LEYENDAS DE LA PALMA · V
La batalla de Tixuya
Otoño de 1448. El bando de Tixuya y sus aliados emboscan en el Valle a las tropas castellanas del joven Guillén Peraza. De aquella derrota nació una endecha que está entre los primeros poemas recogidos en Canarias.
Desde antes de la mitad del siglo XV, el bando de Tixuya (Tifuya, según las fuentes) estaba gobernado por el jefe local E-Chedey, emparentado con Mayantigo y Tamanca, los jefes de los cantones vecinos, cuyos límites territoriales se habían pactado a fin de respetarse mutuamente los dominios por el pastoreo. Todos los pueblos habían sido testigos de las luchas fratricidas por tal motivo, debido a la escasez de lluvias de aquellos años.
Las incursiones esclavistas
Pero ese no era el principal problema que sufrían los benahoaritas; había algo peor. Las incursiones de mercenarios normandos, primero, y castellanos más tarde, asolaban la isla en busca de bienes, y sobre todo de esclavos, cuyo valor estaba en alza, para venderlos en los mercados de Cádiz, Sevilla o Valencia. Su misión estaba clara: venían a tantear las costas para conquistarla de manera fácil y anexionarla al Señorío que gozaba el Conde Hernán Peraza, gracias a la concesión otorgada por el Rey Juan II de Castilla.

El desembarco en Puerto de Naos
Cierto día de otoño de 1448, fueron a avisar a E-Chedey de que habían desembarcado por las playas de Puerto de Naos (de ahí debe su nombre) dos carabelas, de cuyas naves habían bajado un gran número de aguerridos soldados y muchos otros portando armas peligrosas que lanzaban flechas, las mismas que ya habían visto y sufrido en sus propias carnes el pasado año, cuando se llevaron a algunos de sus hermanos de sangre. Desde la atalaya, los vigías awaras de la costa habían observado cómo bajaban y se dirigían nuevamente hacia el Valle, y les dejaron adentrarse por los barrancos, donde les atacarían con mayor facilidad y éxito. Eran muchos, y debían darse prisa en preparar la defensa.
El jefe E-Chedey, que ya estaba acostumbrado a las tácticas guerreras de aquellas gentes, ordenó que se formaran dos grupos para tenderles la emboscada y terminar definitivamente con todos esos intrusos que, una vez más, arribaban a sus dominios. Alertaría también a sus parientes de los bandos amigos para que les ayudaran, como así fue: ellos acudieron prestos a su llamada. Cada grupo debía colocarse en sitios estratégicos y presentar batalla sin cuartel para no permitir que siguieran avanzando hacia los poblados del interior.
—Chenauco —ordenó el jefe—, debes ponerte al frente de los tuyos; ellos te conocen bien y son muy avezados en lanzar los guijarros que hemos aprovisionado para esta ocasión. Acuérdate, hermano mío, de que nuestras vidas y las de nuestra gente están en peligro; no te rindas jamás. Llévate contigo al valeroso Tinamarcín, que lidera a su pequeño grupo de guerreros; él sabe cómo actuar. Muévete rápido y ponte en el lado derecho de la ladera.
Así se pronunciaba E-Chedey, animando a su hermano y dando prisa ante la amenaza que se cernía sobre ellos. La puesta en marcha de esa movilización ya la tenían ensayada con anterioridad. Y siguió ordenando:

—Tú, Dutynamara, mi fiel servidor, llévate contigo al otro grupo con los que otras veces has peleado; son bravos guerreros en la lucha del palo. Que vayan protegidos con buenas corazas de piel, porque los dardos que lanzan son muy peligrosos. Trata de esquivarlos, que ustedes son los mejores en hacerlo. Yo me quedaré aquí, en lo alto, con unos pocos, viendo el desenlace de la pelea y protegiendo a las mujeres, niños y ancianos. ¡Ánimo, mis valientes! Ya están en camino nuestros aliados Tamanca y Mayantigo con los suyos para ayudarnos. En alerta están los otros bandos amigos.
La batalla
Y así fue. Por suerte, las tropas castellanas no habían avanzado mucho: les dificultaba su pesado armamento y el desconocimiento del terreno, pero también el avanzar con la prudencia de no verse sorprendidas por los nativos. Tenían confianza en esta misión, pues presentaban una mayor capacidad militar frente a unos desgarbados aborígenes mal entrenados, según pensaban ellos. Enseguida se inició la batalla: los castellanos contaban con unos 300 mercenarios bien pertrechados y alrededor de 200 ballesteros sevillanos, venidos expresamente para esta incursión. Estaban comandados por el propio hijo del Conde Hernán Peraza, el joven Guillén, cuyo ardor por demostrar su valía como capitán podía más que su experiencia militar. Había salido bien de otras incursiones anteriores, sorprendiendo a inocentes y jóvenes muchachos mientras pastoreaban sus rebaños. El altivo hidalgo incluso alardeaba de su prepotencia frente a los pobres bimbaches y gomeros, que ya estaban sometidos, y se ensañaba con ellos por cualquier nimiedad. Su insolencia y caprichoso comportamiento los había heredado de su madre, Inés de las Casas y Bethencourt, y de saberse poseedor de su condición de noble.
La batalla fue sangrienta. Por un momento parecía que ganaban la partida gracias a las acertadas flechas de sus ballesteros, pero los benahoaritas, animados por el refuerzo llegado, iban haciendo retroceder poco a poco a los castellanos gracias al ímpetu de los subestimados nativos. Chenauco, herido en el brazo, arremetía con su banot a diestro y siniestro. Lo mismo hacía el experimentado Dutynamara con su grupo. En el suelo yacían malheridos o abatidos algunos tixuyeros, que eran socorridos por varias mujeres guerreras, las cuales solían acudir siempre al frente, ayudando a sus maridos o compañeros. Las benahoaritas se distinguían por participar también en los enfrentamientos, peleando valientemente de igual a igual. No había tregua: se luchaba por la dignidad, por la firme convicción de continuar siendo libres. No permitirían que aquellos invasores se asentaran en Benahoare.
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Se luchaba por la dignidad, por la firme convicción de continuar siendo libres.
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LEYENDAS DE LA PALMA · MANUEL F. HERNÁNDEZ MARTÍN
Aquellas huestes de soldados extranjeros se vieron sorprendidas por la lluvia de piedras que les caía encima sin cesar desde lo alto de los riscos, pero la sorpresa era todavía mayor al ver la fiereza de las aguerridas mujeres, que no retrocedían lo más mínimo. Al rato de empezar, los castellanos ya estaban sufriendo importantes bajas en sus filas. Tras la eliminación de buena parte de sus lanceros y ballesteros, comenzaron algunas deserciones: huían a la desesperada hacia la retaguardia ante el ímpetu de los palmeros. Las tropas castellanas, reclutadas en Sevilla para esta ocasión, adolecían de la preparación suficiente: no estaban acostumbradas al enfrentamiento abierto ni al cuerpo a cuerpo con los bravos awaras. El manejo de sus palos largos endurecidos al fuego les superaba, pese a que tenían mejores armas de hierro, sables y grandes picas, que les partían con facilidad.
Los gritos desesperados del joven Guillén Peraza para que no retrocedieran fueron en vano. El bravo Tinamarcín, dándose cuenta de la superioridad, fue a por el capitán: lanzó una certera pedrada del tamaño de un puño que le alcanzó en la cabeza; el casco quedó abollado, hiriéndolo mortalmente, y varios proyectiles cayeron enseguida sobre su cuerpo al verlo tendido en el suelo bajo un charco de sangre.
—¡Ánimo, compañeros! Su jefe ha caído —les gritaba Tinamarcín—. Corramos tras ellos, que huyen como cobardes.
Haciendo un escudo humano, el cuerpo del señorito Peraza era transportado por varios de sus lugartenientes mientras se batían en retirada. El joven capitán aún respiraba; tal vez podría salvarse si llegaban con tiempo a la nave, pensaban ellos. El impacto de la piedra lo había dejado inconsciente y sangraba profusamente, pese a que le habían puesto un vendaje después de sacarle dificultosamente el casco de la cabeza. De aquel traumático golpe no se pudo recuperar: sus ojos no volvieron a ver la luz y, al cabo de un rato, falleció mientras llevaban su cuerpo a las naves a toda prisa para partir rumbo a La Gomera. Los oficiales, temerosos de la reacción del Conde y su esposa cuando se enteraran de la fatídica expedición, podrían ser acusados de falta de responsabilidad por no haber cubierto bien la defensa de su primogénito, aquel que estaba destinado a heredar el Señorío. Cualquier cosa podía pasar ante el iracundo hidalgo Hernán Peraza, el señor de las Yslas Fortunadas (Lanzarote, Fuerteventura, Gomera y Hierro).
Pero lo cierto fue que el imprudente Peraza se expuso demasiado: confiando en su superioridad, estuvo siempre al frente, demostrando su valentía sin medir el riesgo. Las consecuencias de la pena de los padres las sufrirían grandemente los pobres bimbaches y gomeros, con quienes cebaron su rabia; no así los benahoaritas, que salieron victoriosos de la invasión, aunque, bien es sabido, también sufrieron importantes pérdidas humanas.
La endecha a Guillén Peraza
Y cuentan que, llegadas las noticias a su isla, entre las habladurías populares comenzó a circular una triste endecha por el revés de aquella nefasta incursión que costó la vida al joven Peraza. Escrita en el romance castellano que se hablaba por entonces, figuraría como uno de los primeros poemas recogidos en Canarias. Decía así:
Llorad las damas, si Dios os vala, Guillén Peraza quedó en la Palma, la flor marchita de la su cara. No eres palma, eres retama, eres ciprés de triste rama, eres desdicha, desdicha mala. Tus campos rompan tristes volcanes, no vean placeres, sino pesares, cubran tus flores los arenales. Guillén Peraza, Guillén Peraza, ¿dó está tu escudo?, ¿dó está tu lanza? Todo lo acaba la malandanza.
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es escritor palmero, autor de «Mitos, cuentos y leyendas de La Palma». También es autor de «Apuntes para la historia del montañismo en La Palma» y «Entre viajes y perfumes». Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma».
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