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La emigración clandestina a Venezuela: el viaje suicida del Delfina Noya (II)

by Manuel Marcos Pérez Hernández
mayo 19, 2026
in La Palma, Opinión
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La emigración clandestina a Venezuela: el viaje suicida del Delfina Noya (II)
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OPINIÓN · MEMORIA PALMERA · II

La emigración clandestina a Venezuela: el viaje suicida del Delfina Noya (II)

Más de doscientas personas hacinadas en una goleta de 24 metros, 35 días en el Atlántico y un destino oculto al despacho marítimo: la travesía que José Ana San Blas Lorenzo, palmero de Barlovento, dejó escrita en su diario.


POR MANUEL MARCOS PÉREZ HERNÁNDEZ

He querido escribir una segunda parte sobre el viaje del Delfina Noya, conocido también como «el barco de Serrano», después de que mi amigo Santiago Pérez García me recomendara la lectura del libro Diario de un emigrante clandestino, de José Ana San Blas Lorenzo.

José Ana San Blas Lorenzo nació en Barlovento, en la isla de La Palma, en 1903. Tras la Guerra Civil española, y debido a sus ideas de izquierda, decidió embarcarse rumbo a Venezuela en el Delfina Noya a la edad de 47 años. Ya en Caracas, escribiría un pequeño diario dedicado a su hijo, para que quedara como recuerdo de aquella dramática experiencia humana.

219 pasajeros en 24 metros de eslora

El Delfina Noya era una goleta de apenas 24 metros de eslora y 7,3 de manga. En ella viajaron clandestinamente durante 35 días un total de 219 pasajeros, además de 15 tripulantes y agregados, a los que se sumaron cuatro polizones. Más de doscientas personas hacinadas en una embarcación pequeña y precaria, lanzadas al Atlántico en busca de una nueva vida.

El barco salió del puerto de Santa Cruz de Tenerife rumbo a Fuerteventura, destino que figuraba oficialmente en su despacho marítimo. Sin embargo, el verdadero destino era Venezuela.

Sábado 20 de mayo: el embarcadero del Poyo y los últimos bidones

El sábado 20 de mayo comenzó la travesía definitiva desde las tranquilas aguas del embarcadero del Poyo, en Los Galguitos, donde había fondeado la noche anterior. Mientras se realizaba el transbordo de los últimos bidones, algunos pasajeros, descontentos y temerosos, decidieron desembarcar. Pero al mismo tiempo, otros aprovecharon el desconcierto para subir clandestinamente a bordo. El embarque del grueso del pasaje ya se había producido a través de pequeñas embarcaciones a remo en el punto convenido.

La cubierta estaba abarrotada. Al ver semejante cantidad de gente, el piloto que ya se había hecho cargo del barco se negó inicialmente a hacerse a la mar. Finalmente, se ordenó levar anclas.

«

Más de doscientas personas hacinadas en una embarcación pequeña y precaria, lanzadas al Atlántico en busca de una nueva vida.

»

EL VIAJE EN UNA FRASE

Domingo 21 de mayo: una avería, un viento favorable y cinco botellas de coñac

A las tres de la madrugada del domingo 21 navegaban frente a las costas de El Hierro. El motor sufrió una avería después de que el engrasador de guardia se extralimitara en funciones que no le correspondían. Pero, casi de forma providencial, comenzó a soplar viento favorable y el piloto mandó poner proa hacia Venezuela.

Se les informó entonces que avanzaban a nueve millas por hora. La noticia desató la alegría de los pasajeros. Aquella noche, con el mar en calma, se descorcharon cinco botellas de coñac y se brindó por la salud y la suerte de todos.

Durante la travesía apenas se hacía una comida al día. Los pasajeros dormían hacinados en improvisados camarotes en cubierta y en la bodega, donde se habían construido literas de tres pisos separadas por un estrecho pasillo central.

Martes 30 de mayo: el encuentro con el petrolero Campoamor

El martes 30 de mayo se encontraron con el petrolero Campoamor, al que pidieron agua desesperadamente. Desde el buque les suministraron dieciocho bidones. Aquel día fue vivido como una auténtica fiesta a bordo: hubo reparto de agua y café, pequeños lujos en mitad del océano. Pero el viaje seguía siendo una lucha constante contra el hambre, el miedo y las inclemencias del mar.

Domingo 18 de junio: una manga de agua, el faro de Tobago y un grito en cubierta

El domingo 18 de junio, a las seis de la madrugada, una violenta manga de agua descargó sobre la embarcación, acompañada de un viento huracanado. A duras penas lograron arriar las velas para capear el temporal a palo seco.

Entonces, en medio de la oscuridad y el miedo, un grito del serviola cambió el ánimo de todos: «¡Faro a estribor!». Poco después estalló la emoción colectiva: «¡Tierra… tierra…!». Los tres destellos luminosos confirmaron que pertenecía a la isla de Tobago.

A las nueve y media, hora de Canarias, comenzó a amanecer. Las velas volvieron a izarse y los pasajeros subieron a cubierta. Muchos quedaron sobrecogidos ante la belleza del paisaje tropical que se abría ante sus ojos tras semanas de océano infinito.

Domingo 25 de junio: La Guaira, una hélice perdida y un fondeo a las siete y media

El domingo 25 de junio, ya frente a La Guaira, la lancha que remolcaba al Delfina Noya perdió una hélice y tuvo que alejarse para usar otro remolcador. Poco después pudieron entrar definitivamente en puerto. Eran las siete y media de la tarde cuando el Delfina Noya fondeó en el lugar indicado, concluyendo así aquel angustioso viaje transatlántico.

El sufrimiento no terminó en La Guaira

Sin embargo, el sufrimiento no terminó allí. El jueves 29 de junio, el piloto, el maquinista y algunos pasajeros desaparecieron sin dejar rastro. Una comisión formada por representantes de los distintos pueblos asumió entonces la administración del barco.

Catorce días después de la llegada, las autoridades venezolanas comenzaron por fin a tomar filiación de los emigrantes. Mientras tanto, las condiciones a bordo empeoraban. La comida escaseaba, muchos enfermaban y algunos se lanzaban al agua para buscar trabajo en tierra firme y poder sobrevivir. Las autoridades buscaban sin éxito al piloto y al maquinista desaparecidos.

«

Subo a bordo después de haberme reconocido mi pasaporte con visa de entrada en el país. Recojo mi equipaje y les digo adiós, deseándoles suerte a los pobres que allí quedan.

»

JOSÉ ANA SAN BLAS LORENZO · DIARIO, 21 DE JULIO

El Dorado o una nueva vida: el final de cada pasaje

Poco a poco los emigrantes fueron desembarcando. Algunos terminaron en el infierno de las colonias móviles del penal de El Dorado. Otros, en cambio, lograron cumplir al menos parte de su sueño: permanecer en Venezuela y comenzar allí una nueva vida.

El Delfina Noya quedó para siempre en la memoria de la emigración palmera como símbolo de desesperación, valentía y esperanza. Un viaje clandestino y casi suicida —como lo calificó José Ana en su diario— que reflejó el drama de cientos de hombres y mujeres obligados a abandonar su tierra para sobrevivir.

Sirvan estas líneas como reconocimiento y homenaje a todos aquellos hombres y mujeres que arriesgaron su vida en busca de esperanza y dignidad.


LA ENTREGA ANTERIOR DE LA SERIE

  1. I · La emigración clandestina y el barco de Serrano: travesía hacia la esperanza · publicada el 10 de mayo de 2026.

SOBRE EL AUTOR

Manuel Marcos Pérez Hernández es columnista habitual de El Faro de La Palma. Sus artículos rescatan la memoria histórica, la emigración y la identidad palmera. Esta es la segunda entrega de su serie sobre la emigración clandestina a Venezuela.

FUENTES Y AGRADECIMIENTOS

  • Diario de un emigrante clandestino. José Ana San Blas Lorenzo. Aula de Cultura, Cabildo Insular de Tenerife.
  • Fotografía: «Grupo de pasajeros palmeros a bordo del velero Nuevo Teide», restaurada y coloreada por Abraham Tomás Díaz Abreu.
  • Lectura recomendada al autor por Santiago Pérez García.
Tags: Abraham Tomás Díaz AbreuBarco de SerranobarloventoCabildo de TenerifeDelfina NoyaemigracionEmigración clandestinaJosé Ana San Blas LorenzoLos GalguitosManuel MarcosManuel Marcos Pérez HernándezmemoriaMemoria palmeraOpiniónVelero Nuevo Teidevenezuela
Manuel Marcos Pérez Hernández

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