón de la Villa de San Andrés, donde las casonas históricas se alzan entre palmeras y las calles empedradas conservan el eco de siglos, se celebra una de las tradiciones más singulares y vibrantes de la Semana Santa. La Resurrección se manifiesta en un estallido de movimiento, color y participación comunitaria que convierte lo sagrado en una fiesta compartida.
El encuentro de las imágenes
La jornada comienza tras la misa solemne. La imagen de Cristo Resucitado cruza el umbral de la Iglesia para iniciar su recorrido tradicional. Poco después parten desde el mismo templo, pero en sentido opuesto, las imágenes de San Juan Evangelista y la Inmaculada Concepción.
Es relevante destacar que la imagen de la Inmaculada Concepción no es solo un símbolo de devoción, sino un pilar de la historia local, recibiendo culto en este templo de forma ininterrumpida desde 1794.
La Virgen avanza rodeada de niños y niñas que portan gacios —ramas verdes con flores de amarillo intenso que se da en laderas y montes y que florece en primavera— que simbolizan la vida que brota tras de la Pasión. El momento cumbre de la procesión ocurre en la calle de El Medio, frente a la Casa Buenamuerte.
San Juan, portado a hombros por jóvenes, se adelanta para encontrarse con el Resucitado. Tras verificar la noticia, los cargadores emprenden un paso ligero, casi una carrera, para volver junto a la Inmaculada y anunciarle que su hijo vive. Finalmente, Madre e Hijo se encuentran ante la mirada de los fieles, escenificando con un canto el júbilo de la Pascua.
Batalla de los gacios y lluvia de caramelos
Sin embargo, es al finalizar el recorrido cuando San Andrés despliega su rito más distintivo. Al regresar la procesión a la iglesia, los niños no entran; forman un pasillo expectante en el exterior.

Cuando el sacerdote sale del templo para dirigirse a la casa parroquial, debe hacerlo a toda prisa. Los jóvenes, en un gesto de picardía y celebración, le lanzan los gacios, cubriéndolo de verde y amarillo mientras éste busca refugio. Una imagen que nos ha quedado grabada es la del párroco de la pasada Semana Santa, Moisés Acevedo, quien en las instantáneas de la festividad aparece recibiendo con cercanía y afecto el impacto de los gacios lanzados por los niños. Su labor, de varios años, fue un ejemplo de compromiso social conforme a los principios del evangelio; a la vez que de firme defensa y protección del patrimonio histórico-religioso.
Esta “persecución” festiva culmina en un gesto de generosidad: el párroco aparece y desde las ventanas de la casa parroquial lanza a los pequeños caramelos, monedas, estampas y otras golosinas. Sellando así una jornada donde la fe se vive con la intensidad de la infancia y el orgullo de un pueblo que guarda sus costumbres como un tesorero.



