Arte, devoción y tradición en torno a una de las imágenes más conmovedoras de La Palma
Una aproximación profunda al arte, la evolución y la historia de una de las imágenes más emblemáticas de la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma, de la mano del investigador José Guillermo Rodríguez Escudero.
JOSÉ GUILLERMO RODRÍGUEZ ESCUDERO , 23 DE MARZO DE 2026
«¡Ah!, contempla a la madre desolada
los instantes contar su agonía,
con mortales angustias embriagada… mírala sobre el Gólgota… ¡cuitada!
Allí, junto a la Cruz… ¡pobre María!».
La muerte de Jesús. Rodríguez López, 1886
1.- Contexto y evolución de la imaginería de vestir barroca
La expansión de las procesiones de Semana Santa dio lugar a una transformación en la concepción de las imágenes, buscando ligereza sin renunciar a la expresividad. Así surgieron las tallas de vestir o de candelero: figuras en las que solo se esculpen cabeza y manos —y en ocasiones los pies—, mientras que el cuerpo se configura como una estructura de madera cubierta por suntuosos tejidos.
Durante el Barroco en Canarias, convivieron tanto las esculturas íntegramente talladas como estas imágenes vestidas, siendo más abundantes las primeras en un inicio. No obstante, a finales del siglo XVII, las segundas comenzaron a cobrar fuerza. Asimismo, en el siglo XVIII, muchas tallas originales fueron transformadas para dotarlas de mayor dinamismo, incorporando voluminosas vestimentas realizadas con la técnica de la tela encolada.
Este contexto nos permite aproximarnos con mayor precisión a la imagen de la Virgen Dolorosa que se venera en la parroquia de San Francisco de Asís de Santa Cruz de La Palma.


2.- Autoría, origen y características de la imagen
Las notables capacidades artísticas del pintor y escultor palmero Domingo Carmona y Cordero (1702-1768) encuentran un destacado exponente en esta imagen virginal (1733), identificada como Virgen de la Soledad en el Libro de la Misericordia, y custodiada actualmente junto al Calvario —Crucificado, la Magdalena y San Juan Evangelista— en la capilla de Montserrat, al lado de la Epístola.
El alcalde y cronista Juan Bautista Lorenzo Rodríguez atribuyó erróneamente tanto esta Virgen como el espléndido Cristo del Amparo del Santuario de la Virgen de las Nieves a Manuel Pérez Carmona. Hoy se sabe que, aunque la autoría del Crucificado sigue siendo un enigma, la imagen mariana pertenece al mentado Carmona.
Como apunta Juan José Rodríguez Lewis, esta escultura —de 165 centímetros— responde al modelo típico de la advocación, con las manos entrelazadas, y fue concebida por el discípulo de Bernardo Manuel de Silva para la Cofradía de la Vera Cruz, de la que formaba parte. Lejos de los esquemas habituales del arte isleño, más inclinados hacia la serenidad y la dulzura, la imagen consiguió, sin embargo, calar hondo en la devoción popular desde sus inicios.
3.- Culto, procesiones y tradición histórica
En la actualidad, la imagen de la Soledad participa en dos momentos clave de la Semana Santa: en la noche del Jueves Santo, acompañando al venerado Señor de la Piedra Fría, y en la mañana del Viernes Santo, formando parte del mentado Calvario. Esta última procesión estuvo históricamente vinculada en la ciudad a la Noble Hermandad de la Vera Cruz, fundada mediante bula del papa Paulo III en 1558, así como a la Cofradía de la Misericordia.


La Virgen contaba con dos suntuosos ropajes de terciopelo de seda para sus principales salidas procesionales. En la noche del Jueves Santo vestía un espléndido hábito o saya granate, ricamente bordado en oro, acompañado de rostrillo de lamé —plateado o dorado, según la ocasión— y un amplio manto azul, también de terciopelo, rematado con encajes dorados.
Como recuerda el investigador Francisco Acosta Felipe: «sus ropas, ahora azules por su pureza, aludiendo a ese firmamento apocalíptico, y rojas por su martirio, nos unen así, de una manera misteriosa, con el Cordero de Dios, divino sufriente exento de toda culpa».
Este polifacético cofrade subraya en la imagen un gesto, una facción, un atributo y un color cargados de significado. La Virgen entrelaza sus manos y alza la mirada al cielo, mientras inclina levemente el rostro en una actitud de honda introspección. Nos habla de un dolor no desgarrado, sino asumido con hondura; un dolor que no comprende, pero que se abandona con plena confianza en Dios. Su semblante revela, sin embargo, una tensión íntima, una lucha interior que roza el arrobamiento. El puñal —o espada— evoca la profecía de Simeón, mientras que el negro, con el que se reviste en la procesión matutina del Viernes Santo y antaño en el Viernes de Dolores, subraya su condición de Madre en duelo, casi viuda, ante la inminente muerte de su Hijo. No pocas de estas notas volverán a manifestarse en otras representaciones.
El cinto de la Virgen lucía un magnífico broche de oro y topacios, así como otro de plata con topacios en el puñal; a ello se sumaban una valiosa botonadura de oro y azabaches en las mangas y unos gemelos también de oro, «joyas estas que han pertenecido a la imagen desde antiguo». El fastuoso traje de terciopelo negro de seda bordado en oro que vistió hasta hace algunos años fue donado por Rosario González Pérez.
Durante su solemne recorrido por las empedradas calles de la capital, la Virgen era llevada a hombros sobre un trono pintado de negro, en una puesta en escena que, en palabras de Alberto José Fernández García, evocaba «la máxima expresión de dolor y tristeza».
La procesión comenzaba a las seis de la mañana del Viernes Santo, tras ser así dispuesto por el Venerable Beneficiado Rector de El Salvador y Comisario del Santo Oficio, Cristóbal Manuel Martínez y Méndez, en una sesión celebrada el 27 de marzo de 1785. Esta decisión se tomó debido a la prohibición de realizarla durante la noche del Jueves Santo. Con el paso del tiempo, el horario experimentó diversas modificaciones: inicialmente se fijó a las once y, en la actualidad, se celebra a las diez de la mañana.
Desde 1956, la Virgen participaba en el Rosario de la Aurora, cuya salida tenía lugar en San Francisco. Treinta años más tarde, en 1986, dejó de procesionar en el Vía Crucis del Viernes de Dolores. Tampoco siguió desfilando en la procesión previa a la Semana Santa, durante la cual se rezaba el Santo Rosario en sus distintas estaciones. En algunas ediciones, formó parte de estos actos la imagen de la Virgen de la Luz de la Pasión (1995), obra del imaginero palmero Pedro Miguel Rodríguez Perdomo. En la actualidad, es la Virgen de los Afligidos (siglo XIX), procedente del Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, la que procesiona en esa jornada.
Tampoco se celebra ya la procesión de la Soledad a las seis de la tarde del Sábado Santo, que comenzó a efectuarse, al menos desde 1956. La prensa local anunciaba los actos de ese día, 16 de abril de 1960: «A las 6 de la tarde. Procesión de la Soledad con la imagen de la Virgen de los Dolores, por el trayecto de costumbre y predicación a su retorno a la Plaza de San Francisco». Según mi punto de vista, procede impulsar su recuperación, en atención a su carácter único dentro del Sábado Santo.



