Para los miles de venezolanos que han hecho de La Palma su hogar, la preocupación por su país de origen es una constante. Sin embargo, en las últimas semanas, esa preocupación se ha transformado en un «desasosiego» y un «miedo» crecientes. La razón, apuntan, es la nueva y agresiva escalada de presión de la administración Trump hacia Venezuela, que se percibe no como una acción lejana, sino como una amenaza directa a la estabilidad de la región y a la seguridad de sus familias.
Un tablero geopolítico que genera pánico
El endurecimiento de las sanciones económicas, que dificultan aún más la llegada de bienes básicos a Venezuela, se ha visto agravado por las recientes «maniobras navales» de Estados Unidos en el Caribe. Aunque oficialmente se enmarcan en operaciones de seguridad, la diáspora las interpreta como una clara señal de intimidación. «Ya la situación es difícil de por sí, pero esto genera más miedo», es el sentir general que se palpa en la comunidad palmera de origen venezolano. No se trata de testimonios sobre problemas del día a día, sino de un análisis más profundo: el temor a una desestabilización mayor, a un conflicto que agrave la crisis humanitaria y que, en última instancia, afecte a sus familiares y amigos en Venezuela.
La diáspora, en la encrucijada
A la crisis se suma la política internacional. «La llegada de Trump ha sido todavía más nefasta», nos confiesa un contacto. El miedo a las redadas y a las políticas migratorias más duras está provocando que cientos de familias venezolanas tengan que dejar Estados Unidos por si les deportan. Esto cambia por completo el mapa de la diáspora: Estados Unidos está dejando de ser percibido como un país amistoso para convertirse en uno hostil, lo que obliga a muchos a plantearse emigrar a otros lugares. Es una angustia silenciosa que se vive con impotencia desde la distancia.



