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De San Andrés y Sauces a La Habana: marinos, emigrantes e indianos en la historia de La Palma

by Manuel Marcos Pérez Hernández
junio 14, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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De San Andrés y Sauces a La Habana: marinos, emigrantes e indianos en la historia de La Palma

La Alameda con la casa Massieu al fondo

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MEMORIA PALMERA · SAN ANDRÉS Y SAUCES

De San Andrés y Sauces a La Habana: marinos, emigrantes e indianos en la historia de La Palma

Durante el siglo XIX, miles de canarios cruzaron el Atlántico rumbo a Cuba. San Andrés y Sauces vio partir a muchos de sus jóvenes; algunos regresaron convertidos en indianos y dejaron su huella en casas señoriales, obras públicas y en la memoria de la isla.

Por Manuel Marcos Pérez Hernández

Durante el siglo XIX, La Palma y Cuba mantuvieron una relación tan intensa que el océano Atlántico parecía estrecharse entre ambas orillas. Fueron décadas en las que miles de canarios, impulsados por la necesidad, la esperanza o el deseo de progresar, emprendieron un largo viaje hacia la isla antillana. Entre 1820 y 1870 la emigración alcanzó una especial intensidad, y municipios como San Andrés y Sauces vieron partir a numerosos jóvenes rumbo a La Habana y los fértiles campos cubanos.

Aquellos emigrantes se empleaban en labores agrícolas, en las plantaciones de azúcar y tabaco, en pequeños comercios, talleres artesanales y actividades portuarias. Muchos echaron raíces definitivamente en Cuba; otros, tras años de sacrificio, regresaron a su tierra natal. Solo una minoría alcanzó una posición económica desahogada, pero su retorno dejó una profunda huella en el paisaje y en la memoria colectiva de La Palma.

A esos retornados afortunados se les conoció popularmente como indianos. Su llegada despertaba admiración y curiosidad. Regresaban vestidos con elegancia, con nuevos modales y experiencias adquiridas al otro lado del océano. En muchos pueblos eran recibidos como ejemplos de éxito y progreso. Sus fortunas permitieron construir casas señoriales inspiradas en la arquitectura colonial, financiar obras públicas, adquirir fincas agrícolas y contribuir al desarrollo económico local. Las amplias galerías, los balcones acristalados y las palmeras que todavía embellecen numerosas viviendas palmeras son, en gran medida, el legado visible de aquella emigración.

Entre estos benefactores destacó Marcos Rodríguez Pérez, natural de San Andrés y Sauces y residente en Banes, en la actual provincia cubana de Holguín. A pesar de la distancia, nunca olvidó su pueblo natal. En 1913 escribió al Ayuntamiento manifestando su deseo de contribuir al bienestar de sus vecinos:

«

Habiendo notado la falta de bancos en el paseo público de la Alameda de esta ciudad, y queriendo dar una prueba del inmenso cariño que siempre conservo a este mi pueblo natal, he adquirido diez bancos de hierro y madera, los cuales regalo a este Ayuntamiento.

»

MARCOS RODRÍGUEZ PÉREZ — INDIANO DE SAN ANDRÉS Y SAUCES, 1913

Su vinculación con San Andrés y Sauces fue aún más allá. Adquirió la emblemática Casa Massieu, situada en la cabecera sur de la Alameda, restaurándola y dotándola de la elegancia ecléctica y neoclásica que todavía forma parte del patrimonio histórico local.

Las listas de emigrantes que partieron hacia Cuba conservan algunos nombres sauceros que buscaron fortuna en aquellas tierras. Entre ellos figura María Dolores Batista González, que viajó soltera en el buque San Miguel en 1859, y Cándido Brito Rodríguez, que embarcó en 1891 con veintiocho años de edad. Como ellos, muchos otros cruzaron el Atlántico durante las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX, aunque sus nombres no siempre quedaron registrados en la documentación conocida.

El capitán Manuel Buenamuerte González

Entre las figuras más destacadas vinculadas a esta historia de emigración y comercio sobresale Manuel Buenamuerte González Sánchez. Nació en la villa de San Andrés en 1803, hijo de José Manuel Buenamuerte González y María de las Nieves Sánchez Wangüemert, miembros de una acomodada familia del lugar. Su padre fue mayordomo de la Iglesia de San Andrés entre 1819 y 1830.

Casa Buenamuerte. Aquí nació Manuel Buenamuerte González en 1803

Su origen familiar y su formación marinera le permitieron desarrollar una notable carrera en la navegación atlántica, alcanzando la categoría de capitán de fragata. El Boletín Oficial de Canarias de julio de 1835 registra la salida hacia La Habana del bergantín-goleta español Isabel II, bajo el mando del capitán Manuel Buenamuerte González. La carga embarcada para aquel viaje ofrece una valiosa imagen de la actividad comercial de la época: 449 piedras de destilar, 414 varas de losa, 49 bernegales, 472 garrafones de aguardiente, 200 quintales de papas, 42 fanegas de cebada y cerca de 28.000 kilos de cebolla. Productos que reflejan la capacidad exportadora de las islas y la estrecha relación económica mantenida con Cuba.

Otro viaje del que se conserva abundante documentación fue el realizado en 1845 a bordo del mismo bergantín-goleta Isabel II, con el capitán Buenamuerte desde el puerto venezolano de La Guaira hasta San Sebastián. El expediente del viaje permite conocer de primera mano los riesgos y penalidades de la navegación oceánica en el siglo XIX.

Cargaron mercancías en el puerto de La Guaira y zarparon el 14 de septiembre de 1845, con destino a San Sebastián, llevando una carga descrita en la documentación como de «lícito comercio». Durante la travesía, en la madrugada del 13 de octubre, fueron sorprendidos por un fuerte temporal. Según recoge el acta notarial firmada por el capitán, «la mar era gruesa y les cogió un turbo de viento llegando el mar a cubierta, con peligro inminente». La embarcación logró mantenerse a flote después de que la tripulación se viera obligada a arrojar por la borda diversos enseres y parte de la carga para aligerar el peso.

Tras semanas de navegación en condiciones muy adversas, con la tripulación agotada, empapada y con necesidad de reparar el aparejo y el velamen, se decidió buscar refugio en la ría de Bares, en la costa gallega. Reanudaron la travesía el 12 de noviembre y, al amanecer del día siguiente, avistaron finalmente la costa cántabra, culminando un viaje que ilustra las enormes dificultades que afrontaban los marinos de la época.

Aquellas travesías se realizaban aprovechando los vientos alisios que impulsaban las embarcaciones hacia el oeste. Dependiendo de las condiciones meteorológicas, el viaje podía prolongarse entre treinta y sesenta días. Era una navegación exigente, sometida a temporales, calmas inesperadas y los riesgos propios del océano, pero también cargada de ilusiones para quienes buscaban una nueva vida al otro lado del Atlántico.

La trayectoria profesional de Manuel Buenamuerte continuó consolidándose y en 1838 aparece ya como propietario de la fragata La Amistad, construida en los astilleros de Santa Cruz de La Palma. Poseer un barco propio en aquella época era un símbolo inequívoco de prestigio social, capacidad económica y reconocimiento profesional.

Una historia de ida y vuelta

La vida de Manuel Buenamuerte y la de tantos emigrantes palmeros forma parte de una misma historia: la de una isla que encontró en el mar su principal camino hacia el futuro. Cuba representó para miles de canarios una tierra de oportunidades, pero también de nostalgia. Desde el muelle de Santa Cruz de La Palma o de Puerto Espíndola hasta La Habana se tejieron vínculos familiares, comerciales y culturales que marcaron profundamente a varias generaciones.

Hoy, las casas de los indianos, las cartas conservadas en los archivos, los nombres inscritos en los registros de embarque y los recuerdos transmitidos de padres a hijos siguen evocando aquella época en que el Atlántico fue puente y no frontera.

FUENTES DOCUMENTALES

  • Boletín Oficial de Canarias. «Para La Habana, bergantín-goleta Isabel II», 1835.
  • Acta notarial del viaje de La Guaira a San Sebastián, 1845. Antonino Pestana. Archivo General de La Palma.
  • Noticias para la Historia de La Palma, de Juan B. Lorenzo Rodríguez.
  • Archivo Municipal de San Andrés y Sauces. Actas del Pleno de noviembre de 1913.

SOBRE EL AUTOR

Manuel Marcos Pérez Hernández es investigador y divulgador palmero, especialmente vinculado a la memoria de San Andrés y Sauces. Sus artículos para El Faro de La Palma rescatan oficios, paisajes, arquitecturas y celebraciones tradicionales que forman el sustrato cultural de la isla.

MÁS ARTÍCULOS DE MANUEL MARCOS EN EL FARO

  • La emigración clandestina a Venezuela: el viaje suicida del Delfina Noya (II)
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  • La huella de Gabriel Socarrás: Los Sauces y Las Lomadas
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Manuel Marcos Pérez Hernández

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