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La princesa Arecida

by Manuel F. Hernández Martín
junio 18, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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La princesa Arecida
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LEYENDAS DE LA PALMA · IV

La princesa Arecida

Cuarta entrega de la serie «Leyendas de La Palma». En el cantón de Tigalate, el imaginario benahoarita recuerda a Arecida, la princesa del sureste de la isla cuyo triste destino se contó durante generaciones.

Hubo un tiempo que el cantón de Tigalate era el más poblado del sureste de Benahoare, sus moradores se alojaban en las múltiples cuevas y cabañas de piedra del lugar. A pesar de su escarpado terreno, de abruptos y pedregosos barrancos, gracias a los refrescantes alisios del verano y las lluvias atlánticas del invierno, les favorecían la abundancia de excelentes pastos en sus campiñas, lo suficiente para alimentar una importante cabaña ganadera, caprina principalmente. Sus habitantes, fieros y curtidos por la dureza del hábitat, conservaban la pureza de la raza ahoara. Eran fieles defensores de su territorio, se sentían satisfechos obteniendo el sustento indispensable para su existencia.

Eran tiempos de paz, pero cada vez con más frecuencia arribaban a la isla incursiones piráticas procedentes de las otras islas, especialmente de Gomera y Ferro para hacer rapiñas de todo tipo de bienes: ganado y nativos, que vendían posteriormente como esclavos blancos en los mercados de Sevilla y Valencia. El codicioso Conde de Gomera, Señor también de Lanzarote y el Hierro promovía y financiaba tales correrías valiéndose de intérpretes cristianizados de estas dos islas (bimbaches y gomeros) para entenderse con los ahoaritas. Corría la década de los años cincuenta del siglo XV.

Esa mañana, T´Merithama se levantó algo intranquila, llevaba varias noches nerviosa, no conseguía dormir bien; tal vez fuera porque ese día iba a recibir la visita del joven y valiente Tinamarcín, acompañado de sus padres, que venían desde el cantón de Tihuya para sellar el compromiso de boda con su hija Arecida, la niña de sus ojos, el último fruto de su unión con el difunto marido, el gran mencey de Tigalate. Parece ser que este había fallecido en un accidente mientras regresaba de ayudar a defender el territorio de Echedey, cuando la invasión del imberbe Guillén Peraza, el hijo del Conde que arribó a las playas de Naos. Allí, el desdichado Peraza cayó muerto de una certera pedrada por el apuesto guerrero que ahora iba ser su yerno. De cualquier forma, su hija Arecida iba a estar bien protegida por aquel joven, el que también pretendían otras mozas de distintos cantones. Su fama heroica se había extendido por todo Benahoare.

La matriarca, a pesar de que ya sobrepasaba la cuarentena, todavía poseía piernas ágiles y con fuerzas suficientes para las tareas del hogar, las propias de su clan, ayudando a sus hijos Juguiro y Garehagua en el gobierno del cantón que habían heredado del padre. Su larga cabellera negra, ahora cortada al quedarse viuda, se había vuelto de tonos grisáceos en poco tiempo después de aquel fatídico día. Algunos decían que el bravo esposo tigalatero se había tirado al precipicio, intencionadamente, al verse acorralado en una de las emboscadas de los filibusteros castellanos esa tarde de la invasión.

—No vengas tarde hija, regresa temprano, tu novio estará aquí al mediodía —le recordaba nuevamente a Arecida cuando ya estaba a punto de bajar a la costa—. Y ten mucho cuidado, deja que te acompañen tus primos para que te ayuden.

—No, madre, ellos tienen apenas diez y once años y me harán retrasar. Iré tan solo a bañarme y coger algunas lapas y burgados para preparar el caldo a los huéspedes —le respondió la muchacha.

La joven Arecida, había cumplido ya los dieciocho; hermosa como ninguna, de larga cabellera como la había tenido su madre, había heredado también los rasgos puros de la raza, la agilidad para moverse por aquellos riscos, el coraje y la valentía de sus hermanos. Era deseada también por muchos pretendientes de otros cantones, sabedores que sería la esposa perfecta para formar familia. Pero ella ya estaba enamorada del apuesto héroe Tinamarcín, el amigo de sus hermanos.

Arecida conocía perfectamente el trayecto corto que le llevaría a la pequeña playa de arenas blancas, junto a unas pocetas donde se recogían las escamas blancas para salar las piezas del abundante banco de salemas que allí se pescaban, lugar por el que vinieron a llamar, muchos años después, Salineras y también como Salemera.

Esta vez, sus hermanos no podían acompañarla porque Juguiro estaba preparando los quesos para los invitados y Garehagua había partido muy temprano al monte llevando su rebaño a pastar. T´merithama no estaba a gusto de que fuera sola, en su interior algo la mantenía alerta después de aquella incursión del Peraza al otro lado de la isla, y temía por el futuro de sus hijos. El recuerdo de su esposo todavía estaba fresco, no habían pasado más que dos inviernos atrás. Por eso ordenó a los chiquillos que la siguieran a distancia y la vigilaran en todo momento, no sea que cayera en manos de aquellos desalmados.

—Desde el risco más próximo, observen bien y no la pierdan de vista. Cualquier cosa que vean, avisen por los bucios y vengan corriendo a casa —les repitió por tercera vez.

Arecida bajó confiada, llevaba consigo el zurrón de piel de cabra y un punzón de hierro afilado que Tinamarcín le había regalado, posiblemente resto de un arma castellana. Eso le serviría de arma en caso de necesidad además de coger las pegadizas lapas de las rocas. Iba contenta, radiante de felicidad, pronto tendría la oportunidad de unirse a su amado y formar su propia familia. En el rostro rebosaba la alegría y la frescura de su juventud.

Pero los presentimientos de T´merithama se cumplieron. Arecida ya se disponía a regresar por el camino de la costa, cuando detrás de unos matorrales cinco hombres que empezaron a llamarla y acorralarla.

—Déjenmela para mí —les gritó el renegado bimbache Jacomar—, esa es la mujer que vengo buscando.

El tal Jacomar, un cristianizado bimbache de Ferro, solía frecuentar la isla en busca de rapiñas para satisfacer a sus amos de Gomera. Esta vez había desembarcado por los bajíos de Tedote junto a otros indígenas gomeros y se desplazaba libremente hacia el sur utilizando los serpenteantes caminos de la costa. Su fama de sanguinario le precedía de anteriores correrías por toda Benahoare, haciéndose pasar por uno de los nativos. Ya conocía la zona y había visitado aquel lugar, observando a aquella princesa de la que se había encaprichado. Esa era la principal razón por la que había vuelto a la isla.

—Ven, preciosa, no te haré daño, mis compañeros te respetarán. Te prometo una vida mejor, con más comodidades. ¡No temas, acércate! —le decía tratando de halagarla.

Eso debió entender Arecida en aquel lenguaje parecido al suyo. Pero ella no le hizo caso, echó a correr cuesta arriba por la misma senda que le llevaba a su cueva de Belmaco. No tuvo suerte, otros dos que estaban apostados más arriba, salieron cortándole el paso. Arecida, sin escapatoria, sacó el punzón para defenderse. Al primero que le había agarrado por el brazo le hizo un profundo corte en la mano. Jacomar intentó desarmarla sujetándola fuertemente, pero también fue herido por ella. Intentando zafarse en el forcejeo, Arecida le mordió una oreja de la que arrancó un trozo. Este, enfurecido sacó la daga castellana de su cinto y apuñaló el costado de la indómita mujer que no se dejaba capturar y se defendía con fiereza.

La emboscada había sido un terrible fiasco. Arecida sufría los espasmos de la mortal herida, sangrando profusamente. Sus malhechores la dejaron allí abandonada, en los pedregales del camino, encogida y agonizante, con el contenido de su petate esparramado por el suelo. La joven princesa solo tenía en la mente la imagen de su gallardo novio que la estaba llamando para abrazarla. Fueron sus últimos pensamientos.

Todo había ocurrido muy rápido, no les dio tiempo a dar avisos por los bucios. Los chiquillos, aterrados por lo que había visto, corrían velozmente a la cueva de la matriarca. Un grito desgarrador se oyó en toda la comarca que llegó hasta la misma orilla de la playa. Aquellos mal cristianizados bimbaches huyeron de la zona, escapando de las consabidas represalias. Nunca más se supo de ellos.

Juguiro y varios hombres bajaron corriendo en busca de su hermana, deseosos de encontrarla aún con vida. Garehagua, que ya había regresado del monte, les seguía detrás alcanzándoles en poco tiempo. A Tinamarcín, que venía de Jedey y estaba a solo media legua, le fueron a dar la noticia. Como un loco desesperado lo vieron pasar saltando hacia abajo con la ayuda de su enorme bastón, de risco en risco, desafiando el peligro. Llegó antes que muchos de ellos. Allí la encontró ya sin vida. Recogiéndola en sus brazos la apretaba fuertemente contra su pecho mientras sus piernas temblaban, sus ojos enrojecidos de furia eran un mar de lágrimas, gritaba roto de dolor.

La familia quedó consternada; una vez más la desgracia se cernía en el cantón de Tigalate. La imagen de la joven y hermosa Arecida permaneció por mucho tiempo en la memoria no solo de los tigalateros, sino también en la del pueblo ahwara. De todos los pueblos vinieron a darles el pésame. La leyenda de la joven princesa comenzaba a tomar forma. Todos clamaban venganza.

Se cuenta que Tinarmarcín no pudo superar el drama, se encerró en una cueva con un gánigo de leche y agua y, tapiándola por dentro, se dejó morir sufriendo la pérdida de su único amor, en la esperanza de encontrarse en el otro mundo con ella y sus antepasados. La matriarca T´merithama solo logró vivir dos veranos más, deshecha por el recuerdo de su hija. Juguiro y Garehagua juraron vengar aquella fechoría. Y parece ser que el destino se los brindó.

Al cabo de un tiempo, el bimbache Jacomar estaba de nuevo en Benahoare haciendo tratos de mercadeo por otros pueblos; ya dominaba perfectamente el dialecto que aquí se hablaba y conocía mejor los distintos caminos y traviesas de la isla. Se hacía pasar por uno de ellos. Estimando que de aquella fechoría ya se habían olvidado, y por el hecho de que no lo conocían personalmente, no se sabe bien cómo, pero recaló en la cueva de Belmaco, donde los dos jefes de Tigalate, tenían su morada. Ellos ignoraban que aquel truhan que negociaba con las pieles de cabra y otros artículos era el autor del asesinato de su hermana. Después de algunos intercambios, esa tarde se quedaron charlando y tomando licor de mocán. Enardecido por los efectos del alcohol, Jacomar se atrevió a contar la «bravura» que cierta vez se le había enfrentado una paisana y que tuvo que darle muerte en el lugar. Garehagua, el más corajudo y audaz de los hermanos, enfurecido enseguida gritó a Juguiro:

— ¡Este es el cobarde que la mató!

De un salto se abalanzó sobre él, clavándole la punta de su banod en el pecho. Así cumplieron su promesa los jefes tigalateros; arrastraron el cuerpo de malhechor hacia afuera y dejándolo tirado en el barranco para que los guirres dieran cuanta de él. No permitieron que nadie le diera sepultura; esa era la peor de las sentencias que se le podía hacer por su canallada, su espíritu vagaría por siempre.

«

Durante generaciones, el pueblo awara recordaría el triste sino de la hermosa Arecida, princesa del cantón de Tigalate.

»

LEYENDAS DE LA PALMA · MANUEL F. HERNÁNDEZ MARTÍN

Hoy, esta leyenda figura como una más de la isla, narrada también por otros autores con mayor o menor acierto. Pero es esta la que siempre me ha gustado contar.

ANOTACIONES

  • Benahoare: es como llamaban los nativos a esta isla, significado «mi tierra, mi patria».
  • Mencey: jefe, reyezuelo de la tribu, del cantón o de la zona.
  • Gánigo: vasija de barro hecha a mano.
  • Guirre: ave rapaz endémica de Canarias.
  • Tazacoarte: Tazacorte, municipio costero de La Palma.

SOBRE EL AUTOR

Manuel F. Hernández Martín es escritor palmero, autor de «Apuntes para la Historia del Montañismo en La Palma» (junto a Aurelio Rodríguez Concepción) y «Entre viajes y perfumes». En El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma», un recorrido literario por el imaginario benahoarita de la isla.

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Tags: benahoareLeyendas de La PalmaManuel F. Hernández MartínMitología aborigentazacorteTigalate
Manuel F. Hernández Martín

Manuel F. Hernández Martín

Escritor palmero, autor de «Apuntes para la Historia del Montañismo en La Palma» (con Aurelio Rodríguez Concepción) y «Entre viajes y perfumes». Estrena en El Faro de La Palma la serie «Leyendas de La Palma», un recorrido literario por el imaginario benahoarita de la isla.

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