viernes, agosto 28, 2026
El Faro de La Palma
  • La Palma
  • Municipios
  • Deportes
  • Cultura
  • Canarias
  • El Mundo
  • Opinión
  • España
  • La Palma
  • Municipios
  • Deportes
  • Cultura
  • Canarias
  • El Mundo
  • Opinión
  • España
No Result
View All Result
El Faro de La Palma
No Result
View All Result

Recuerdos que me sostienen XVI · El patio de Angelita, los almendreros y los calderos que brillaban al sol

by Mauro Castro
junio 7, 2026
in Cultura, Opinión
0
Recuerdos que me sostienen XVI · El patio de Angelita, los almendreros y los calderos que brillaban al sol
0
SHARES
224
VIEWS
Share on FacebookShare on Twitter

OPINIÓN · RECUERDOS QUE ME SOSTIENEN

Recuerdos que me sostienen XVI · El patio de Angelita, los almendreros y los calderos que brillaban al sol

Decimosexta entrega de la serie de Mauro Castro. Un regreso a los tablados del norte de La Palma a través del patio de Angelita, en Franceses: los almendreros que cambiaban con las estaciones, la cocina de humo y leña, y el ritual de unos calderos que ella frotaba con ceniza hasta dejarlos brillando como el cielo.

Tengo una obsesión con unas construcciones que sobreviven dispersas por el norte de la isla. Casas humildes de piedra, barro y tea que aquí conocemos como tablados. Pequeñas joyas de arquitectura popular que durante generaciones dieron cobijo a nuestros abuelos y bisabuelos, y que hoy, poco a poco, se van desdibujando bajo la maleza, el olvido y esa extraña costumbre que tenemos de valorar más lo nuevo que aquello que nos hizo ser quienes somos.

Quizá mi cariño por ellas tenga que ver con el patrimonio. O quizá con la memoria.

Porque fue precisamente en sus patios donde forjé buena parte de mi infancia. Entre aquellas paredes de piedra aprendí historias, silencios, costumbres y formas de vivir que hoy apenas sobreviven en los recuerdos de quienes las conocieron.

La casa de Concepción, la del tío Martín, la de Marcela, Las Mercedes, Tomasa, Marcial, el tío Cervando…

Y la de Angelita.

A ella llegaba casi a diario. A veces de paso camino del patio del tío Cervando. Otras rumbo a casa de Basilio. Y muchas simplemente porque sí, porque había lugares que ejercían sobre mí una atracción difícil de explicar.

Un patio que lo tenía todo

Su tablado tenía todo lo que a un niño podía fascinarle.

Un patio ancho, empedrado con piedras lisas y brillantes que parecían pulidas por siglos de pasos. Un muro de piedra que hacía de balcón sobre el barranco. Dos enormes almendreros que transformaban el lugar con el paso de las estaciones; primero cubiertos de flores blancas y rosadas, luego vestidos de hojas que regalaban sombra y frescor.

Corrales con unas cabras y un cochino. Y al fondo, la cocina.

Aquella pequeña construcción de la que siempre escapaba una fina columna de humo y un olor imposible de olvidar.

Porque hay aromas que uno no vuelve a encontrar jamás.

No era solamente comida.

Era paciencia. Era hogar. Era cariño convertido en puchero. Era el olor de una generación que cocinaba sin prisas porque sabía que las mejores cosas de la vida necesitaban tiempo.

Angelita solía estar allí.

Nunca fue una mujer de grandes conversaciones. Al menos no conmigo. Pero tampoco parecía incomodarle mi presencia.

Yo la observaba. Ella me dejaba hacerlo.

Y entre ambos se establecía una especie de entendimiento silencioso.

Tenía una bondad tranquila, de esas que no necesitan demostrarse. Sonreía poco, pero cuando lo hacía parecía que aquella sonrisa guardaba más historias de las que llegaría a contar nunca.

A veces pienso que ambos nos estudiábamos mutuamente.

Yo intentando descifrar el misterio de aquella mujer.

Ella preguntándose quizá qué buscaba aquel niño que aparecía cada día sin motivo aparente.

El ritual de los calderos

Pero si había una escena que me fascinaba era verla lavar los calderos. Todavía puedo verla.

Sacaba aquellas enormes ollas ennegrecidas por años de fuego de leña y las colocaba junto al muro, bajo la sombra del almendrero grande. Entonces comenzaba el ritual.

Cogía ceniza del propio fuego que las había tiznado y, con un trapo relleno de aquella ceniza, empezaba a frotar.

Yo observaba maravillado.

Poco a poco el negro desaparecía. El metal recuperaba la vida. La suciedad se rendía.

Y aquellas ollas terminaban brillando tanto que casi devolvían el reflejo del cielo.

Cuando acababa, las colgaba de las ramas del almendrero para que secaran al aire.

Y yo me marchaba. Sin despedidas. Sin ceremonias.

Simplemente seguía mi camino.

Porque ambos sabíamos que volvería. Tal vez aquella misma tarde. Tal vez al día siguiente. Tal vez la semana siguiente.

Pero volvería.

Hoy la casa apenas se adivina entre la vegetación. La maleza ha ido cubriendo los muros. Las tablas se cansaron de resistir.

El tiempo ha hecho lo que sabe hacer mejor: continuar avanzando.

Y sin embargo, cada vez que paso por Franceses, me detengo unos segundos frente a ella. La contemplo.

Y siento que bajo aquellas enredaderas siguen viviendo todos los recuerdos.

El patio. Los almendreros. La cocina. El humo. Los calderos brillando al sol. Y Angelita.

Entonces no puedo evitar hacerme siempre la misma pregunta.

«

¿Cómo hemos llegado a llamar progreso a un mundo capaz de abandonar aquello que durante siglos nos dio identidad?

»

Porque quizá el verdadero patrimonio no sean las piedras, ni las maderas, ni los tejados.

Quizá el verdadero patrimonio sea la memoria que habita dentro de ellos.

Y cuando dejamos morir una casa como esta, no perdemos solamente una construcción.

Perdemos una forma de vivir. Una forma de mirar. Una forma de querernos.

Y eso, por muy moderno que sea el mundo que construyamos después, no hay cemento capaz de devolverlo.

SOBRE EL AUTOR

Mauro Castro (Franceses, Garafía) firma en El Faro de La Palma la serie «Recuerdos que me sostienen», una crónica íntima y coral del norte palmero a través de sus vecinos, sus patios y sus oficios. Cada entrega es un homenaje a quienes hicieron de su infancia un hogar.

MÁS ARTÍCULOS DE MAURO CASTRO EN EL FARO

  • Recuerdos que me sostienen XV · La gallofa, cuando las cuentas se llevaban en el corazón
  • Recuerdos que me sostienen XIV · Valera, la vecina que fue Reyes Magos todo el año
  • Recuerdos que me sostienen XIII · El patio de mi bisabuelo José Rocha, el cartero de los barrancos
  • Recuerdos que me sostienen XII · El Camino Real, los patios y los bordados que me enseñaron a mirar con el alma
  • Recuerdos que me sostienen XI · Las moras, los albaricoques y el silencio de José Antonio
Tags: Francesesgarafiamauro castroMemoria palmeraPatrimoniorecuerdos que me sostienenTablados
Mauro Castro

Mauro Castro

Next Post
El alisio vuelve a mandar este domingo: nubes y alguna llovizna al final del día en el norte y el este, y sol en Aridane

El alisio vuelve a mandar este domingo: nubes y alguna llovizna al final del día en el norte y el este, y sol en Aridane

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cabildo de La Palma - Transformamos La Palma con el FDCAN 2026
Fiestas de Nuestra Senora de Candelaria 2026 - Ayuntamiento de Tijarafe - 17 agosto al 8 septiembre
Proyecto LIBERA Publicidad
Burger Fest Canarias 2026 - Parking Recinto Portuario, Santa Cruz de La Palma - 4, 5 y 6 de septiembre
  • Aviso legal
  • Política de privacidad
  • Política de cookies

© 2026 El Faro de La Palma. Todos los derechos reservados..

No Result
View All Result
  • La Palma
  • Municipios
  • Deportes
  • Cultura
  • Canarias
  • El Mundo
  • Opinión
  • España
Contacto

© 2026 El Faro de La Palma. Todos los derechos reservados..