Por Manuel Marcos Pérez Hernández
El Jueves Santo no es una tarde cualquiera en el calendario cristiano. Es el pórtico del Triduo Pascual, la jornada en que la Iglesia conmemora la Institución de la Eucaristía y el Lavatorio de los pies, gestos que resumen el mandamiento de amor fraterno. En este contexto de entrega y recogimiento, las calles de Los Sauces se preparan para recibir una de las joyas más conmovedoras de nuestro patrimonio: Nuestra Señora de la Piedad.
Un viaje desde Amberes al Guindaste
Hablar de esta imagen es recorrer la historia de nuestra comarca. Fechada en 1540, esta talla —fruto de la maestría de los talleres de Amberes— llegó a nuestras costas gracias al esplendor comercial del azúcar. Su primer hogar fue la ermita erigida por los dueños del ingenio de Los Sauces sobre el puerto del Guindaste, ese mismo lugar desde donde, como narraba Gaspar Frutuoso, partían los cargamentos de azúcar hacia Flandes o España.
Tras siglos de devoción y cambios de sede —desde el convento franciscano de 1614 hasta su traslado definitivo a la parroquia de Los Sauces en 1885— la imagen ha sabido conservar el afecto de un pueblo que siempre la ha tenido por milagrosa.
La proporción del dolor y la belleza
La tarde de hoy nos permite admirar una composición que desafía el tiempo. La escena, articulada en una perfecta estructura triangular, nos presenta a María sentada sobre una roca, acogiendo el cuerpo inerte de su Hijo. Es en la blandura de sus formas y en la belleza ideal del rostro donde se percibe la calidad técnica de la escultura flamenca.
Destaca de manera casi hipnótica el vivaz tono sonrosado de la piel de la Virgen y esa peculiar sonrisa que se dibuja en su rostro ovalado, una expresión que trasciende el dolor humano para entrar en el plano de lo divino.
«Eliminar los mantos de tela ha sido un rotundo acierto. Hoy la Piedad procesiona con la majestuosidad para la que fue creada hace cinco siglos».
Resulta imprescindible destacar la reciente puesta en valor de esta pieza tras su restauración. Durante mucho tiempo, el uso de mantos de tela superficiales —añadidos ajenos a la concepción de la talla— no solo ocultaba la calidad del trabajo en madera, sino que ponía en riesgo la policromía y la estructura.
Eliminar estos aditamentos ha sido un rotundo acierto. Hoy la Piedad procesiona con la majestuosidad para la que fue creada hace cinco siglos. Al despojarla de lo artificioso, hemos recuperado la belleza de sus suaves caídas y la finura de su toca blanca.
Al verla pasar esta tarde por las calles que rodean las plazas de Montserrat y la Alameda, no solo asistiremos a un acto de fe, sino al reencuentro con la historia viva y el arte en su estado más puro.
Bibliografía:
- Cuadernos de Cultura. El convento franciscano de Ntra. Sra. de la Piedad. Jesús Pérez Morera.



