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Santa Cruz de La Palma: donde la historia se enrama cada mayo (I)

by José Guillermo Rodríguez Escudero
abril 23, 2026
in Cultura, La Palma
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Santa Cruz de La Palma: donde la historia se enrama cada mayo (I)
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Por José Guillermo Rodríguez Escudero

El historiador José Guillermo Rodríguez Escudero abre un reportaje en dos partes sobre las Cruces de Mayo en Santa Cruz de La Palma: origen, devoción y arte.

Raíces históricas y significado de la Santa Cruz

Cada tres de mayo, la ciudad de Santa Cruz de La Palma revive una de sus celebraciones más antiguas y significativas, en la que historia, religión y tradición se entrelazan de forma inseparable. Esta fecha no solo marca la festividad de la Santa Cruz —símbolo esencial del cristianismo—, sino también el recuerdo de la fundación de la ciudad, atribuida al Adelantado Alonso Fernández de Lugo en el año 1493, coincidiendo precisamente con esta jornada. No obstante, algunos cronistas han planteado versiones alternativas, situando el final de la conquista en fechas anteriores, lo que añade matices al relato histórico. Por ejemplo, fray Juan de Abreu y Galindo establece 1490 como año del fin de la contienda bélica.

Más allá de la exactitud cronológica, lo cierto es que la elección del día no fue casual. La cruz, cuyo término procede del latín crux, crucis, representa el instrumento del martirio de Jesucristo y, a la vez, el eje central de la fe cristiana, al reflejar el triunfo de su resurrección. Su simbolismo trasciende lo religioso para convertirse en un elemento identitario profundamente arraigado en la cultura palmera. Desde sus orígenes, la ciudad —denominada inicialmente Villa de Santa Cruz— adoptó este emblema como símbolo espiritual y social, dando lugar a una celebración anual que conmemora tanto el nacimiento de la urbe como su vocación cristiana.

Con el paso de los siglos, esta festividad ha evolucionado sin perder su esencia. Cada año, la ciudad se transforma en un escenario donde la historia se hace visible a través de sus calles, sus cruces y sus gentes. En 2026 se celebra el 533 aniversario de la fundación, lo que demuestra la continuidad de una tradición que ha sabido adaptarse a los tiempos sin renunciar a sus raíces.

Devoción, rituales y memoria populares

La celebración de la Santa Cruz en La Palma no puede entenderse sin el papel fundamental de las instituciones religiosas, especialmente desde el siglo XVI. La Cofradía de la Vera Cruz, una de las más antiguas e importantes de Canarias, fue clave en la consolidación de los actos litúrgicos vinculados a esta festividad. Fundada en el convento franciscano de la capital bajo bula papal de Paulo III en 1558, tenía entre sus funciones la organización de ceremonias dedicadas a la exaltación de la cruz. Así, entre sus cometidos estaba la celebración de la fiesta de la «Invención de la Santa Cruz, misa cantada, de la Cruz, todos los viernes del año, y la Benedicta los viernes de cuaresma por la tarde».

Entre estas prácticas destacaban los Vía Crucis procesionales, en los que la comunidad religiosa y el pueblo recorrían distintos puntos de la ciudad en actitud de recogimiento y penitencia. Estas manifestaciones no solo tenían un carácter espiritual, sino también social, ya que reunían a numerosos fieles en torno a una sentida experiencia común. En este contexto, surgieron costumbres como la participación de penitentes vestidos con túnicas moradas, algunos de los cuales ocultaban su identidad bajo el anonimato de la vestimenta.

Este ambiente dio lugar también a relatos y leyendas que han pasado a formar parte del imaginario de la ciudad. Uno de los más conocidos es el de la Cruz de los Pasitos, asociado a un crimen pasional ocurrido durante una de aquellas procesiones. Efectivamente, ese episodio tuvo como protagonista a un enamorado celoso, disfrazado de penitente en esa procesión hacia la ermita de El Planto, que mató a su prometida, hundiéndole un puñal «hasta el pomo en el corazón». En memoria de aquel trágico suceso, en el mismo sitio que se perpetró el crimen, colocaron al día siguiente una cruz, «y todavía el caminante al pasar por aquel sitio murmura una oración».

Casos similares, como el asesinato de un ilustre ciudadano a comienzos del siglo XX, reforzaron la costumbre de levantar cruces como símbolo de recuerdo y recogimiento. Así, todavía se encuentra, también en los Pasitos, una cruz con una lápida que reza: «Aquí murió alevosamente asesinado en la noche del 23 de septiembre de 1906 el ilustre abogado e hijo de esta ciudad, don Siro González de las Casas». Otro homicidio en el mismo lugar —hace 120 años— por cuestión de celos, unos dicen amorosos y otros dicen económicos… y nuevamente, otra cruz como recuerdo de un sangriento suceso.

Paralelamente, la devoción a la cruz se manifestó en la conservación de reliquias sagradas, como fragmentos del llamado Lignum Crucis, presentes en distintos templos de la isla. Estas piezas —reliquias verdaderas del Santo Madero donde fue crucificado Jesucristo—, veneradas en fechas señaladas como el Viernes Santo o el propio 3 de mayo, «en que se acostumbra hacer procesión con ella hasta la Cruz de la Pasión», subrayan la importancia espiritual de la festividad y su conexión con la tradición cristiana, tal y como lo expresaba el canónigo Luis Van de Walle y Carballo en el Diario de Avisos del 11 de abril de 1963.

En total, La Palma posee tres fragmentos de la Cruz con su «auténtica» (certificado de autenticidad): una en el Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, otra en la Capilla de la Venerable Orden Tercera (hoy Orden Terciaria Franciscana) —templos de la capital palmera—, y la última en la parroquial de San Pedro de Breña Alta.

Era frecuente que los caballeros fundasen capellanías en honor a la Santa Cruz, entre otras muchas advocaciones. Tal es el caso del capitán Felipe Poggio Monteverde, hermano del célebre Juan Bautista («afamado poeta y benemérito sacerdote»), en cuyo testamento agregó a la capellanía familiar «otras dos misas rezadas más al año, la una el día de la Santa Cruz y la otra el de San Pedro Apóstol». El escribano público Andrés de Huerta «autorizó ambas fundaciones, en 25 de abril de 1723».

La estética de la tradición: cruces, altares y mayos

Uno de los aspectos más singulares y visualmente impactantes de esta celebración es el arte de engalanar las cruces. Repartidas por toda la ciudad, estas se convierten en auténticos altares efímeros cuidadosamente decorados. Cada año, los vecinos renuevan las telas que las cubren, añaden flores, plantas, joyas, banderas y todo tipo de elementos ornamentales, creando composiciones que combinan creatividad, devoción y sentido estético.

Esta práctica no responde únicamente a un impulso decorativo, sino también a una tradición profundamente arraigada en la vida de un pueblo orgulloso como el nuestro. Familias y barrios enteros participan en la preparación de sus cruces, compitiendo amistosamente por lograr la más vistosa o original.

No sólo se adornan las que se encuentran apostadas en los exteriores, descansando sobre las paredes, en azoteas, en encrucijadas, rematando fachadas, balcones, recordando accidentados u obras finalizadas sin muertes, etc., sino también en los interiores de algunas casas.

En el pasado, especialmente en los hogares más acomodados, estas decoraciones alcanzaban un alto grado de ostentación, incorporando objetos de gran valor y organizando incluso celebraciones sociales en torno a ellas. En los grandes salones se programaban bailes y se organizaban fiestas muy animadas con familiares, vecinos y amigos.

A esta riqueza visual se sumaban los «mayos», figuras elaboradas con materiales sencillos como trapos, papel o paja, que representan escenas cotidianas, personajes populares o situaciones satíricas. Estos muñecos, colocados estratégicamente alrededor de las cruces o en distintos puntos de la ciudad, aportan un toque lúdico y narrativo a la festividad. Su origen se remonta a antiguas tradiciones europeas vinculadas al mes de mayo, aunque en La Palma han adquirido características propias.

Antiguamente era más común que los mayos fueran rellenos de paja o pinillo, pero con la evolución de los tiempos y de los materiales, esta tradición ha ido perdiéndose. Ahora se rellenan con guatas, periódicos, trapos, muselina, papel, etc., calzándose con zapatos viejos. Antes se teñía el pelo de soga con cochinilla o con pastillas usadas para colorear la ropa, pero ahora se hace de hilo, etc.

Se empezaban a reunir los trapos por el mes de abril, en zonas de la capital como Cajita Blanca, Timibúcar, Baltasar Martín, San Telmo, La Encarnación…, y cada familia hacía un mayo al que caracterizaban de acuerdo a un gusto muy particular: se le daba la forma de un vecino simpático que tuviera alguna anécdota o famoso por cualquier circunstancia… y se colocaba el primero de mayo, no como ahora, que se ponen en la víspera de la Cruz.

Así, por ejemplo, un año se hizo en la Barriada del Pilar un mayo que imitaba al famoso Julián Gotera, con su transistor y su bata azul, que salía de una alcantarilla… un simpático y querido personaje ya fallecido pero muy conocido por todos en esta capital. En el año 1999, en la asociación Zeloy de la Barriada de las Nieves, como nos recuerda la que fue su presidenta, Marina Duque, se hizo un homenaje a la lucha canaria con 180 mayos, con los que también se adornaron las calles, las plazuelas y los balcones; y así un largo etcétera.

Esta costumbre se pierde en el recuerdo, aunque la realización de este tipo de muñecos es muy frecuente en lugares de la Península y Portugal. En La Palma también se halla algún ejemplo puntual y suelto en Las Breñas, Mazo y en Tazacorte.

El investigador tinerfeño Cirilo Velázquez Ramos compara los mayos palmeros con «los homónimos de la isla de Terceira (Azores) y de Machico (Madeira)». La confección y los temas elegidos son muy similares a los de La Palma, si bien los mayos, que en aquellas islas se colocan el uno de mayo (como aquí antes), no están relacionados «como los palmeros con la cruz».

Originalmente, estos peleles se colocaban estratégicamente durante la madrugada del primero de mayo, «detrás de la puerta en forma conveniente para que al entrar en la casa el visitante cayese encima de este». Había un dicho antiguo que manifestaba: «quien no se levanta temprano, el primero de mayo, se le mete el mayo por el… (trasero)». También se oía decir que «si no nos levantamos temprano, nos pasamos el mes de mayo, desmayados».

José Pérez Vidal (1907-1990), erudito folclorista palmero, escribía: «En la tradición oral, han sobrevivido como recuerdos, posiblemente relacionados con las fiestas mayas en los pasados siglos, las prácticas de los peleles llamados mayos y la madrugada del primero de este mes, para que no se «meta mayo» en el cuerpo».

La investigadora llanense María Victoria Hernández Pérez informaba en su estudio sobre las fiestas y tradiciones de La Palma de que «lo de madrugar se seguía con todo rigor y cuidado. El día de la víspera se acostaba a la hora de las gallinas para levantarse a medianoche. Si estaban dormidos al entrar el mes de mayo, este se les metía en el cuerpo —se les «metía mayo»— y las consecuencias no podían ser más desagradables; todo el mes estaba el dormilón destemplado de la barriga».

Viene siendo habitual, desde hace ya unos años, la exposición de una gran cantidad de mayos y adornos a lo largo de la conocida como Calle del Tanque, en el Barrio de San Telmo y en la antigua Barriada de Pescadores. Lamentablemente, ha dejado de hacerse en el Camino del Velachero. Una magnífica decoración muy típica, muy nuestra que ha sido copiada en otros muchos lugares de nuestra bellísima ciudad y su extrarradio.

En tiempos pasados, la celebración incluía también representaciones teatrales conocidas como loas —popularmente «lobas»—, en las que mediante ingeniosos mecanismos escénicos se hacía «aparecer» la cruz ante el público. Con alguna rara excepción, la aparición con tramoyas ya no se realiza, lamentablemente.

El etnógrafo Pérez Vidal —en un número especial de Diario de Avisos en 1945 con motivo de las Fiestas Lustrales— destacaba con énfasis: «si la cruz es con aparición, el gentío que se reúne y se apretuja a presenciarla es enorme. Las más sencillas transfiguraciones, cualquier simple cambio de apariencia, entusiasma al soñador pueblo isleño, amigo de fugarse de la realidad».

Se cree que esta exquisita puesta en escena es una derivación de los fastuosos autos sacramentales barrocos que han perdurado a través de los tiempos y que se han transformado adaptándose a las nuevas formas y pasando de los cultos e ilustrados autores de los impresionantes carros triunfales y loas que se representaban en la capital de La Palma, al pueblo llano quien lo ha interpretado de estas ingeniosas maneras.

Aunque esta práctica ha desaparecido en gran medida, ha sido sustituida por los llamados «cuadros plásticos», composiciones estáticas que recrean escenas bíblicas o costumbristas. Estas manifestaciones reflejan la capacidad de la tradición para reinventarse, manteniendo viva su esencia a través de nuevas formas de expresión.

En la segunda y última entrega del reportaje, José Guillermo Rodríguez Escudero recorrerá los espacios y caminos sagrados de la ciudad, analizará las celebraciones contemporáneas y reflexionará sobre la continuidad de una identidad colectiva forjada cada mayo durante 533 años.

Tags: culturajose guillermo rodriguez escuderola historialas crucesLos Mayossanta cruz de la palma
José Guillermo Rodríguez Escudero

José Guillermo Rodríguez Escudero

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