Por José Guillermo Rodriguez Escudero
Segunda y última entrega del reportaje. Si te perdiste la primera parte, sobre las raíces históricas, la devoción y el arte popular, puedes leerla aquí: [Santa Cruz de La Palma: donde la historia se enrama cada mayo (I) – El Faro de La Palma].
Espacios, recorridos y simbolismo urbano
La ciudad de Santa Cruz de La Palma se convierte durante estas fechas en un auténtico mapa simbólico donde cada cruz, cada calle y cada rincón adquiere un significado especial. Existen itinerarios tradicionales que remiten a antiguos Vía Crucis establecidos tras la conquista, especialmente en torno al antiguo convento franciscano. Estos recorridos, marcados por cruces y altares, evocan el camino de Cristo hacia el Calvario y permiten a los fieles revivir y compartir esa experiencia, en la que se rememora su Pasión y Muerte.
Algunos puntos destacan especialmente por su relevancia histórica y cultural, como la Cruz del Tercero —originalmente llamada Cruz del Adelantado—, vinculada al final de la conquista. Sin embargo, según las crónicas de Juan Bautista Lorenzo Rodríguez (1841-1908), nos informa de que «el cual nombre según cuentan se le dio por cuidar de su adorno y composición para la fiesta del 3 de mayo un Tercero de San Francisco». Se refiere a un fraile franciscano de la Venerable Orden Tercera.
En la Descripción de la Bajada de la Virgen de las Nieves del año de 1765 se recoge: «pasó la Señora por entre los dos [Navío y Castillo] dándole todos el buen viaje y, llegando a la cruz del Adelantado, salió a recibirla la nobilísima Ciudad…».
El alcalde constitucional Juan Bautista Lorenzo Rodríguez relató que el 9 de octubre de 1783, entre las once y la una del mediodía, el barranco de Santa Catalina experimentó una crecida de agua tan intensa y devastadora que sus efectos quedaron grabados en la memoria durante muchos años. La riada arrasó siete viviendas y dañó gravemente muchas otras en las cercanías; además de siete casas y arruinar otras muchas de las inmediaciones, se llevó consigo «la Cruz del Tercero y la de las Damas, junto con sus respectivas plazas». Como consecuencia, fallecieron dos hombres y una niña, mientras que muchos otros lograron salvarse de manera casi milagrosa. Según indica, el origen de este desastre estuvo en un incendio ocurrido en julio, provocado por la negligencia de un hombre conocido como «el Gallo», natural de Las Nieves.


En la base de piedra volcánica de la nueva cruz —emplazada en el mismo lugar que la original después de la catástrofe—, se halla una lápida que reza: «3 de mayo de 1893. Primera Conmemoración y Cuarto centenario de la Conquista de la Isla de San Miguel de la Palma terminada el 3 de mayo de 1493. ¡Gloria a los Héroes Españoles y a los Héroes Guanches! Unos y otros derramaron su sangre por su Patria».
En la mañana del día tres se celebraba una misa de campaña junto a esta Cruz del Tercero, la cual aún se adorna magníficamente construyéndose a su alrededor un altar efímero cuajado de flores, plantas y banderas.
Otras cruces diversas se sitúan en barrios que han mantenido viva la tradición gracias al esfuerzo vecinal. En estos espacios, la decoración alcanza niveles especialmente elaborados, con recreaciones arquitectónicas, escenas históricas o composiciones temáticas que atraen tanto a residentes como a visitantes.
Nuestro apreciado vecino Antonio García, responsable de engalanar la cruz conocida como Columba —nombre que recibe en honor a una mujer que vivió desde niña con sus abuelos y se encargaba de decorarla—, nos recuerda que esta cruz conserva todavía una de las maderas originales de aquel primitivo recorrido sagrado. Además, ha sido distinguida en múltiples ocasiones con el primer premio en la categoría tradicional, otorgado por el jurado que recorre toda la ciudad visitando cada una de las cruces participantes en cada edición.
La categoría tradicional ampara a las cruces que se enraman con motivos históricos y prendas. En el ámbito de la categoría libre se puede representar cualquier motivo, tomándose más en cuenta la imaginación y siempre se confecciona con productos naturales. Así lo confirmaba hace algunos años Armenia Pérez Pérez, encargada de la Cruz de Mirca. Antiguamente esta se encontraba en el fondo del barranco, pero cuando se creó la asociación de vecinos, se decidió que se pusiera en la carretera.
El contraste entre distintas zonas de la ciudad también refleja diferencias sociales históricas. Mientras en algunos barrios predominaba la sencillez y la creatividad popular —como en los de influencia franciscana—, en otros se imponía el lujo y la ostentación, hacia el sur de la ciudad, en la zona de influencia dominica. Esta dualidad ha contribuido a enriquecer la diversidad estética de la festividad, convirtiéndola en un reflejo de la estructura social de la ciudad a lo largo del tiempo.
Celebraciones contemporáneas y dinamismo cultural
En la actualidad, las fiestas de mayo se extienden a lo largo de todo el mes, ofreciendo un programa variado que combina tradición y modernidad. Dependiendo de las ediciones, además de los actos religiosos, como misas y procesiones, se organizan conciertos, exposiciones, obras de teatro, conciertos, actividades infantiles, deportivas y eventos populares que dinamizan la vida cultural de la ciudad.



Entre las actividades más destacadas se encuentran las exposiciones de flores y plantas, las verbenas en los barrios, los pasacalles y los encuentros folclóricos. También se recuperaron iniciativas como la Batalla de las Flores, que aportan un carácter festivo y participativo. Todo ello convierte a mayo en un mes de intensa actividad, donde la ciudad se abre tanto a sus habitantes como a quienes la visitan. En la víspera de la fiesta de la Cruz, nuestros Gigantes y Cabezudos, los «Mascarones» animan con su alegre danza el ambiente festivo en el casco histórico.
Un momento especialmente emotivo es la llamada Fiesta de las Madres, celebrada desde 1971 en el Real Santuario de Nuestra Señora de las Nieves. Este acto es un homenaje a la «Negrita» y a todas las madres —tanto a las vivas como a las fallecidas— a través de una ceremonia cargada de simbolismo, en la que se combinan elementos religiosos, musicales y poéticos. La participación y la intensidad emocional lo convierten en uno de los momentos más significativos del calendario festivo de mayo.
Herencia viva y continuidad de una identidad
No es extraño encontrar en las iglesias de todo el archipiélago grandes cruces recubiertas de plata como una demostración de la extraordinaria devoción que alcanzó en nuestras islas este símbolo cristiano. Así lo indica también la presencia de numerosas capillas y calvarios por toda la geografía y el lujo con que una sociedad enriquecida como la nuestra adornó sus representaciones. La costumbre de cubrir con plata estas cruces con alma de madera se inició en el siglo XVII.
La que procesiona desde la parroquia matriz es una cruz de plata en su color sobre un alma de madera. De medidas tiene 132 cms. de altura y 93 cms. de brazos; las perillas, de figura de piña rodeada de hojas muy carnosas que rematan los brazos tienen 14 cms. Se halla entronizada en una peana, en forma de copa, de 54 x 40 cms en su parte más ancha y 45 cms de altura. Tiene una inscripción en su base que en la que se lee: «Dio esta Cruz a la iglesia parroquial de Ntro Sr. San Salvador, Don Simón Florencio Res. Montero vble. beneficiado y rector de dicha iglesia y Comss. Del Sto Oficio / Año de 1726».
Efectivamente, Simón Florencio Rodríguez Montero —comisario de la Inquisición y beneficiado de El Salvador— había donado a esta parroquia matriz la magnífica cruz procesional con la que se conmemora el 3 de mayo. Gran devoción tuvo el donante por este símbolo eclesiástico: de las sesenta misas de su capellanía, las tres primeras fueron ofrecidas a la Invención, al Triunfo y a la Expectación de la Cruz.
La presencia de esta pieza en el tesoro del suntuoso templo matriz se cita por primera vez en el Inventario de 1782: «una cruz grande con su peana para el día de la invención». Su sección es hexagonal y lleva una decoración relevada de carácter vegetal que recubre sus caras, así como un cordón de separación entre ellas.
Existe un documento curioso sobre una anécdota producida dentro de la parroquia matriz de El Salvador durante la celebración de la fiesta de la Santa Cruz. Se trata de una carta dirigida al Beneficiado de la parroquia de San Andrés, Francisco Ignacio Fierro, por el Obispo de la Diócesis, Fray Valentín de Morán, fechada el 25 de mayo de 1755.

Se explicaba allí cómo «había intentado Don Pinto de Guisla asistir a la procesión de la Cruz con el sombrero puesto aún dentro de la iglesia». La misiva obispal continuaba «bien ha hecho V. md en hacerlo quitar, y lo mismo ejecutará siempre que se ofrezca pretender esa y otras extravagancias del mismo tenor, que quiere introducir como Caballero, portándose como si nunca hubiera habido en estas islas otro, sin considerar que los muchos que hoy hay, y en todos tiempos ha habido, no han inquietado con semejantes intentonas el sosiego público».
Esta fue una fiesta regulada por el antiguo cabildo insular. Así se desprende de las ordenanzas de 1611, donde se manda que «los mayordomos de los oficios saquen los días de Corpus Christi y San Miguel y Santa Cruz de Mayo y en todos los demás días generales los pendones para acompañar las procesiones, so pena de 20 días de cárcel con más de 1.000 mrs. aplicados por tercios, juez, denunciador y propios». También se ordenaba la limpieza pública y el barrido de calles por las que pasaban las procesiones, entre ellas, la de Nuestra Señora de las Nieves, la de Santa Águeda y la de la Cruz.
La referencia más antigua que se conoce de esta hermosa costumbre del enramado de las cruces la encontramos en la Subida Lustral de la Virgen de las Nieves en 1765. Así, cuando la patrona insular retornaba en procesión por las calles capitalinas hacia su Santuario, «estaba una cruz, que es la del noveno paso, con el mayor ornato y compostura de prendas, talcos y galones». También la comitiva se encontró nuevamente con «una cruz que es la del octavo paso, con la mejor belleza compuesta de joyas y otras prendas en gran número y muy hermosas escarchas».
La festividad de la Santa Cruz en La Palma no es solo una celebración religiosa o histórica; es una manifestación viva de la identidad de un pueblo. A través de sus cruces, sus adornos, sus relatos y sus prácticas, se transmite un legado que ha pasado de generación en generación, adaptándose a los cambios sin perder su esencia.
La persistencia de estas tradiciones demuestra la capacidad de la comunidad para preservarlas y reinventarlas. Aunque algunas costumbres han desaparecido o se han transformado, el espíritu de la fiesta permanece intacto: un equilibrio entre devoción, creatividad y convivencia.
En un mundo cada vez más globalizado, celebraciones como esta adquieren un valor especial, al ofrecer un vínculo con el pasado y una forma de expresión popular única. Así, la fiesta de la Santa Cruz en la capital palmera se mantiene como un emblema vivo de continuidad, memoria e identidad, que cada 3 de mayo renace con especial fuerza.
Firma
Por José Guillermo Rodríguez Escudero — Cronista e historiador
Bibliografía (al final, en formato de notas)
ABDÓ PÉREZ, Antonio; REY, Pilar; PÉREZ MORERA, Jesús. Descripción verdadera de los solemnes cultos y célebres funciones que la mui noble y leal Ciudad de Sta Cruz en la ysla del Señor San Miguel de La Palma consagró a María Santísima de Las Nieves en su vaxada a dicha Ciudad en el quinquenio de este año de 1765. Santa Cruz de La Palma, 1989.
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— Idem. «Las Cruces de Mayo de Santa Cruz de La Palma», El Día / La Prensa (Santa Cruz de Tenerife, 13 de mayo de 2006).
VELÁZQUEZ RAMOS, Cirilo. «Lo sagrado y lo profano en las tradiciones festivas de Canarias. Los mayos de Santa Cruz de La Palma». Islenha. N.º 13. Funchal, 1993.



