OPINIÓN · CRÓNICA
Corsario por un día
Una crónica sobre un vecino que se cruza, sin buscarlo, con la representación del Día del Corsario en Santa Cruz de La Palma.
Se vio envuelto en un ataque corsario. Había salido a dar un paseo por la avenida de Los Indianos y la playa de Bajamar, como cada tarde de sábado desde hace más de veinte años, y, a su regreso a través de la calle Real, encontró la plaza de España completamente tomada por los corsarios franceses.
Los atacantes celebraban una fiesta con música y bailes mientras saqueaban la iglesia de El Salvador. Una pequeña corsaria le ofreció ser su cómplice compartiendo con él un botín de monedas de chocolate, pero él lo rechazó vivamente. Sin lugar a dudas, le tenía más miedo a la diabetes que a ella.
La niña, en realidad, le pareció simpática con su pañuelo pirata y su mirada pretendidamente fiera. Pensó, eso sí, que él debería defender los intereses del bando local, pero se sorprendió empatizando con la alegría de los saqueadores. Rodeado por el público, aguardó pacientemente a que todo transcurriera.

La representación histórica del ataque de la flota capitaneada por François Le Clerc a la isla en 1553 había dado comienzo una hora antes en la zona norte de la ciudad, junto a un Barco de la Virgen convertido, para la ocasión, en navío saqueado. A ritmo de tambores, los corsarios habían entrado en Santa Cruz de La Palma animados por un grito: Vive la France!
En la plaza de San Francisco se había comunicado oficialmente el desembarco francés, ante el que hubo muy poca resistencia. Algunos, como el garafiano Baltasar Martín o la mujer del regidor, Melchora de Socarrás, quisieron luchar, pero todo fue en vano. A ella la raptaron junto a su hija, y la idea de que la victoria de los atacantes sería fácil se extendió entre los dos bandos.
Ahora él se encuentra observando la celebración del triunfo de los franceses en el corazón de la ciudad. Suenan melodías muy conocidas tras once ediciones del Día del Corsario, y se despliegan danzas en el atrio del ayuntamiento y ante el templo de El Salvador. Existe un documento firmado por el regidor mediante el que se prohíbe hacer daño a los asaltantes, pero las cosas se tuercen. Un palmero llamado Juan Ángel captura al sobrino de Le Clerc y pretende matarlo. Intentan convencerlo de que debe bajar el cuchillo para llegar a un acuerdo pero no escucha los consejos. La muerte del francés produce sed de venganza y todos avanzan hacia el último escenario donde tendrá lugar el desenlace: la plaza de Santo Domingo.
Tranquilo, observa el río de gente que baja la calle. Cuando todo se ha calmado prosigue el camino que había interrumpido unos minutos antes y regresa a casa sin ver el último acto. No le hace falta: conoce bien el final.
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Tranquilo, observa el río de gente que baja la calle. No le hace falta ver el último acto: conoce bien el final.
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Belén Lorenzo — Crónica
SOBRE LA AUTORA
Belén Lorenzo es colaboradora de El Faro de La Palma, donde firma crónicas de mirada literaria sobre la vida, el arte y la gente de la isla. En sus textos se detiene en lo cotidiano y en los pequeños detalles que, mirados de cerca, cuentan algo más grande.


