OPINIÓN · RECUERDOS QUE ME SOSTIENEN
Recuerdos que me sostienen XV · La gallofa, cuando las cuentas se llevaban en el corazón
Decimoquinta entrega de la serie de Mauro Castro. Una vuelta a las huertas de Los Mosquitos para recordar la gallofa —aquella forma de ayudarse entre vecinos que sostuvo el barrio—, las papas cavadas antes de la lluvia, los conejos hirviendo en la cueva y la promesa silenciosa de devolver el favor.
Dicen que los tiempos cambian. Y es verdad.
Sería injusto negar que muchas de esas transformaciones han mejorado nuestra vida. Hoy vivimos con más comodidades, más recursos y menos sacrificios que quienes nos precedieron. Pero cuando echo la vista atrás, hay algo que siento que hemos ido perdiendo por el camino. Algo que no se compraba, ni se heredaba, ni se podía guardar en una cuenta bancaria.
La sensación de pertenecer los unos a los otros.
En mi infancia había una palabra que sostenía buena parte de la vida del barrio: la gallofa.
Hoy apenas se escucha, pero entonces era casi una forma de entender el mundo. Siempre había alguien que necesitaba ayuda para poner una loza, recoger una cosecha, vendimiar o cavar las papas antes de que llegara la lluvia. Y cuando eso ocurría, no hacía falta convocar a nadie. Bastaba la necesidad para que aparecieran las manos. Muchas manos.
Recuerdo aquellas enormes huertas de mi padre en Los Mosquitos. A mí me parecía que no tenían fin. Mi hermano Moisés, que era mayor, decía tener el paso exacto para sembrar las papas. Yo, más pequeño, tenía el puño justo para echar el guano. Y allí íbamos los dos, cargando baldes remendados, cestos de mimbre y una mezcla de entusiasmo y resignación que solo entienden los niños.
Porque protestábamos. Claro que protestábamos.
Pero el día que algún vecino venía a sustituirnos para ayudar, sentíamos una extraña tristeza. Como si nos estuvieran quitando algo que también nos pertenecía.
La última gran gallofa que recuerdo quedó guardada precisamente en aquellas huertas.
Las papas estaban listas para cavar y el cielo amenazaba lluvia. Había que sacarlas antes de que el agua arruinara meses de trabajo.
Y allí aparecieron.
Vecinos, familiares, compadres, amigos.
Los hombres avanzaban alineados por los surcos, cavando sin apenas levantar la cabeza. Mientras las azadas abrían la tierra, las conversaciones seguían su propio camino. Se contaban historias, se cerraban tratos, se exageraban anécdotas y se arreglaba el mundo entero entre surco y surco.

Detrás íbamos los demás.
Separando las papas grandes de las pequeñas, las sanas de las mancadas, las que irían a la cocina de las que terminarían alimentando al cochino.
Mientras tanto, en la cueva cercana, las mujeres mantenían encendido otro corazón de la jornada. El fuego crepitaba bajo los calderos. Las papas se arrugaban lentamente. Los conejos hervían en sus salsas. El gofio esperaba paciente en el zurrón.
Y alrededor de todo aquello sonaba la vida.
El canto de los mirlos. El vuelo de las palomas rabiche entre los viñátigos. Las risas. Las bromas. Las llamadas de unos a otros.
Hasta que llegaba el momento más esperado.
Un mantel extendido sobre el suelo. La comida compartida. El descanso merecido.
Y aquella sensación maravillosa de saber que nadie estaba allí por dinero.
El único pago era la comida, la compañía y la promesa silenciosa de devolver el favor cuando llegara el momento.
Porque entonces las cuentas no se llevaban en libretas. Se llevaban en el corazón.
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Porque entonces las cuentas no se llevaban en libretas. Se llevaban en el corazón.
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Mauro Castro — Recuerdos que me sostienen XV
Hoy, cuando recuerdo aquellas gallofas, no siento nostalgia únicamente por aquellos días de trabajo en el campo.
Echo de menos algo más profundo. Echo de menos aquella familiaridad que convertía a vecinos en hermanos, a amigos en familia y a los problemas de uno en responsabilidad de todos.
Quizá las gallofas desaparecieron. Quizá muchas huertas quedaron abandonadas.
Pero lo que más lamento que se haya ido perdiendo es aquella certeza de que nunca estábamos solos.
Porque al final, las papas se recogían. Las cosechas terminaban. Las casas se construían.
Pero lo verdaderamente importante era aquello que se cultivaba entre las personas.
Y eso, por desgracia, es lo que más escasea hoy.
SOBRE EL AUTOR
Mauro Castro (Franceses, Garafía) firma en El Faro de La Palma la serie «Recuerdos que me sostienen», una crónica íntima y coral del norte palmero a través de sus vecinos, sus patios y sus oficios. Cada entrega es un homenaje a quienes hicieron de su infancia un hogar.
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