OPINIÓN · RECUERDOS QUE ME SOSTIENEN
Recuerdos que me sostienen XVII · San Antonio del Monte
Decimoséptima entrega de la serie de Mauro Castro. Un regreso a las fiestas de San Antonio del Monte desde la infancia en Franceses: los preparativos que encendían el barrio una semana antes, el viaje en caravana por la carretera de tierra hasta los arcos, y los manteles sobre la hierba donde Garafía entera volvía a encontrarse.
Siempre he dicho que si algo era capaz de romper la quietud de Franceses durante mi infancia, eran las bodas. Las bodas y San Antonio del Monte.
Porque ambas cosas tenían algo en común: nadie acudía solo. Todo el barrio participaba de alguna manera. Eran acontecimientos que se preparaban durante semanas y que acababan convirtiéndose en una celebración colectiva, donde la alegría de unos terminaba siendo la alegría de todos.
Mi madre comenzaba a anunciar la llegada de San Antonio con meses de antelación. —Pórtate bien, que San Antonio anda cerca. Y aquella frase tenía más poder que cualquier castigo. Bastaba escucharla para que uno recogiera lo que había dejado tirado, hiciera los mandados sin protestar y procurara convertirse, al menos durante unos días, en el hijo ejemplar que nunca lograba ser el resto del año.
Una semana antes, todo el barrio olía a fiesta
Pero la verdadera transformación llegaba una semana antes. Entonces San Antonio comenzaba a respirarse en cada rincón del barrio. Se hablaba en las tiendas, en las aceras, en los patios y en las huertas. ¿Quién iba? ¿Con quién? ¿En qué coche? ¿Dónde se iba a almorzar? ¿Quién preparaba los conejos? ¿Quién llevaba el vino? Era una organización espontánea y perfecta, tejida con parentescos, vecindades y afectos. Los que tenían vehículo completaban plazas. Los que no, encontraban siempre un asiento. Porque nadie debía quedarse atrás.
En la panadería de Martina los hornos trabajaban más de la cuenta. Aquellos días aparecían panes especiales cuyo olor aún hoy soy capaz de recordar. Panes dulces, con aquel sabor a boniato que parecía anunciar que la fiesta ya estaba cerca.
En las cocinas hervían los calderos. Los conejos en salsa esperaban en sus recipientes. Se llenaban los porrones, las botas de vino y los zurrones de gofio. Todo encontraba su lugar dentro de los cestos. Y luego los manteles cubrían la comida como si no la protegieran del frío, sino del tiempo. Como si supieran que allí dentro viajaba mucho más que un almuerzo. Viajaban las ganas de encontrarse.

El viaje hasta los arcos
Y entonces comenzaba el trayecto. Aquel viaje era ya una fiesta antes de llegar. La carretera de tierra ascendía entre curvas, polvo y barro. Puente de Los Hombres. Roque del Faro. Machín. Fuente Maragote. La Mata. Y finalmente, a lo lejos, aparecían los arcos.
Todavía hoy, cuando cierro los ojos, puedo sentir la emoción de aquel momento. Porque para un niño aquello era como llegar a otro mundo. Nada más bajar del coche el corazón comenzaba a correr más deprisa. Los arcos formaban un pasillo festivo hasta la ermita. El suelo de tierra rojiza levantaba polvo bajo los zapatos.
Los ventorrillos de palos y ramas parecían pequeños pueblos levantados para un solo día. Las guitarras sonaban por todas partes. Los acordeones se mezclaban con las voces. Cada quiosco intentaba atraer a la gente con canciones, con risas y con promesas de buen vino. Y mientras los mayores se saludaban, nosotros desaparecíamos.
Éramos libres hasta la hora de almorzar. Libres para recorrer aquel rellano que era todo un mundo. Para gastar las pesetas ahorradas durante meses. Para comprar aquellas gafas de colores imposibles. Aquellos sombreros extravagantes. Aquellos molinos de plástico que giraban únicamente si uno corría lo suficiente.
Y, cómo no, para detenernos delante de aquella señora que vendía marquesotes. Sentada siempre en el mismo lugar. Protegiéndolos bajo un tul como si custodiaran un tesoro. Y quizá lo custodiaran. Porque nunca he vuelto a probar un marquesote que supiera igual.
Un reencuentro bajo los tagasastes
Luego llegaba la hora señalada. Y como por arte de magia todos reaparecíamos en la puerta de la ermita. Desde allí partíamos hacia el lugar elegido para comer. Algún rincón apartado. Entre tagasastes. Con algo de sombra. Y espacio suficiente para extender un mantel sobre la hierba.
Entonces comenzaba otro de los rituales que más echo de menos. Mientras unos repartían la comida y otros amasaban el gofio, las conversaciones iban creciendo. Se hablaba de los que habían venido de Tenerife. De los que regresaban desde Venezuela. De los familiares que hacía años que no se veían. De los vecinos que habían prosperado. De los hijos. De las cosechas. De la vida.
Porque San Antonio nunca fue solamente una fiesta. Era un reencuentro. Un abrazo colectivo. Un lugar donde los caminos dispersos de los garafianos volvían a encontrarse al menos una vez al año.
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Aquel San Antonio que me enseñó que una fiesta no la hacen los escenarios ni las luces. La hacen las personas.
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Por qué hace años que no regreso
Hoy muchas cosas han cambiado. Los quioscos son metálicos. Hay luz eléctrica. Neveras. Escenarios. Equipos de sonido capaces de llenar todo el rellano. La modernidad ha sustituido a muchos recuerdos. Y está bien. La vida avanza. Debe hacerlo.
Pero a veces me preguntan por qué hace años que no regreso. Y la respuesta no tiene que ver con el rechazo al progreso. Tiene que ver con el cariño. Porque hay recuerdos tan hermosos que uno teme alterarlos.
Prefiero conservar en algún rincón de mi memoria aquel San Antonio de caminos polvorientos, de manteles sobre la hierba, de cestos rebosantes de comida y de familias enteras reencontrándose bajo la sombra de los tagasastes.
Sin embargo, cada vez que veo los arcos levantados, comprendo que lo verdaderamente importante sigue allí. Porque los arcos continúan marcando el camino. La ermita continúa esperando. Y el garafiano, esté donde esté, sigue sintiendo la necesidad de volver.
Volver para encontrarse. Volver para recordar. Volver para honrar a quienes estuvieron antes.
SOBRE EL AUTOR
Mauro Castro (Franceses, Garafía) firma en El Faro de La Palma la serie «Recuerdos que me sostienen», una crónica íntima y coral del norte palmero a través de sus vecinos, sus patios y sus oficios. Cada entrega es un homenaje a quienes hicieron de su infancia un hogar.
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