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San Bartolo, el alma de La Galga (VI): el perro maldito y la noche en que el demonio sale a pasear

by José Guillermo Rodríguez Escudero
agosto 25, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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OPINIÓN · SAN BARTOLO DE LA GALGA · VI

San Bartolo, el alma de La Galga (VI): el perro maldito y la noche en que el demonio sale a pasear

Una Cueva del Infierno bajo el mar, unos vecinos que se protegían con ajos, un artículo de Diario de Avisos de 1961 y una tarasca de papel que desde 2007 vuelve a correr entre la gente cada agosto.

Pero en La Galga la relación entre el santo mártir y el Maligno adquirió una dimensión singular.

La isla de La Palma conserva un amplio patrimonio de relatos y creencias populares en los que el paisaje ocupa un papel fundamental. Sus montañas, barrancos, senderos y zonas de vegetación parecen estar asociados, en muchas ocasiones, a historias transmitidas a lo largo del tiempo. Dentro de este imaginario destaca la figura demoníaca galguera, una aparición sobrenatural que forma parte de las antiguas leyendas vinculadas a este municipio.

El perro maldito de San Bartolo de La Galga
La figura del perro maldito, encadenada a los pies del santo.

Un perro con los ojos como brasas

A unos quince metros bajo el nivel del mar se encuentra la llamada Cueva del Infierno, un lugar donde, según la tradición, piratas y corsarios escondían los tesoros robados. Su ubicación, «en dirección al fuego eterno», contribuyó a alimentar la imaginación popular. En su oscuridad, se decía, habitaba el demonio.

La tradición describe al animal como una presencia espectral de dimensiones extraordinarias, muy alejada de la imagen de un can común. Su silueta se caracteriza por un pelaje completamente oscuro, casi indistinguible de las sombras de la noche. Sin embargo, hay un elemento que destaca de manera especialmente inquietante: sus ojos, descritos como intensamente rojos y semejantes a dos brasas encendidas en medio de la oscuridad. Su llegada tampoco estaría acompañada por sonidos propios de un animal. Por el contrario, quienes cuentan la historia hablan de una sensación de silencio y quietud que precede a su aparición.

Representación del perro maldito en las fiestas de La Galga
La criatura, protagonista de las noches de San Bartolo.

La creencia alcanzaba su punto culminante durante los días de San Bartolo. Los vecinos entendían que Satanás andaba suelto por el pueblo y se protegían con ajos y lazos destinados, según la tradición, a atar sus testículos.

La historia llegó incluso a la prensa de la época y contribuyó a reforzar el temor popular a las apariciones que, según se decía, podían producirse durante aquellos días.

Lo que contaba Diario de Avisos en 1961

El artículo «Alrededor de una fiesta», publicado por G. Vives del Moral en Diario de Avisos el 22 de agosto de 1961, constituye un interesante testimonio sobre las antiguas creencias de La Galga en torno a San Bartolomé. El cronista describe cómo, durante los días de celebración del santo, pervivía entre los vecinos la idea de que el demonio quedaba libre, correspondiendo a San Bartolomé la misión de someterlo y mantenerlo encadenado a sus pies. Esta creencia llevaba a algunos fieles a acudir ante la imagen para pedirle que volviera a sujetar al llamado «perro maldito», una petición que también se incorporaba a las procesiones y a las oraciones particulares.

Vives del Moral recoge además una curiosa historia que, según explica, habría contribuido a reforzar esta creencia entre los habitantes del barrio. Cuenta que un labrador que se disponía a trabajar con su yunta en una zona apartada de La Galga se encontró con que los animales se negaban inexplicablemente a avanzar. Tanto él como las personas que lo acompañaban advirtieron entonces la presencia de un enorme gato que permanecía frente al ganado y los observaba fijamente. Interpretando aquella aparición como una manifestación de Belzebú, decidieron abandonar el lugar y regresar a sus casas, convencidos de que la presencia del «Innombrable» les impedía realizar sus labores.

La tradición llegó incluso a cristalizar en la sencilla jaculatoria que los vecinos dirigían al santo:

«

San Bartolomé bendito, / amarra el perro maldito.

»

Jaculatoria tradicional de La Galga

El artículo señala asimismo que, todavía en aquella época, los galgueros conservaban la costumbre de no trabajar durante las vísperas de San Bartolo, denominación popular y afectuosa con la que tradicionalmente se conoce al apóstol y, por extensión, al propio barrio.

El Diálogo entre El Bien y El Mal

La curiosa representación maléfica no desapareció con el paso del tiempo. En 2007 comenzó a representarse una pequeña obra teatral basada en aquella antigua creencia. El Diálogo entre El Bien y El Mal recupera el enfrentamiento entre ambas fuerzas y convierte en espectáculo una tradición que durante generaciones había formado parte del imaginario colectivo.

El diablo de San Bartolo en las fiestas de La Galga
El ángel malo, de negro y rojo, anuncia desde lo alto su propósito de sembrar el caos.

El entorno de la antigua ermita de San Bartolomé Apóstol sirve de escenario natural para esta representación que se inspira en los antiguos autos barrocos del Corpus. La investigadora palmera María Victoria Hernández Pérez indica que esta escena se inicia con un enfrentamiento verbal entre dos figuras contrapuestas: el ángel malo o demonio, ataviado de negro y rojo, con cuernos y rabo conforme a la iconografía tradicional, que desde lo alto de una azotea anuncia al público su propósito de sembrar el caos. Su amenazante discurso es interrumpido por el ángel bueno, vestido de blanco y provisto de alas, que aparece en el pequeño balcón de la ermita, bajo la espadaña.

En un momento determinado, la figura demoníaca irrumpe en la calle, mientras el público se dispone a ambos lados del recorrido. La criatura, concebida a modo de dragón, presenta una gran cabeza con cuernos, confeccionada de pasta de papel, y un cuerpo de tela en cuyo interior se sitúan sus cuatro portadores. El monstruo danza entre los espectadores, que forman un pasillo humano, mientras los tambores que lo acompañan retumban por las callejuelas del barrio.

La tarasca del perro maldito recorre las calles de La Galga

Según señala Hernández Pérez, «es un momento de nervios para los más pequeños y para los no tan niños. La tarasca se convierte en la gran protagonista de la noche. Corre de un lado a otro, deambula arrojando sus males sobre los vecinos, aunque todos viven en el convencimiento de que San Bartolomé les favorecerá y protegerá».

Como explican los investigadores Manuel Poggio Capote y Belén Lorenzo Francisco, a diferencia de otras manifestaciones festivas de la isla, la celebración del Perro Maldito es relativamente reciente y se caracteriza por su marcado carácter espontáneo. Esta condición, unida a la inclinación de los vecinos de La Galga por la improvisación, ha hecho que la fiesta carezca de un desarrollo escénico establecido. En sus primeras ediciones, la representación se limitaba a la aparición del diablo, al que posteriormente se fueron incorporando otras figuras de aspecto monstruoso o de configuración zoomorfa. En alguna ocasión llegaron incluso a sumarse mascarones procedentes de Santa Cruz de La Palma. Con la introducción de los diálogos, la representación adquirió una estructura más definida, enfrentando simbólicamente a los personajes que encarnaban la eterna pugna entre las tinieblas y la luz.

El perro maldito en la Proclama de las Danzas de la Bajada de la Virgen
La figura galguera, en la Proclama de las Danzas de la Bajada de la Virgen.

La propia naturaleza de la celebración permite que continúe transformándose con el paso del tiempo y que las nuevas generaciones incorporen nuevos elementos. La sorpresa y la imprevisibilidad constituyen, precisamente, una de sus señas de identidad: la figura malévola puede irrumpir en cualquier momento y adoptar cada vez una apariencia diferente.

La tradición ha adquirido además un curioso componente infantil. Según la memoria popular recogida sobre este ser infernal, los niños de La Galga llegaron a utilizar la representación del diablo como cómplice de sus travesuras. Una de ellas consistía, por ejemplo, en intercambiar las macetas de los patios de distintas familias, especialmente cuando existían desavenencias entre vecinos, junto con otras ruindades.

Así, el demonio que antaño provocaba miedo terminó convirtiéndose también en una figura de juego, picardía y complicidad.

Es quizá una de las mejores pruebas de que una tradición verdaderamente viva no permanece inmóvil: cambia, se adapta y adquiere nuevos significados sin perder su raíz.

Una leyenda que enseña a respetar el monte

A diferencia de otras criaturas presentes en los relatos de miedo, la bestia galguera no suele aparecer como un ser que persigue o ataca a las personas. Su papel es más simbólico que agresivo. La tradición sitúa sus apariciones durante la noche, principalmente en antiguos senderos, caminos y cruces relacionados con las zonas de laurisilva de Puntallana. Encontrarse con él sería interpretado como una señal que invita a extremar la precaución. En determinadas versiones de la historia, su presencia anuncia algún acontecimiento desafortunado; en otras, se relaciona con lugares considerados especiales o sagrados.

Existe además una interpretación según la cual el misterioso animal podría representar a un espíritu condenado a vagar. De acuerdo con esta visión, detrás de la aparición se encontraría el alma de una persona vinculada a algún hecho trágico, una injusticia o una acción cruel ocurrida tiempo atrás en aquellos mismos lugares. De esta manera, la figura canina adquiere una dimensión que va más allá del simple relato terrorífico y se convierte en una representación de la memoria de acontecimientos que el paso del tiempo no habría conseguido borrar.

La existencia de relatos protagonizados por perros sobrenaturales no se limita a este término municipal del este de La Palma. En diferentes lugares de Canarias aparecen tradiciones en las que estos animales están relacionados con el mundo de los espíritus, la noche o la protección de determinados espacios. No obstante, la historia del diablillo local ha quedado especialmente vinculada al municipio y a su entorno, incorporándose al conjunto de creencias que forman parte de la identidad cultural del municipio.

La leyenda también puede entenderse como una forma tradicional de transmitir respeto hacia el entorno. Los caminos rurales y los espacios naturales adquieren, mediante estas historias, un carácter misterioso que aconseja no adentrarse en ellos de manera imprudente y mantener una actitud de respeto ante aquello que no se comprende. Así, el miedo funciona también como una herramienta narrativa para reforzar la relación entre las personas, el territorio y las antiguas creencias.

Más allá de determinar cuánto hay de realidad o de imaginación en el relato, la bestia representa una muestra del valor de la tradición oral de La Palma. Historias como esta han pasado de unas generaciones a otras, modificándose con el tiempo pero conservando sus elementos esenciales. En la actualidad, la figura del perro espectral puede contemplarse no solo como una historia destinada a provocar miedo, sino como parte de un patrimonio cultural que mantiene presentes las antiguas formas de interpretar los lugares, los acontecimientos inexplicables y la relación entre la vecindad y el paisaje de la isla.

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.

SAN BARTOLO DE LA GALGA, ENTREGA A ENTREGA

  • San Bartolo, el alma de La Galga (I): el lugar, el barranco y el origen de un nombre
  • San Bartolo, el alma de La Galga (II): cinco siglos de obras, limosnas y pleitos
  • San Bartolo, el alma de La Galga (III): el pueblo que compró su tierra y levantó su plaza
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  • San Bartolo, el alma de La Galga (V): el santo del cuchillo y la cadena de ceniza del volcán
  • San Bartolo, el alma de La Galga (VI): el perro maldito y la noche en que el demonio sale a pasear (esta entrega)
  • San Bartolo, el alma de La Galga (VII): la fiesta, el arco y la leyenda del Salto del Enamorado
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Colaboración de José Guillermo Rodríguez Escudero para El Faro de La Palma. Fotografías cedidas por el autor.

Tags: Ermita de San BartoloméJosé Guillermo Rodríguez EscuderoLa Galgala palmaPerro MalditopuntallanaSan Bartolo de La Galgasan bartolomé
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