OPINIÓN · CRÓNICA DE LA PALMA
La Virgen y el Diablo: la lucha entre el Bien y el Mal que Tijarafe repite cada 8 de septiembre
María Victoria Hernández Pérez recorre la historia y la leyenda de la suelta del Diablo en las fiestas de Nuestra Señora de la Candelaria de Tijarafe, declarada Bien de Interés Cultural en 2007.
Continúa molestando a las personas mayores de Tijarafe que a sus fiestas «grandes» se les haya llamado en los últimos años, popularmente, «fiesta del diablo». La tijarafera Rosa Castro, nacida en 1925, lo explicaba así: «Eso de fiestas del diablo se lo pusieron los que venían de fuera; para nosotros son las fiestas de la Virgen». La imagen flamenca del siglo XVI de la Virgen de la Candelaria es el centro devocional de las fiestas de septiembre, patrona y alcaldesa honoraria de Tijarafe.
Según la tradición, la víspera de la Natividad de la Virgen (8 de septiembre) el diablo deambula libre y suelto: esa noche Satanás tiene el albedrío para recorrer el mundo, antes de que naciera la que le aplastaría la cabeza con sus sagrados pies. La lucha se desarrolla entre bramidos y estruendos infernales. Al final vence el Bien —la Virgen— y el Mal —el diablo— escapa despavorido por la plaza que circunda el templo.
Lamentablemente se ha perdido otra vieja costumbre cargada de simbolismo y también digna de ser recuperada: una vez derrotado el diablo, su figura maltrecha y humeante se depositaba delante de la puerta de la iglesia, a modo de homenaje y reconocimiento al triunfo divino de la Virgen. En los mismos umbrales del templo, que no logró traspasar, yacía el Mal vencido, y los asistentes se regocijaban de la victoria de la Virgen sobre Satanás.

La suelta del diablo
La gente, embelesada en la verbena de la madrugada del 8 de septiembre, espera con impaciencia en la plaza de Candelaria, junto a la iglesia, la irrupción del diablo, que llega sigilosamente. Luego estalla en fuego y colores, en estruendo, música y olores de fiesta, mientras un cortejo de peculiares mascarones danza entremezclado con el público. Cientos de voladores y fuegos artificiales de todo tipo van saliendo de su cuerpo, antaño de lata y ahora de fibra, pintado de negro. Dentro, un experto voluntario tijarafero lo baila al son de la misma orquesta que animaba la verbena. Todo son carreras. Sin embargo, el diablo no logra vencer: una vez quemada la cabeza, termina apagado en su totalidad y emprende la huida. Un año más, la Virgen ha triunfado sobre el mal.

De Cataclismo al armazón de madera y cañas
Los orígenes más remotos del diablo, según investigaciones de José Luis García Francisco, datan de las primeras décadas del siglo XX y están ligados a un personaje llamado Cataclismo. Posteriormente, los tijaraferos Antonio Cruz, Pedro Brito y Orosio Martín crearon el diablo, bailándolo por primera vez a comienzos de los años veinte. El armazón era de madera y cañas, forrado con tela de sacos y sujeto por arcos, recubriéndolo con una lechada de cal para protegerlo del fuego. Más tarde llegó el pelele Sinforiano, una figura humana sobre un barril que permanecía fija en el suelo, desde la cual una persona movía por medio de unos hilos la mano de Sinforiano y, aprovechando una bengala que llevaba en la boca, iba prendiendo los voladores colocados en cada dedo, para concluir con una gran descarga de los situados en su cabeza.
El diablo, de mediados del siglo XX a hoy
En la posguerra comienzan a publicarse programas de mano de los festejos de Nuestra Señora de Candelaria recogidos por la prensa insular. En el programa de 1941 figura un enigmático «juegos cómicos organizados por la Comisión de Fiestas», sin que se especifique este número festivo, y en los años 1943 y 1944 no hay referencia alguna al acto. En los festejos de 1949 y 1950 pudiera estar el diablo muy escondido en la programación: en 1949 figura entre los regocijos populares «cabezudos y sorpresa pirotécnica», y en 1950 una «verbena popular amenizada con una afamada orquesta, con sorpresa a la mitad de la misma». Esa «sorpresa» debe ser nuestro personaje. En opinión de la autora, el momento sociopolítico, profundamente religioso, pudo ser el causante de que los eruditos locales evitaran especificar expresamente el nombre popular de Satanás, diablo.
A mediados de los años 50 la sociedad fue cambiando y los conceptos religiosos fueron teniendo una lenta apertura. La primera reseña documental concreta del diablo que conocemos la publica el periódico Diario de Avisos el 4 de septiembre de 1957: en primera página, el rotativo publica un resumen de los festejos organizados por la comisión, destacando la «presentación del tradicional “diablo”». Por un lado habla de «presentación» y por otro lo califica de «tradicional»: si en ese año ya era considerado tradicional, debió estar presente en los festejos con anterioridad. En años posteriores, como 1959, figura simplemente «tradicional diablo», y en los años 60 se continúa con el mismo calificativo por parte de la comisión de fiestas, mientras las crónicas de los corresponsales, en tono jocoso y un punto despectivo, hablaban del «desfile de gigantes y cabezudos, que como en años anteriores se verán acompañados por la excéntrica figura del “diablo”» (Diario de Avisos, 7 de septiembre de 1967).

En la década de los años 60 el diablo participaba en dos ocasiones en las mismas fechas. Según algunos informantes, en alguna ocasión acompañó a la Virgen en su recorrido procesional en la tarde-noche del 8 de septiembre. Documentalmente consta que en 1965 y 1967, el 7 de septiembre a las 24 horas, tenía lugar el «desfile de gigantes y cabezudos acompañados del tradicional “diablo”», y el día 8, una vez terminada la solemne procesión de la Virgen, con cuadro plástico y fuegos artificiales, «se repite el desfile de gigantes y cabezudos con el “diablo”» a las 23 horas. Es de suponer que, en menos de 24 horas, la carcasa de la figura no debía estar «minada» de fuegos artificiales para el segundo desfile, y pudiera corresponder al llamado «diablo de los niños»: según información verbal, los niños y jovencitos tijaraferos llegaron a «bailar el diablo, una vez quemado», bien pudiera tratarse de esa segunda «suelta» de 1965 y 1967. Un episodio, dice la autora, digno de tener en cuenta y estudiar su recuperación.
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La Virgen y la suelta o danza del Diablo en Tijarafe convocan cada año a miles de personas alrededor de un pensamiento común: la lucha, eterna y milenaria, entre el Bien y el Mal.
María Victoria Hernández Pérez

Bien de Interés Cultural desde 2007
Por méritos sobrados y por el arraigo y la defensa de un pueblo hacia sus tradiciones, la suelta del diablo de Tijarafe recibió en el año 2007 el reconocimiento de declaración de Bien de Interés Cultural (BIC), un reconocimiento que sitúa a esta fiesta entre el patrimonio inmaterial más valioso de la isla.
SOBRE LA AUTORA
María Victoria Hernández Pérez es cronista oficial de la ciudad de Los Llanos de Aridane (2002), miembro de la Academia Canaria de la Lengua (2009) y de la Real Academia Canaria de Bellas Artes San Miguel Arcángel (2009). Colabora habitualmente con El Faro de La Palma con crónicas sobre el patrimonio, la historia y las tradiciones de la isla.
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