OPINIÓN · RECUERDOS QUE ME SOSTIENEN
Recuerdos que me sostienen XVIII · Las ventas, cuando la tienda del barrio era el corazón del pueblo
Mauro Castro cierra la primera etapa de su serie regresando a las ventas del norte palmero: el mostrador de madera de Gaudencia, los caramelos con forma de casco de naranja, el teléfono de manivela y la voz de Dilia en la centralita. Un retrato de cuando la tienda del barrio era el corazón del pueblo —y de lo que quizá hemos perdido por el camino. No es un adiós: es un hasta luego.
No es un adiós. Es apenas un hasta luego.
Porque sé que volveré. Volveré a los patios, a los caminos, a las cocinas de leña, a las gallofas, a las voces que aún resuenan en mi memoria y a todos esos recuerdos que me han acompañado durante este viaje. Pero ahora necesito una pausa. Un tiempo para mí, para atender otras cosas, para caminar otros senderos antes de regresar a estos que tanto quiero.
Y qué mejor manera de cerrar esta primera etapa de «Recuerdos que me sostienen» que regresando a uno de los lugares que mejor explican cómo era la vida en nuestros barrios: las ventas.
Una venta nunca fue solamente una tienda
Porque una venta nunca fue solamente una tienda. Las ventas eran el corazón del pueblo.
Recuerdo muchas. La de Pilar, en La Fajana. La de Cesárea. La de Clemente. La de Manuel Herrera. La de Teresa. La de Nolo, en Los Castros. La de Doña Luisa. Incluso alcancé a conocer aquellos botes de cristal llenos de caramelos que aún conservaba Doña Agustina y que brillaban como tesoros cuando acompañaba a mi abuelo Romualdo por el Lomo Los Castros. Siempre me llamaba, sonreía y me entregaba alguno de aquellos caramelos que sabían a infancia.
La venta de Antonio Herrera y Gaudencia
Pero si cierro los ojos, la que aparece con más claridad es la venta de Antonio Herrera y Gaudencia.
Quizá porque estaba en el centro del barrio. Quizá porque allí se concentraba la vida. O quizá porque, sin saberlo entonces, estaba contemplando uno de los últimos escenarios de una forma de vivir que hoy casi ha desaparecido.
La recuerdo oscura y acogedora al mismo tiempo.
Un mostrador de madera gastado por miles de manos. Ventanas de cristal que protegían los productos más delicados. Una balanza de platos presidiendo el lugar como si fuera la máxima autoridad del establecimiento. Y aquellos pesos de hierro, alineados por tamaños, esperando determinar la cantidad exacta que cada cliente necesitaba.

Las paredes estaban cubiertas por estanterías de madera donde convivían objetos que hoy parecerían imposibles de encontrar bajo un mismo techo. Calderos, sogas, velas, telas, chocolates, alpargatas, jabón, galletas, vino, aceite, conservas…
Era como si el mundo entero cupiera dentro de aquellas cuatro paredes. Y detrás de aquel mostrador aparecía siempre Gaudencia.
Yo la conocí ya viuda. Siempre vestida de negro. Siempre tranquila. Siempre con aquella serenidad de las personas que parecen haber aprendido a convivir con el paso del tiempo.
Entraba, colocaba mi peseta sobre la madera y esperaba. No hacía falta decir mucho.
Ella aparecía desde el fondo de la casa, porque aquella tienda también era su hogar, y yo pedía mis favoritos: aquellos caramelos con forma de casco de naranja. Entonces comenzaba una ceremonia sencilla y maravillosa.
Contaba diez caramelos. Los envolvía cuidadosamente en papel. Y me los entregaba como quien entrega algo mucho más valioso que unas simples golosinas.

Porque en aquella época todo tenía otro ritmo. Hasta comprar un caramelo era una experiencia.
El teléfono negro y la voz de Dilia
Al fondo de la venta había otro rincón que me fascinaba. Un pequeño cuarto al que también se accedía desde la calle. Allí estaba el teléfono. Negro. Robusto. Anclado a la pared.
Una silla de tijera completaba toda la decoración.
Aquello no era un teléfono cualquiera. Era una ventana al mundo. Había que descolgarlo y girar una manivela. Entonces, desde Santo Domingo, una voz dulce respondía al otro lado.
Era Dilia. La encargada de la centralita. La mujer que conectaba familias, noticias, alegrías, preocupaciones y esperanzas.
Yo, que era un niño curioso y algo travieso, llamaba muchas veces para preguntarle la hora. Nada más. La hora.
Y ella me la daba siempre con una amabilidad infinita. Nunca me reprendió. Nunca me preguntó por qué llamaba tanto.
Hoy pienso que quizá sabía perfectamente que yo no llamaba para conocer la hora.
Quizá llamaba simplemente para escuchar aquella voz amable que parecía convertir cualquier día normal en algo un poco mejor.
Porque las ventas eran eso. No eran solamente lugares donde se compraba. Eran lugares donde uno se encontraba. Donde se compartían noticias. Donde se cerraban tratos. Donde se discutía de cosechas, de lluvias, de política o de fútbol.
Mientras las mujeres compraban azúcar a granel, telas o medicinas, los hombres conversaban alrededor de una mesa con un vaso de vino delante. Y mientras unos compraban y otros hablaban, la vida seguía avanzando.
Las ventas de aceite y vinagre
Aquellas ventas fueron conocidas como ventas de aceite y vinagre. Un nombre sencillo para algo mucho más grande.
Porque no sólo vendían productos. Vendían confianza. Permitían llevar la compra cuando no había dinero y pagar cuando llegara la cosecha. Sostenían familias enteras. Tejían relaciones. Creaban comunidad.
Eran una forma de entender la economía donde el crédito más importante no estaba en los bancos, sino en la palabra dada.
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Eran una forma de entender la economía donde el crédito más importante no estaba en los bancos, sino en la palabra dada.
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MAURO CASTRO
Lo que quizá hemos perdido
Hoy lo encontramos prácticamente todo en grandes superficies. Pasillos interminables. Luz brillante. Miles de productos perfectamente ordenados.
Y no cabe duda de que vivimos con más comodidad. Pero cada vez que pienso en aquellas ventas me pregunto si, en el camino, no habremos perdido algo que jamás debimos perder.
Porque hoy seguimos comprando. Pero cada vez conversamos menos.
Seguimos encontrando productos. Pero cada vez encontramos menos personas.
Seguimos llenando los carros. Pero quizá vamos vaciando un poco los lugares donde antes habitaba la comunidad.
Y tal vez por eso sigo recordando aquellas ventas con tanto cariño. Porque allí no sólo se vendía aceite, vinagre, azúcar o caramelos. Allí se vendía algo mucho más difícil de encontrar hoy.
Un sentimiento de pertenencia. La certeza de que uno nunca entraba como cliente. Entraba como vecino. Como amigo. Como familia.
Y quizá sea precisamente eso lo que más echo de menos.
SOBRE EL AUTOR
Mauro Castro (Franceses, Garafía) firma en El Faro de La Palma la serie «Recuerdos que me sostienen», una crónica íntima y coral del norte palmero a través de sus vecinos, sus patios y sus oficios. Cada entrega es un homenaje a quienes hicieron de su infancia un hogar.
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