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Recuerdos que me sostienen XII · El Camino Real, los patios y los bordados que me enseñaron a mirar con el alma

by Mauro Castro
mayo 10, 2026
in Cultura, Opinión
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Recuerdos que me sostienen XII · El Camino Real, los patios y los bordados que me enseñaron a mirar con el alma
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OPINIÓN · RECUERDOS QUE ME SOSTIENEN XII

El Camino Real, los patios y los bordados que me enseñaron a mirar con el alma

Mauro Castro recorre, en la duodécima entrega de «Recuerdos que me sostienen», el Camino Real de Franceses: los partidos de pelota junto a la huerta de Florentino, Ana Luisa custodiando su frontera, las mujeres bordando en las aceras y los domingos en los que el barrio entero se convertía en una conversación enorme.

Creo que no quedó un patio en Franceses que no visitara durante mi infancia.

Y ahora, cuando echo la vista atrás, comprendo que en realidad no iba solo a jugar, ni a curiosear, ni siquiera a buscar compañía. Iba aprendiendo a mirar.

Pero no a mirar con los ojos. Eso vino después.

Aquellos patios me enseñaron a mirar con el alma. A observar sin juzgar. A quedarme quieto escuchando conversaciones que apenas entendía, a descubrir que cada casa tenía un olor distinto, un silencio distinto, una manera distinta de reír y de sufrir.

Y entre todos aquellos patios hubo uno que era más que un patio. Era el corazón del barrio. «El Camino Real».

Una arteria viva

Aquel tramo ancho y empedrado que atravesaba Franceses como una arteria viva, uniendo casas, familias, historias y generaciones enteras. Hoy pienso en él y no logro recordarlo vacío nunca. Siempre había alguien. Siempre ocurría algo.

Para nosotros era, sobre todo, territorio de juegos.

En un pequeño ensanche al que llamábamos «el valle», jugábamos interminables partidos de pelota. Allí se decidían campeonatos imaginarios, se discutían goles imposibles y se hacían amistades eternas… aunque el verdadero problema no era perder el partido.

Ana Luisa, la frontera; Florentino, la expedición

El verdadero peligro era la puntería traicionera de la pelota. Porque en uno de los lados estaba la huerta de Florentino y el patio de Ana Luisa. Y parecía que la pelota tuviera querencia por acabar precisamente allí.

Ana Luisa nos vigilaba desde detrás de una ventana, silenciosa, como quien custodia una frontera. Si la pelota caía en su terreno, muchas veces podíamos darla por perdida. Allí quedaba, retenida como castigo por nuestras voces y carreras.

Con Florentino era distinto. Si él no estaba, entrábamos a buscarla, aunque aquello acababa convirtiéndose en una expedición. La pelota desaparecía entre las calabaceras, bajo las matas de papas o perdida entre la cebada, mientras nosotros dejábamos la huerta trillada de tanto correr y buscar.

Nosotros perdíamos una pelota. Florentino perdía media huerta.

Y aun así… al día siguiente volvíamos a jugar. Porque la vida estaba allí.

Las aceras, los hombres y el dominó

En aquellas aceras donde los hombres parecían sostener el mundo sobre conversaciones interminables. Sentados frente a las tiendas, discutían de cosechas, de ganado, del tiempo, de política en voz baja, de barcos, de enfermedades, de vecinos y milagros. Algunos con un vaso de vino en la mano, otros con cartas o fichas de dominó, todos con esa calma antigua de quien no necesitaba mirar un reloj para saber que el día estaba pasando.

Las mujeres bordaban futuro

Las mujeres ocupaban otro territorio. Las recuerdo sentadas con las almohadillas sobre el regazo, bordando mientras hablaban. Y qué misterio me parecía aquello. Sus manos se movían casi sin mirar, rápidas, precisas, mientras las conversaciones iban y venían como el viento. Reían, comentaban, aconsejaban, callaban de golpe cuando pasaba alguien… y luego seguían.

«

Hoy pienso que no solo bordaban manteles o sábanas. Bordaban futuro. Bordaban la vida misma puntada a puntada.

»

MAURO CASTRO

Yo las observaba fascinado. Y alrededor de ellas giraba el barrio entero.

Los mozos aprovechaban para rondar. Pasaban una vez… luego otra… fingiendo casualidad, peinados y erguidos, esperando arrancar una sonrisa a alguna muchacha. Y ellas, que parecían no mirar, lo veían todo.

Mientras tanto, nosotros pertenecíamos a todas partes. Éramos dueños del Camino Real.

Corríamos de una casa a otra, entrábamos y salíamos de patios ajenos como si fueran nuestros, bebíamos agua en cualquier cocina, desaparecíamos durante horas y regresábamos únicamente cuando una voz nos llamaba desde lejos usando el nombre completo, esa señal inequívoca de que convenía aparecer rápido.

Los domingos: Franceses, una conversación enorme

La semana tenía su propio ritmo. Por las mañanas el camino se llenaba de niños rumbo al colegio. Por las tardes, de mujeres bordando y hombres descansando el peso de las jornadas. Y los domingos…

Ah, los domingos eran otra cosa.

Después de misa, el barrio entero parecía echarse al camino. Las casas se abrían, las visitas iban y venían, las tiendas se llenaban, y Franceses entero se convertía en una conversación enorme.

Los hombres por un lado. Las mujeres por otro. Y nosotros…

Nosotros en todas partes.

Saltando de patio en patio, escuchando historias a medias, oliendo café recién hecho, sintiendo el sonido de las fichas del dominó golpeando las mesas, mirando aquellos rostros curtidos que entonces nos parecían eternos. Y quizá lo sean.

Porque hay personas que nunca se marchan del todo mientras alguien siga recordando cómo se sentaban al sol, cómo reían, cómo caminaban por aquel empedrado.

La escuela del Camino Real

A veces pienso que mi verdadera escuela no estuvo solo en aquel aula de Don Pepe. Estuvo aquí. En el Camino Real. En los patios. En las aceras llenas de vida. En las conversaciones que no entendía pero que se me quedaron grabadas para siempre.

Porque sin darme cuenta, mientras jugaba, mientras observaba, mientras preguntaba y molestaba con mi curiosidad de niño…

Franceses me estaba enseñando a ser quien soy.

Las once entregas anteriores de la serie

Si llegas hoy a esta serie, aquí están los once capítulos previos:

  1. Recuerdos que me sostienen (I) — el comienzo de la serie.
  2. Recuerdos que me sostienen (II) — Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar.
  3. Recuerdos que me sostienen (III).
  4. Recuerdos que me sostienen (IV).
  5. Recuerdos que me sostienen (V) — El patio de doña Rosario.
  6. Recuerdos que me sostienen (VI) — Concepción y su casa.
  7. Recuerdos que me sostienen (VII) — Mi bisabuelo, el cartero de los barrancos.
  8. Recuerdos que me sostienen (VIII) — Manual de madres (edición irrepetible).
  9. Recuerdos que me sostienen (IX) — Un homenaje a quienes hicieron de su infancia un hogar en Franceses.
  10. Recuerdos que me sostienen (X) — El patio infinito de Isabel y Benigno.
  11. Recuerdos que me sostienen (XI) — Las moras, los albaricoques y el silencio de José Antonio.

SOBRE EL AUTOR

Mauro Castro firma en El Faro de La Palma la serie «Recuerdos que me sostienen», una colección de estampas de la infancia palmera y la memoria del barrio de Franceses, en Garafía.

Fuente: artículo original de Mauro Castro. Cesión exclusiva a El Faro de La Palma.

Tags: bordadosCamino RealFrancesesgarafiahistoria de la palmainfanciamauro castromemoriaPatiosrecuerdos que me sostienen
Mauro Castro

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